“La casa”, de Paco Roca. Coloquio de los lectores

Por Inés González Cabeza

Puedes ver aquí el vídeo de la sesión

“Nada compromete más a un autor que arrancar su obra con una secuencia memorable”, afirma Fernando Marías en el epílogo a La casa. La fuerza de la primera página, con la que comenzamos el coloquio, resultó también sorprendente para nuestros lectores, que quisieron destacar el uso de la simetría y los paralelismos visuales para adentrar al lector en la obra. Ni el hombre que abandona su casa en esa primera página, ni tampoco el lector que observa la escena, saben que él nunca regresará. Esa secuencia incompleta, seguida de unas poderosas viñetas que sugieren el paso de las estaciones en un huerto abandonado, alcanza su plenitud en la tercera página, una cuadrícula idéntica a la de la primera pero esta vez formada por viñetas en negro, borrosas, reflejo de la oscuridad de una casa que lleva cerrada mucho tiempo. Solo gracias a la maestría gráfica de Roca podemos comenzar a intuir por qué.

Empleando como faro el evocador epílogo de Fernando Marías, navegamos por las páginas de La casa solo para llegar a la conclusión de que, efectivamente, cada uno de nuestros lectores vivió “de forma distinta su estancia en estas habitaciones donde habita y se muestra lo universal“. El dibujo, por ejemplo, fue uno de los elementos más comentados en la sesión. Para algunos de los asistentes, es el perfecto acompañante para una historia sencilla y costumbrista como la que Paco Roca nos presenta. Para otros, fue un elemento impactante por la viveza de sus detalles, una muestra de que quien está dando forma a esta narración no es un novelista, sino un dibujante, un artista gráfico consciente del poder de las imágenes para evocar emociones. Por este motivo, las viñetas en las que el débil reguero de agua que brota de la boca de la manguera se yuxtaponen a aquellas en las que se nos muestra el rostro del padre en sus últimos días, evidenciando su condición de metáfora visual del final de la vida, fue destacada como una de las secuencias más memorables de la obra. Por otra parte, los lectores observaron una doble intención en el uso que Paco Roca hace del color en La casa: la de establecer saltos temporales, o divisiones entre pasado y presente, y la de transmitir emociones a través de la combinación de tonalidades, siendo la más comentada la gama del sepia, el color por excelencia de las fotos antiguas, que transportó a muchos de los lectores al espacio subjetivo de la memoria.

Los silencios de La casa, que ya destacaba Fernando Marías, fueron otro de los elementos que más gustaron a nuestros lectores. Sin restarle importancia a la construcción y el contenido de los diálogos, consideraron que las viñetas mudas las que llevan en ocasiones el peso narrativo de la obra y aportan significados inesperados, añaden matices no reflejados en el texto, permiten y fomentan la reflexión, etc. La aparente simplicidad del argumento de la obra ocultaría, en definitiva, varias capas de contenido simbólico y emocional. Algunas de esas cuestiones hacia las que constantemente apuntan las viñetas sin texto son el paso del tiempo, la complejidad de las relaciones familiares y el peso de los recuerdos.

El profundo intimismo de La casa no impide a Paco Roca hacernos valorar la cuestión de la subjetividad y la perspectiva. La pérdida del padre, una brecha inconmensurable en el ámbito familiar, no es tal a ojos del mundo. La vida continúa tras la tragedia. Especialmente emotiva resultó para los asistentes la secuencia de la sala de espera del hospital, no solo por su excelencia a la hora de representar, de nuevo, el paso de las estaciones, sino por sus viñetas finales, en las que creemos observar de espaldas al padre, que al final resulta ser un hombre anónimo. Carla y su padre no vuelven a ocupar nunca más esos asientos, pero otras historias suceden tras su marcha. La muerte arrebata a Antonio la oportunidad de ver crecer su higuera, pero Manolo, su vecino y amigo, continuará cuidando de ella, con la esperanza de realizar ese anhelo personal e incomprendido por la siguiente generación.

Porque la higuera no es, únicamente, como el resto de los numerosos árboles que observamos en La casa, una imagen metafórica de la propia vida, de la familia (el árbol genealógico), de la continuidad de un legado familiar (el tocón cuyos anillos marcan recuerdos), etc. La higuera, como apuntaron algunos de los asistentes, representa los sueños de un hombre de su generación, hambriento durante la posguerra, que soñaba con una vida más próspera, que incluía una casa con pérgola, un coche brillante y una higuera como aquella en cuyas ramas se refugiaba, de niño, de todos sus problemas. Manolo, al contrario que los hijos de Antonio, comprende y, tal vez, comparte, este sueño no tan secreto. Esta problemática generacional fue percibida como otro de los grandes temas de la obra, siendo el personaje del nieto mayor una especie de puente entre generaciones que permanece en su lugar tras la pérdida que reorganiza a todos los miembros de la familia y los sume en un juego de cuestionamiento, reproches y juicios morales. Pese a todo, las imágenes nos muestran a los hermanos orgullosos de continuar con la labor de su padre, con la excusa de adecentar la casa para su venta (José se pone a plantar en el huerto, Vicente arregla todo lo que está deteriorado…), hasta el punto de que, al final de la obra, nuestros lectores no supieron discernir si la venta de la casa se haría o no efectiva.

Podríamos decir que la lectura de La casa ha sido una experiencia gratificante para los participantes en el programa Leemos juntos, muy especialmente para aquellos que no leen habitualmente cómics o que los habían aparcado de sus lecturas hace décadas. El detallismo de sus imágenes y la riqueza de sus recursos estéticos y narrativos han sido enormemente apreciadas, así como la propuesta de Paco Roca de poner en el foco, una vez más, un tema que existe en la sociedad y en todas nuestras vidas, pero que no solemos ver tan meticulosamente representado en otros medios, ya sea en la literatura, el cine o la televisión. El hecho de encontrarnos ante una historia íntima pero, a la vez, universal y atemporal, que refleja lo cotidiano en estado puro con sus comedias y tragedias, ha sido una oportunidad para muchos de los asistentes de reconciliarse con algunos “espectros del pasado”, como decía Fernando Marías, “que evidentemente existen y perviven en otra casa, la de la memoria de lo que importa“.

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