Palabras mayores, de Emilio Gancedo. Guía a la lectura

Por Eduardo Bajo Álvarez
(Servicio de Bibliobuses de la Diputación de León)

 

Vídeo de la sesión

¡Eso son palabras mayores! Con interjección y un poco de agresividad o sorpresa. Una expresión que todos hemos escuchado cuando las cosas amenazan con ir más allá de lo razonable.

Veamos un ejemplo de actualidad. Mirando por el ojo de la cerradura, como Larra, vemos una situación familiar que suele aparecer en la prensa con demasiada asiduidad. Imaginemos, una conversación entre un empresario de la construcción intentando sobornar a un político corrupto, dispuesto a venderse por una cantidad estipulada. Pero cuando el primero posa sobre la mesa una cantidad mucho mayor a la esperada, se esfuma  cualquier duda o competidor y, el corrupto, bien pudiera exclamar: “¡Eso son palabras mayores!” Se estrecharían la mano y el chanchullo seguiría su curso habitual por un camino tan transitado. Por supuesto que el libro de Gancedo es de otra naturaleza. No es novela negra, ni de ficción.

Tal es la riqueza del idioma español, con sus palabras polisémicas, frases con doble, triple y múltiples sentidos, según la entonación, el contexto o la expresión gestual, que nos permite adivinar la cabecera de esta obra, tan propia como  imaginativa. No olvidemos que el título de una obra es como una tarjeta de presentación. Aunque en literatura sea una sugestión  más que un avance completa de lo que se cuenta. Siempre hay un factor sorpresa. Digamos que, literariamente, el título no puede ser como un tratado de bricolaje o numismática.

Así pues, de inmediato percibimos que hay cierta  ambigüedad: un calambur que se desvela cuando pasamos la página y conocemos al gaiterín.

“Palabras de mayores, de personas que existieron a comienzos del siglo XX y murieron llevándose sus creencias, sus fantasías, sus convicciones, su forma de vida y humanidad”. Si alguien no se hubiera apresurado a preservarlas.

Son de carne y hueso, tan reales como nosotros. Con nuestras mismas inquietudes y ambiciones, pero marcados por la época que les tocó vivir. “Tenemos que conservar algo de la forma en que vivimos –dice Juanita, desde Cantabria- ¿cómo fuimos?… Fue aquella vida buena o mala. Regular, pero fue la nuestra”. Y, aunque había llegado la luz al pueblo, guardaba el candil por si acaso. Porque era parte de su pasado o por gratitud al objeto que había alumbrado toda su vida. La bombilla llegaba tarde.

Recuerdo, a este respecto, un párrafo de José Saramago en el que afirmaba que el sentido de la vida de los primeros seres humanos –en cuando dejaron de ser homínidos- es  idéntico al  del hombre del siglo XXI. Lo que cambia es la tecnología, y las leyes políticas y económicas, que engañosamente, nos hacen sentir superiores. Pero el alma humana no ha varidado en esencia.

Según esto, cabe preguntarse ¿Acaso somos mejores que nuestros antepasados? Cada cual se responda, pero mejor que no lo diga. La respuesta la encontramos en los personajes de este libro cuyo objetivo sería llenar un vacío y rescatar unos valores perdidos que nos hacen sentir más pobres, más ignorantes y menos libres. “Consumistas”, como nos califica uno de los  personajes lúcidos, como si nos escupiera con desprecio.  Y que, de paso, hace un análisis de la economía actual, de las multinacionales, la mundialización, de lo más razonable. Cuando un ser así nos acusa de “estúpidos” es motivo de preocupación.

Lamentablemente, por muchas vueltas que el mundo dé, no volveremos a ver a estos seres irrepetibles. Salvo que el espacio-tiempo sea curvo –como dijo Einstein- y vuelvan con el tiempo. Pero, por si acaso, Emilio Gancedo los rescata, para mayor seguridad.

