Ya está aquí la  IX edición del club de lectura de la Universidad de León

¡Ya está aquí la  IX edición del club de lectura de la Universidad de León!

Si deseas obtener el diploma acreditativo para el reconocimiento de los créditos LEC y ECTS,  debes  matricularte en el Curso  de Extensión Universitaria CLUB DE LECTURA UNIVERSIDAD DE LEÓN. Si solo quieres unirte a una comunidad lectora y disfrutar compartiendo  los coloquios y  encuentros (virtuales) de las lecturas, no  es necesario que te matricules ni pagues ninguna cantidad económica, pero sí que nos avises por correo y que nos envíes tus datos personales (nombre y correo electrónico)

Como sabes, este año  las sesiones serán de nuevo  en formato online.  Los encuentros se llevarán a cabo a través de Meet  y en breve  nos pondremos en contacto contigo para convocarte al primero de ellos (te envío una guía rápida para que te familiarices con el  programa: Guía rápida de Google Meet pdf). Te enviaremos un enlace para que te unas al encuentro en cada sesión.

Estas son las obras que abordaremos. De ellas y sus autores puedes saber más en la información que te dejamos en la página específica de  nuestro blog.

Nuestra primera cita tendrá lugar el 28 de septiembre ¡Hasta pronto!

Novena edición del club de lectura de la Universidad de León

Ya está en marcha el club de lectura de la Universidad de León para el curso 2021-2022. Este año continuaremos con la dinámica de guías, coloquios y charlas con los escritores, Y también con las sesiones no presenciales, sino en formato online, a través de Google Meet y de  Ariadna, el Moodle externo de la Universidad de León.

Como lectores mantenemos  nuestro amor por los libros, la lectura y las historias bien contadas, pero es preciso resistir un poco más hasta que podamos reencontrarnos de nuevo cara a cara.

Estas son las obras que abordaremos. De ellas y sus autores puedes saber más en la información que te dejamos en la página específica de este blog.

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cómo participar en la
Novena  edición del Club de lectura de la ULe?

El leproso, de Concha Alós

EL LEPROSO

Siempre estaba encontrando a los leprosos. Eran tres, a veces más, y de noche se instalaban junto a mi cama envueltos en un sudario, me miraban inmóviles. Mis hermanas, que dormían en el mismo  cuarto  que  yo,  nunca  se  dieron  cuenta.  Clara  tenía  relaciones  con  un  recaudador  de contribuciones que sabía tocar la guitarra. Por mayo, desatado todo el perfume de los naranjos, venía con un grupo de amigos para cantarle serenatas bajo el balcón. Yo atisbaba por la rendija de la persiana y los miraba bramar Malva buganvilia y Te adoro, chavalita y, después, pasarse una bota de vino, beber al galillo. El recaudador vestido de gris llevaba corbata celeste y tenía una nuez abultada que le subía y le bajaba al pasarse el vino… Mi hermana, cuando marchaban, se quedaba desvelada y caminaba por el pasillo de la planta baja, hasta que mi padre, apoyado en el pasamanos de la escalera, alborotados los finos cabellos en lo alto de la cabeza, le gritaba: «Muchacha. Ya está bien de paseos». Entonces, Clara, refunfuñando, volvía a la cama. Pero ni Clara, tan aficionada a moverse en la oscuridad, ni Isabel, hablaron nunca de fantasmas ni de leprosos.

