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De olvidos y recuerdos

En esta semana, cuyas raíces se entierran profundamente en el fértil huerto de la tradición, queremos hacer un homenaje a otro elemento fundamental de nuestra cultura: la lengua.

Últimamente causa alboroto, porque no es cuestión baladí, la noticia de que palabras como “floripondio”, “lechuguino” o “zarrapastroso” sucumben cada día en la hecatombe del olvido. Muchos pensarán: “¡Córcholis! Pero si son palabras fetén. Menuda paparrucha esta pantomima de las palabras olvidadas. ¿Quién es el zoquete que piensa que “alhaja”, “apremio” y “melifuo” son adefesios rimbombantes? Siempre habrá un espacio en el batiburrillo de nuestra lengua para “cachivache”, “mamotreto” y “patatús”, y quien crea lo contrario no es más que un papanatas”. Otros, sin embargo, han advertido que “adamar”, “bribón”, “correveidile”, “deleznable”, “encandilar”, “fausto”, “gandul”, “hogaño”, “indómito”, “jolgorio”, “laminero”, “manjar”, “nimio”, “ñiquiñaque”, “opíparo”, “potosí”, “quehacer”, “retahíla”, “sopetón”, “triquiñuela”, “ubérrimo”, “vetusto”, “yantar” o “zascandil” están desapareciendo de nuestro vocabulario cotidiano.

Si perteneces a este último colectivo, entra en la La Tienda de las Palabras Olvidadas y compra una de sus productos. El único precio es compartir en redes sociales sus fantásticas creaciones. Nosotros ya hemos elegido las que más nos gustan:

#FANTOCHE

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¿Cuáles son vuestras #PalabrasOlvidadas preferidas?

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Escribir para cicatrizar

Hoy abrimos  una puerta  a todos nuestros seguidores. Sabemos que son, como poco, lectores, y que algunos de ellos transitan también por el camino de la escritura.

Queremos ofrecer un espacio para que, quien quiera, pueda compartir su experiencia como lector o como escritor, contarnos qué le llevó a elegir la lectura como vivencia o la escritura como salto al vacío (¿el placer, la vocación, la necesidad, el aburrimiento, la casualidad…?) y. en general, los  motivos que le han encaminado a ser lector y/o escritor y el modo en el que se implica en esa actividad.

Por favor, envíanos tu colaboración  (no más de 400 palabras en total) a tULEctura@unileon.esBajo la etiqueta  ¿Por qué leo? ¿Por qué escribo? y con una periodicidad mensual (aproximadamente)  iremos publicando algunas de ellas.

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Cuando tenía unos seis años, en el Colegio de las Monjas de Foz, tuve que dibujar en un cuaderno cómo me imaginaba en el año 2000.  Recuerdo que hice la cuenta y me dio una cifra para mí inmensa en aquel entonces, 27 años.  Me dibujé con una prole de tres o cuatro criaturas de todos los tamaños. Y  de profesión escribí: “escritora”.

 Ahora, con 42, puedo decir que no se cumplió del todo mi profecía.  Decidí no reproducirme ‒al menos no de forma humana-, aunque sí podría decirse que soy algo escritora puesto que tengo varias publicaciones a cuestas, si bien todavía no logro pagarme las habichuelas con ello. Pero es evidente que adiviné que escribir sería casi… ‒ ¡no!‒ es lo más importante de mi vida.

Si tuviera que compararlo con alguna9af95e4923759aa96de767b51cc4a788 otra actividad, sería la de dejar huella de manera inmaterial.  Escribo por evitar hacer cosas malas, cosas realmente malas.  Sé que algunas escritoras, así como escritores, lo han dicho antes,  pero es totalmente cierto: escribir es la acedera más efectiva para las personas que vivimos cicatrizando, una cicatriz definitiva que esperamos, que nunca llega.  Si yo no escribiera, sería un ser sangrante las veinticuatro  horas del día.

También escribo porque alguien, hace ya tiempo, en un helado correo electrónico,  me dijo que olvidara y que aprendiera a disfrutar de la vida, que seguro también tendría cosas buenas para contar.  Desde ese momento no solo escribo, sino que cada vez que tecleo, temo cargarme alguna tecla,  tanta es la fuerza con que las pulso, tanta la necesidad de que queden fijadas las palabras… justamente porque desde aquel momento  actúo para no olvidar.  Escribir es lo único que hasta el momento no han conseguido extirpar de nuestros obedientes cuerpos.

Y en este proceso vital de dejar constancia de historias ajenas y propias en un tornasol de realidades y ficciones, los libros son mis mejores y más fieles compañeros.  He perdido muchos, por eso cuido tanto los que ahora me quedan.

Rosanna Moreda

Reflexiones sobre la lectura, por Salvador Gutiérrez Ordóñez

 

En al acto de presentación de la Red Internacional de Universidades Lectoras que celebramos el pasado 18 de noviembre,  contamos con la presencia de D. Eloy Martos Núñez, coordinador general  de la REd y de D. Salvador Gutiérrez Ordóñez, académico de la lengua y catedrático de Lingüística General de la Universidad de León, quien  impartió la conferencia “Reflexiones sobre la lectura”.