De momento, la reciente eliminación de la Historia de la Literatura en el sistema educativo es una pésima referencia y un peligro para los lectores, que nos deja a los que saciamos nuestra sed en los libros, algo más que huérfanos. Contra este despropósito, el antídoto pueden ser los clubes de lectura. Un valor añadido a los que ya tiene esta actividad es conjurar las leyes inicuas o experimentar la grata lectura familiar o amigable.

Del autor, Emilio Gancedo, al que no conozco personalmente, ya que el protocolo no ha propiciado un encuentro previo a este acto, poco puedo decir. Pero tampoco conocí a Gonzalo de Berceo, Francisco de Quevedo o a Rafael Alberti, lo que no me impide sentir gran afinidad con ellos. Quizá, por esta misma circunstancia, mis comentarios sean más asépticos, más sinceros, que los de ciertos encuentros o presentaciones de libros donde uno se lleva a los amigos para dar jabón.

Pero como dicen Las Escrituras: “Por sus obras los conoceréis”  Yo leo sus crónicas en la sección de cultura del DL y sus interesantes entrevistas a escritores célebres –el legado de los Panero, por ejemplo- ; sus columnas de opinión; algunos relatos y el ejemplar que tenemos delante, que me ha causado gran impacto al enfrentarme con mis ancestros cuyos rasgos reconozco en esta obra.

¿Qué puede llevar a un periodista a escribir una sólida y meditada obra como la que nos ocupa? Por mi tarea de opinador en prensa, creo tener una respuesta, más o menos acertada. Lo que se escribe en los periódicos, no son palabras mayores, sino tan efímeras como algunas mariposas que viven apenas 24 horas. Como cualquier periódico  atrasado que no sirve ni para envoltorio de los churros. Algunos escritores las reviven, publicándolas agrupadas en un libro.  Con ánimo de Ofender, de Reverte; artículos de García Márquez en el país; y muchos otros que no vienen al caso.

Para alguien como Emilio, licenciado en Filología y por tanto, conocedor y experto en la lengua, las lenguas románicas es casi una obligación traspasar las puertas del periodismo y rentabilizar compartiendo sus recursos literarios y su bagaje cultural.

Este libro es un compendio de relatos independientes, con un vínculo de unión que es un recurso literario bastante común. En apariencia, a juzgar por los capítulos que figuran en el índice, podríamos decir que se trata de un libro de viajes. Tal como podríamos decir de Jacques le Fataliste, de Diderot; el Quijote; el Viaje a la Alcarria o Donde las Hurdes se llaman Cabrera, de mi estimado Ramón Carnicer, con el que hay un punto común, en relación a estas dos comarcas.

Aquí, se trata de un impersonal cronista, “El Viajante” –el propio Emilio, naturalmente–  que gusta de recorrer buena parte de la geografía peninsular y se limita a transcribir sus encuentros con la gente. Es muy discreto, apenas interviene y nunca interrumpe. Más bien escucha y cuenta.

También importa el paisaje, el marco donde se inscriben los personajes dependiendo de donde se encuentren. Según eso, declara sus preferencias, en cuanto al viaje: “Se desvía de las rutas de siempre para conocer esos municipios interiores, enroscados sobre sí mismos como mullidas cunas forradas de verdín; alejándose de esas rampas de hormigón”. Especialmente espléndida es la descripción de Olivenza y las coloridas metáforas a lo largo del relato: “Una olla vacía, como una boca sin dientes”… O “Los oídos llenos de gaviotas”.

El medio de transporte es lo de menos,  pero de viajar en coche, imagino que habrá sufrido la tortura de esas carreteras y caminos secundarios.

Casi puedo asegurar que, para el autor viajar no es haber estado en muchos sitios y acumular montones de fotos para mostrar, que a nadie interesan. Viajar por viajar. Para conocer un pueblo o país, es imprescindible hablar con la gente y llegar a conocerla. Su forma de entender la vida. Además, la gente mayor, tan abandonada y sola, es proclive a contar sus recuerdos cuando le dan ocasión, siempre que el interlocutor sepa escuchar y sea respetuoso.