Yo, que a solas oía nudillos que llamaban y al volverme encontraba la puerta entreabierta y asomando  por  ella  piltrafas  de  mano,  hubiera  querido  contárselo  a  alguien.  Pero  mi madre  se contemplaba en un espejo oval, se depilaba las cejas y el bigote con unas pinzas; se quedaba absorta ante la televisión o meditaba errante la mirada en las cartas de una baraja extendida sobre la mesa, componiendo abarrotados solitarios… Ni me hubiera escuchado. Prefería cantar, explicar de nuevo las anécdotas de su padre el general, enseñarnos ñoñas fotografías mientras hablaba de su madre perfumada,  más  señora  que  nadie al  tiempo  que  mascaba  chicle,  lo  estiraba,  en  la  tarde interminable  y  calurosa,  formaba  pompas  inverosímiles  con  él.  No…,  a  papá  tampoco.  Estaba demasiado ocupado. No podía andarle con aquello. Me hubiera llamado loca o… vete a saber. Y a mis hermanas no les interesaba yo. Clara se quería casar con el recaudador y bordaba enfebrecida sábanas y servilletas. Isabel soñaba en ser pintora y cuando acababa su jornada en la «boutique», escapaba a pintar al natural a paso ligero, cargada con una gran carpeta. Casi tan grande como ella, que era redondita y baja.

Estaba bien segura de que existían lugares llenos de lepra. Los soñaba por la noche. Veía una colina presidida por una fábrica de chimeneas cilíndricas y desiguales, algunas muy largas. Otras, simples agujeros en el tejado. Lo curioso era el polvillo gris que flotaba por el aire que hacía toser, se posaba sobre las cosas y la hierba en capas finísimas que se elevaban al menor soplo para volver a caer en seguida. Los leprosos desfilaban en una procesión que nacía al otro lado de la montaña, que no acababa nunca. Llevaban cirios encendidos y cantaban misereres, clamando perdones, no sé qué perdones… El otro era un pueblo cercado por un río. En realidad no se trataba de un pueblo propiamente  dicho,  más  bien  era  una  carretera  cruzada  continuamente  por  automóviles  a  toda velocidad, coches que no paraban nunca y creo que jamás se pudo pasar de una acera a la acera de enfrente. En cada una de las casas había un leproso tapiado. Allí la enfermedad era endémica y se consideraba peor que un crimen llevar al leproso a un Sanatorio, lejos del calor familiar. Elegían la mejor habitación y tapiaban la puerta con ladrillos. Dejaban sólo una abertura para pasar la comida, el orinal… Los domingos la familia se reunía en el cuarto vecino. Chismorreaban en voz alta, leían el diario, contaban chistes… Del hueco abierto en el tabique llegaba la voz del leproso que, a medida que el tiempo pasaba, se iba volviendo ronca, inaudible. Y un hedor profundo, de perro, mortal.

«El leproso manchado de lepra, llevará rasgadas las vestiduras, desnuda la cabeza, cubrirá su barba e irá clamando: ¡Inmundo, inmundo…!». Corría el mes de junio y empezaron las vacaciones. Yo leía la Biblia. Isabel había llegado de la calle y salió también al patio, con su carpeta. La parra tamizaba el sol de las seis, metamorfoseaba su luz hasta volverla verde. Isabel comenzó a sacar sus dibujos de uno en uno. Los ponía a distancia, achicaba los ojos y   con el lápiz carbón corregía ángulos  volviéndolos  redondos,  transformaba  las  líneas  curvas  en  rectas.  Sombreaba  porciones blancas. Alargaba, acortaba, perfectamente absorta. De pronto cogió una de las láminas y en un arranque la rasgó en pedazos. Lloraba de rabia. Después los fue recogiendo del suelo, y los partió en trozos  más  pequeños  hasta  que  el  sendero  entre  los  parterres  quedó  blanquecino,  cubierto  del improvisado confeti. Mi madre, que se mecía en el balancín le gritó: «Ahora mismo coges la escoba y los barres…». Isabel obedeció sin mirarla, como si la orden no hubiera partido de ella sino de una nube y actuara a impulso de alguna voz sobrenatural. Se sonaba los mocos, lloraba aún. Cuando desapareció en la casa mamá masculló: «Loca. Más loca que mi suegro», y desabrochándose la blusa de dibujos lagarteranos se miró repentinamente interesada el nacimiento de los senos. Volvió a anudar la blusa. Fue en ese momento cunado llegó Clara y explicó lo de la beata. La Virgen se había aparecido a la hija de un alguacil de Bechí, llena de resplandores, y le había anunciado que se disponía a curar a todos los enfermos del término municipal. Bastaba que acudieran a un lugar determinado del monte, que metieran la mano dentro de un río que fluía y se santiguaran, marcaran la santa cruz… Isabel, que colocaba sus paisajes en la carpeta, empezó a reírse con unas carcajadas amargas, como si se vengara de algo y mamá le chilló indignada que desde que trataba con artistas había  perdido  la  gracia  de  Dios.  Y se  puso  a  explicar  otra  vez  aquello  que  nos  sabíamos  de memoria: lo de su abuela conversando con el ánima condenada de su segundo marido: «Si eres criatura del Señor dime si puedo ayudarte…». El aire se iba impregnando del perfume intensísimo y pasado de la glicina, ya en la segunda floración, perdiendo todos sus pétalos. La radio soltaba «la española cuando besa» a todo trapo y el relato de mi madre se volvía por momentos más prolijo y vago  como  siempre  que,  llena  de  vino,  inventaba  historias.  Yo  temblaba  pues  me  invadió  la seguridad de que Bechí no debía andar lejos del pueblo de mis leprosos: «Si a uno se le caen los pelos de la cabeza y se queda calvo, es calvicie de atrás; es puro. Si los pelos se le caen a los lados de la cara, posterior o anterior, apareciese llaga de color blanco rojizo, es lepra que ha salido en el occipucio o en el sinipucio. El sacerdote lo examinará, y si la llaga escamosa es de un blanco rojizo, como el de la lepra en la piel de la carne, es leproso; es impuro, e impuro lo declarará el sacerdote, pues  el leproso  de la  cabeza…».  Alguien  derrumbaría los  tabiques  y  ellos  acudirían  al río  para limpiarse, mudos, sin gritos bíblicos, con la única finalidad de que se cumpliera el conjuro sagrado de la hija del alguacil. Supe con certeza, también, que uno de ellos vendría a encontrarme, que nada ni nadie podría librarme de aquel horror.

Y ocurrió. Fue una noche de aquel mismo verano, con una música de grillos desatada, palpitante como un zumbar de oídos. Dos ojos, los del leproso, me miraron ardientemente desde lo negro y yo intuí enseguida que aquello ya no era la probable mentira de las manchas de la pared ni las presencias inciertas del fondo del espejo. Por primera vez iba a tropezarme con la realidad. Estaba tan segura de ello como de que iba andando hacia el «Sándwich» y tenía que atravesar aún toda la calle Soldado Ruiz, tan oscura, con las bombillas reventadas por culpa de aquellos cafres del preu. Eso decía la gente que eran los estudiantes, pero yo adivinaba que las destrozaban ellos en corros salvajes y desesperados. Envueltos en vendas purulentas, hambrientos, porque nadie quería darles pan, ni agua, porque todos huían con un «Dios te remedie» o les tiraban piedras, esas mismas piedras que lanzaban luego ellos contra las luces para que todo quedara oscuro, solo con el desigual frenesí de la candelilla de las ánimas. Sí, eran ellos, multitud de leprosos con pedruscos, bailando, sollozando, riendo, cantado a gritos: «¡Impuro! ¡Impuro!…». Borrachos, tambaleándose, cayendo por los suelos.