Como no podía ser de otra manera, las cuestiones lingüísticas son de gran importancia y nos ayudan a ubicarnos y sentir más cercanos a los personajes. En los primeros capítulos, en Galicia, Asturias y el Teleno, las lenguas autóctonas están vivamente presentes. “A ghaita e miña e non tes por qué movela”, le reprocha, con desconfianza, al Gaiterín su padre, que, no obstante, llegaría a ser un virtuoso de la cornamusa.

O… “Probes como arañones, pero calor y cariñu lo que quisieres” –de Arcadio el de Caleo a Angeles-. Y de Maragatería, tradiciones como el Reñubeiro, que habita en el Teleno –una especie de Júpiter leonés-; la arriería y la música que, más adelante relaciona con la de Salamanca y Extremadura por el uso del tamboril –por el tamboritero- y la flauta de tres agujeros. Algo nada casual porque son los confines del viejo Reino de León.

Igualmente –creo haberlo mencionado ya- establece la relación del habla de las Hurdes,  como herencia del leonés, “un poquinín, chiquinu, copina”.

Otros términos como “garrapichiales, tiná, ná y pringaos” pertenecen a Cuenca. Mientras que “Gofio, millo, zancocho” a Canarias.

Andaluces “firmar con el deo,  apañaíllo…” y muchos más vocablos y giros de  las zonas visitadas que iremos encontrando según avanzamos en el libro. Oficios, enseres, sentencias, etc.

Hay que decir que en Asturias –el Principado Vedinegro- el autor se siente cómodo y  se explaya, incluyendo largos párrafos” en bable y explicación de las distintas modalidades del asturiano.

“Que toos esos montes que ves por ende taben tresllucientes de castañares…”

Lo cual da a entender su empatía con la cultura astur. Que yo mismo comparto. Y me atrevería a afirmar que otros muchos leoneses experimentan el mismo sentimiento. Sin ir más lejos, muchos de los que imparten docencia en esta Universidad, estudiaron en Oviedo.

Por la propia estructura del libro, podíamos ir saltando de capítulo a capítulo. De región a región, como el salto de caballo en el damero, porque todas las historias son sorprendentes y los personajes gozan de vida y entidad propia por sí mismos. Ahora bien, existen concomitancias impuestas por la época en la que les tocó vivir.

Un hecho insalvable fue la Guerra Civil, pero dejemos que hablen los personajes:

“La Guerra Civil con sus desafueros. La Guerra Civil no vino de sopetón –dice Pepe Company-. Esa palabra, “rojos” me ofende, me ofende a mi porque se la han inventado unos señores que, en fin, eran las tropas leales. Hubo unas elecciones en España y ganaron los republicanos, pero la gente de la capital dijo que naranjas de la China –mandarinas- y se gastaron todas las perras en buscar militares de Marruecos, y a Franco, que lo pusieron ahí también, y luego el tío se dedicó a hacer todo tipo de escabechinas”.  Una interpretación algo simplista, pero no exenta de razón.

Hay episodios de fugados, de topos, de obuses –como recuerda Angeles Llaiñes- que revientan las viviendas; rapiña por soldados de ambos bandos… lo natural en tales casos. El del miliciano que se entregó, engañado, y en el cuartel “fartucáronle a palos”. Intenso es el episodio de La Coneja, una mujer y su hijo, perseguidos que logran escapar de una muerte segura. El extremo de la crueldad lo describe uno de los perseguidores: “Con las ganas que tenía yo de darle al gatillo”.

Monumento a los masacrados en el Pozo Grajero, entre Lario y Polvoredo, de donde eran los asesinos fascistas que sacrificaron a los Maestros de Burón.