Se apoyaba en la agrietada pared de la «Posada del Gordo», apuntalada con vigas desde que la desalojó el Ayuntamiento porque dijeron que amenazaba ruina. Eché a correr sintiendo que las tinieblas se me enganchaban en los pies y me querrían frenar. De la cesta se escapó volando la servilleta y quedó toda extendida, cuadrada, al lado del bordillo. No me paré a recogerla porque a mis espaldas se sentía ya el resuello ronco y enorme, como de toro, y un latir cordial apresurado por la carrera. Llegué al «Sándwich» sin aliento, trémulas las manos. Mi padre sumaba en el libro del Debe y del Haber, dentro de aquella garita de vidrio casi zoológica. Una obcecada mariposa de abdomen peludo y gordísimo chocaba una vez y otra vez contra la lámpara, caía al suelo, levantaba de nuevo el torpe vuelo… En un rincón del bar el único cliente daba lengüetazos reflexivos a una cuchara  colmada  de  Chateaubriand  de  merengue.  Le  entregué  la  cesta  a  mi  padre  que, distraídamente, preguntó por la servilleta. Después dijo: «Tu madre sólo sabe guisar patatas. Todos los días de Dios, patatas». Detrás de sus gafas su mirada opaca resbaló con el dobladillo de mi falda. Yo me senté de cara a la puerta, junto al velador donde colocaban los periódicos. Manolo el camarero secaba vasos: «¿Qué hay?», saludó. Yo sonreí, pero él ya se había vuelto para conectar la televisión.  Unas  rayas  veloces,  inútiles,  cruzaban  la  pantalla  de  derecha  a  izquierda.  Nacían  y morían.  Manolo  dijo:  «Es  una  birria.  Falla.  La  semana  pasada,  igual».  «¿No  vino  todavía  el técnico?», preguntó la señora Irene. «Sí, pero aún la dejó peor». Desenchufó y en el «Sándwich» aterrizó plano y excesivo el silencio. Al momento comenzó a oírse el sereno reptar de la escoba que manejaba la señora Irene. A lo mejor se asoma, pensé entonces. Pero enseguida me tranquilicé: con la cara destrozada, sin nariz, ¿cómo iba a atreverse?

La escoba arrastraba serrín mojado que de amarillo se había vuelto pardo y se mezclaba con colillas y palillos, hacía crujir un envoltorio de chocolate lleno de estrellas. «¿Qué, cómo van esos estudios? ¿Te dieron ya las notas?», preguntó la señora Irene. Mi padre contestó con la boca llena que yo había tenido dos notables. Ella paró de barrer y apoyó la barbilla en el mango de la escoba. Explicó que a su hijo pequeño le habían suspendido las matemáticas pero que Santiaguín había sacado todo con matrícula de honor. Siguió hablando de sus hijos, elogiándolos. Llevaba un peinado alto, duro y negro. Los labios de papá se estiraban hacia las orejas en un gesto fofo que igual podía revelar orgullo, condescendencia que un profundo sentimiento de estafa. Trabajaba todo el día en los Astilleros del Puerto y por la noche llevaba las cuentas del «Sándwich». Cuando la guerra civil lo ascendieron a capitán «por méritos en campaña» y alguna sobremesa aún se animaba narrando historias de moros y falangistas, la batalla del Ebro. Pero mamá lo cortaba, se le reía a la cara diciendo que aquello era agua pasada pues ahora él no era nadie.

Delante  del  bar,  extendida  como  una  alfombra,  estaba  la  luz.  Un  rectángulo  cálido, acogedor; en la esquina, la inquietante lucecilla de las ánimas y un poco más allá la calle Soldado Ruiz con la «Posada del Gordo». Una mañana de invierno la brigadilla echó al Gordo y a su mujer de la casa. Llovía y los muebles, los colchones y el pañuelo de la vieja, la suegra del Gordo, se iban empapando mientras los cargadores peleaban con un cajón muy grande que llevaba varios letreros de «frágil». Al fin pudieron izarlo y el Gordo y su familia partieron en el camión, fláccidas las ropas,  pegadas  al  cuerpo.  Luego,  cuando  los  obreros  apuntalaron  el  casón,  fuimos  con  Pepe Museros, Emerín, Miguel Taus, Amparito y toda la pandilla, a mirar.  La posada había quedado vacía, hueca, como una enorme cáscara y luego se fue llenando de ratas, gatos abandonados y… leprosos. Yo adiviné enseguida que él se escondería allí. Lo supe desde que lo soñé rubio, con los pies envueltos en trapos, huyendo carretera adelante, increíblemente ágil, con la mirada terca.

El «Sándwich» se iba animando. Hombres que se instalaban en la barra, alrededor de las mesas, con ese aire desenvuelto que adquieren cuando no van con sus mujeres. Era ese tiempo
apacible  que  media  entre  la  cena  y  el  sueño  y  ellas  debían  estar  con  sus  críos, fregando  los cacharros en la cocina. El chino Musné apartó la cortina de canutillo, tenía un negocio de bicicletas en la calle Mayor y su hijo venía a clase conmigo. El chino deba chupadas a un puro. Se le apagó y entonces  fue  a  instalarse  bajo  la  lámpara:  miró  con  interés  la  punta  del  cigarro,  se  disponía  a encenderlo… Yo le explicaba a mi padre que Isabel y mamá habían vuelto a reñir. Siempre peleaban por lo mismo: las dichosas clases de pintura. Mamá opinaba que una mujer es para su casa y el marido, no para correr como una perdida, pintando paisajes. Pero Isabel, esta tarde, pegó un portazo y desapareció con el caballete. A papá las cosas de Isabel le iluminaban los ojos, con unos reflejos enérgicos que lo identificaban con ella, en un parecido que normalmente ni se notaba. «Esa chica tiene nervio», pronunció despacio, soñadoramente. Y la piel de la manzana que iba pelando caía toda una pieza, formando una cinta movible y larga, como un gusano. Como aquellos gusanos que yo había soñado la noche anterior. Se me metían por la planta del pie y perforaban mi cuerpo en cavernas interminables. Algunos me salían por los oídos y por la boca. Yo cogía la extremidad de uno  de  ellos  y  la  iba  arrollando  a  un  carrete  de  hilo  vacío.  Alguien  me  decía:  «Cuidado.  Ves despacio. Si lo rompes, nunca podrás sacarlo».

Mi padre terminaba de cenar. Recogía el plato, el cubierto, cerraba la fiambrera y le pidió a Manolo  una  servilleta  de  papel.  Ahora  no  tendría  más  remedio  que  salir  del «Sándwich»,
enfrentarme con lo que tenía que pasar. Tuve miedo. Los brazos me ardieron y, casi enseguida, me recorrió un escalofrío, igual que cuando lo había descubierto a él apoyado en el muro. Decidí quedarme en el bar. Mi padre solía acaba a eso de la una: me iría con él. «He pensado   pronuncié vacilante   que me quedaré aquí contigo, te esperaré hasta que acabes». «Ni hablar. Largo. Ya basta con que uno pierda la noche». Se había sentado de nuevo dentro de la garita. Contaba dinero.

No me quedó más remedio que agarrar la cesta y lenta, muy lentamente, caminar hacia la puerta. En el tocadiscos gritaba apasionada la Mahalia y a mí se me saltaron las lágrimas. Estaba tan segura de lo que iba a pasar que podría explicarlo igual que si lo hubiera vivido ya: yo canaría hasta la calle Soldado Ruiz, allí, antes de llegar a la lamparilla que arde bajo el Ecce Homo, me saldría al paso el leproso y pronunciaría algo que quizá yo no entendería. Una frase como: «Buenas noches, guapa». Yo, entonces, intentaría escapar pero él lo impediría. Forcejearíamos. Después me agarraría los brazos y yo sentiría sus pulgares poderosos en las muñecas, el corazón como un ahogo insoportable. Más tarde, mientras me apretara contra la pared, iría descubriendo su cara blanquísima e increíblemente hinchada, sin cejas ni labios. En vez de orejas el horror de aquellos racimos sanguinolentos, bulbosos, como asquerosos tubérculos…

Concha Alós

Feliz día de San Valentín 2021

Modos de transporte

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Barry Kite. Collage

Es imprescindible que Y decida coger el automóvil para que su pelo se refleje en la ventanilla de Z, que va en autobús, ese día ha tomado el transporte público para desplazarse al trabajo. Un día después ocurrirá otro tanto, porque mientras Z está encabronado en el atasco, Y pasa debajo de él, a gran velocidad, apretada entre los viajeros anónimos del metro.

En este tipo de conexiones o desconexiones están los dos cuando llega el verano. Z planifica sus vacaciones en avión, por lo que sobrevuela el barco de Y, que miles de metros más abajo navega hacia una isla.