Monumento a los masacrados en el Pozo Grajero

O la historia de los dos primos hermanos asesinados por otros igualmente primos.

Más poética, dramática, es esta interpretación: “Pero la Guerra y la muerte, a la manera de pozos negros y estrechos cuyo fondo no alcanzamos a divisar”. Y uno de esos pozos reales –en una metáfora terrible- es “como un esófago angosto y deglutidor, alimentado con decenas de cuerpos…”

Llegados a este punto, no podemos olvidar el Pozo Grajero, En Lario, León, donde se exhumaron 13 cadáveres, de vecinos de la zona. Una pura  vesania.

Y, acabada la contienda en el 39, llegó la España del hambre, suponiendo que antes no hubiera existido, que es mucho suponer. Si el Viajante comenta la semejanza del habla de Cuba con las Islas Canarias, Ismael, el albañil, con múltiples oficios, le habla de la gran emigración a las Américas. Por hambre los extremeños descubrieron el Nuevo Mundo y el hambre escribió la Picaresca. Pero eso es otra historia.

“Tras la Guerra fue mucha miseria porque no venía nada de fuera, fue muy duro aquello”. “Hubo una época en que había dinero, pero nada para comprar, y otra en que había cosas para comprar pero nada de dinero”. “El frío más grande –concluye Ismael-  es que no había ropa”.

En aquella España depauperada los recursos eran básicamente el campo y el ganado, que en ocasiones compartía el techo con la familia apiñada que, forzosamente, era muy numerosa, al considerar que, cuantos más hijos, de más mano de obra dispondrían. Las hijas, en principio no eran muy deseadas pero, a fin de cuentas, trabajaban tanto o más que los varones.

“En mio casa –dice el Cazaorín- vaques ná más. Podíamos tener siete cabeces, entre a parexa pa trabayar… y novielles”. En este abigarramiento, no eran raros los casos de cosanguineidad, como insinúa Quico –de las Hurdes-.

En Andalucía, Progreso, uno de los personajes más cautivadores por su gracia, no empañada por la pobreza, –aunque se juega la vida por una remolacha para alimentar la familia- resulta, a pesar de todo, menos trágico que el extremeño Quico. En una conversación con el Viajante, responde al interrogatorio, escuetamente y con gracia sobre sus condiciones de vida (muy parecidas a la del resto de la gente).

–  “¿Cómo era la casa, Progreso?”
– “Mu grande”.
–  “¿Y luz?”
–  “ De día se veía estupendamente”.
–  “¿Y escuela?”
– “Sí había, pa los niños. Pa los niños que iban a ella”.
–  “¿Matabais algún marrano en casa?”
– “Nosotros es que no teníamos esa costumbre”.

 

 

Teniendo en cuenta que los hijos venían al mundo como mano de obra barata desde temprana edad, era natural que la escolarización se interrumpiera en casi todos los casos. En pocas palabras y sin complejos, Paco del Madroñal aclara: “Mi primer cursillo fue apacentar pavos”. Y los otros, algo parecido.

Un caso simpático, si no fuera por el clima inhóspito -9 meses de invierno y tres de infierno, era al clima en Sobrepuerto- sería el de la maestra andaluza llegada al Pirineo, nevado y helador, la cual, que no había conocido la nieve, se queja al alcalde: “¿Pero es que este pueblo no tiene suelo?”.

“Palabras Mayores”, desde el punto de vista literario, es un compendio de metáforas: Una olla vacía, como una boca sin dientes… Oídos llenos de gaviotas… y otras a lo largo del texto. Todos los recursos estilísticos, especialmente, en la descripción del paisaje y el paisanaje. La descripción de Olivenza es proverbial y el retrato de los personajes no menos. La palabra es precisa, recuperando en ocasiones expresivos términos arcaicos que nos obligarían a acudir al diccionario, aunque a veces Ayuda Emilio, yuxtaponiendo el equivalente. Las construcciones  sintácticas, articulan el sentido y nos llevan de forma natural hasta el final de la obra.

La dicotomía de forma y contenido no me gusta. Yo pienso como McLuhan que “el mensaje es el medio”. Por eso diré que la obra es un compendio de nuestra historia, sentido común y valores humanos que en la actualidad están en franco retroceso. No faltan comentarios de carácter social, político y económico, que podrían servir para la España de hoy pues las personas de antaño, serían más pobres, pero no menos inteligentes.

Como contrapunto la parte mágica de “Los Santos en Casa”: “Cómo pesa el Sagrado Corazón” y “Lo sobrenatural en los extremos”. El agobio de Fernanda que tiene que dar de comer a los pobres –todo el pueblo- y sólo dispone de cuatro puñados de arroz. Estas dos historias, de gran encanto y sensibilidad, son posiblemente las que más me han cautivado; pero que no voy a desvelar para no arruinarlas. Que sea el lector el que lo valore..

Todo ello envuelto en peripecias increíbles y personajes cabales, con arrojo –como Quico- y gran corazón.

En cualquier caso, espero que esta pequeña autopsia, les lleve a leer el libro que, desde el pasado, les reconciliará con el presente. ¿Quiénes somos?, ¿de dónde venimos?… Respecto a la tercera pregunta ¿a dónde vamos? ¿a dónde nos llevan? Mejor no saberlo.

Una de las propiedades de “Palabras Mayores” es el poder de evocar recuerdos de personas que se cruzaron en nuestra vida y permanecen en la memoria más profunda. Así, sería imperdonable olvidar lo narrado en el capítulo “Los Saltos del Ebro”, donde un pueblo ha de ser abandonado por sus habitantes, para construir un pantano. Un drama demasiado conocido en los valles de León y pueblos notables, reducidos a la nada, en nombre del progreso. ¿Qué progreso? La producción de una energía que genera el desarrollo y la actividad fabril, en otras latitudes más afortunadas o reivindicativas.

El drama inicial fue la construcción del pantanín de Villameca y la desaparición del pueblo llamado Oliegos –sobre los años 40- cuyos habitantes, desterrados y expoliados, tuvieron que salir con lo puesto, para ser aposentados en tierra extraña. De los ríos y boscosidad de su Cepeda natal y la sombra de San Bartolo… a la esteparia y reseca Foncastín. En los límites de Valladolid. Yo creo que no lo soportaría…

Ya acabando, un pequeño epílogo con los 15 kilómetros que separan al Viajante de la hermana tierra portuguesa. Lo cual bien pudiera ser el anuncio de una segunda parte que esperaremos impacientes.

Y, como punto final, volvemos al prólogo que, contra lo que pensamos, es lo último que se escribe. Allí, Emilio, nos desgrana sus intenciones. De las cuales destacamos la última: “Desde el final de sus vidas, estas gentes hacen historia de su propia historia”.

Y de la nuestra, añadiría yo.

Para empezar con el  debate

  • ¿En qué genero de escritura podríamos encuadrar esta obra?
  • ¿Te han resultado difíciles algunos términos léxicos empleados?
  • ¿Qué historias y personajes te han llamado más la atención? ¿por qué?
  • En la obra se muestra una gran variedad de territorios y lenguas ¿encuentras caracteres específicos en las distintas comarcas? ¿entre el norte y el sur?
  • Hablemos de la memoria… ¿rural? ¿histórica?
  • ¿Has conocido a alguien que pudiera figurar como personaje en este libro? Cuéntanos su historia
  • ¿Qué grandes temas trata la obra? ¿y qué pequeñas temáticas?
  • ¿Cuál es el aspecto que más te llama la atención del libro?
  • El mundo que refleja la obra ¿ha terminado? ¿o es posible encontrarlo en algunos comportamientos que nos parecen nuevos?
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