La isla resulta ser la misma para Y y Z, por lo que no es del todo extraño que casi se estrellen en un cruce, en el que la lentitud del burro de Z contrasta con la apresurada bicicleta de Y, que esquiva a Z con unos reflejos formidables. Ha bajado la cuesta sin tocar los frenos.

Tiempo más tarde, otra vez con el mismo país por destino, resulta que Z ruge en motocicleta por la costa, y cuando desvía la vista hacia el mar está mirando sin verla a Y, convertida en un punto, que se mece en una barca pesquera.

Así pasan los años hasta que un día, en el que la ausencia de horarios tolera coquetear con la pereza, los dos salen de paseo, a dar una vuelta. Entonces sí: se ven, se hablan, se tocan, se besan, se aman.

[“Modos de transporte” es un relato de F.M. incluido en la obra “Por favor, sea breve 2 : antología de relatos hiperbreves”. Páginas de Espuma: Madrid , 2009 (pág. 37)]

Y tú ¿qué haces en San Valentín?
Viajas, coqueteas, hablas, besas, amas, lees, buscas, juegas…

¿Quieres leer más historias de San Valentín?

 

El manuscrito de barro, de Luis García Jambrina

(Fuente principal para la elaboración de la entrada:
Dossier del gabinete de comunicación de Editorial  Planeta)

Luis García Jambrina y Natalia Álvarez Méndez

Luis García Jambrina y Natalia Álvarez Méndez

 

Los amigos de tULectura ya hemos tenido la suerte de conocer y disfrutar tanto de su obra como de su presencia cuando abordamos en nuestro club la lectura de su obra  “El manuscrito de aire.  Ahora,  Luis García Jambrina combina de nuevo la novela histórica y la novela negra y, coincidiendo con el nuevo Año Santo Jacobeo, publica  en Espasa “El manuscrito de barro”,  la quinta entrega de la serie protagonizada por Fernando de Rojas, autor de “La Celestina”.

En un guiño hacia los grandes clásicos del misterio, en esta novela Fernando de Rojas investiga unos asesinatos en serie cometidos en el Camino hacia Santiago de Compostela. La historia recrea con todo detalle la vida cotidiana de los peregrinos,  el ambiente en las tabernas, las posadas, los hospitales que jalonaban el Camino en  el año 1525 y el modo en que los peregrinos  debían hacer frente a peligros de todo tipo o eran víctimas de  intereses  bastardos en  los  que  se  mezclaban la avaricia, la política, la religión… y el  crimen.           

El manuscrito de barro, de Luis García Jambrina (Editorial Espasa, 2021)

El manuscrito de barro, de Luis García Jambrina (Editorial Espasa, 2021)

                                                       

29 de mayo de 1525. Un peregrino es asesinado poco antes de llegar a la ciudad de Burgos; se trata de una más de una serie de extrañas muertes que se vienen produciendo en las diferentes etapas del Camino Francés. El arzobispo de Santiago le pide a Fernando de Rojas que se haga cargo de la investigación del caso.

El célebre pesquisidor tendrá que hacer el Camino de Santiago en pos de las huellas de los criminales y para ello contará con la ayuda de Elías do Cebreiro, clérigo y archivero de la catedral compostelana. En su recorrido se encontrarán con toda clase de retos y peligros, se adentrarán en lugares recónditos y misteriosos y conocerán a numerosos viajeros, cada uno con su secreto a cuestas.

Gracias a su cuidada ambientación histórica, esta novela muestra una cara inédita de la ruta jacobea en una época de gran turbulencia en la que la peregrinación está en entredicho a causa de los airados ataques de Lutero, los falsos peregrinos que se aprovechan de ella y las rivalidades entre aquellos que tratan de controlarla y sacar beneficio. “El manuscrito de barro” no es solo una novela de intriga histórica llena de peripecias, conflictos y sorpresas. Es también un viaje en busca de la verdad y la transformación personal y una historia de amistad forjada en la dureza y las dificultades del Camino. 

Cómo empieza la novela

Juan Pardo de Tavera,  arzobispo de Santiago,  pide  al pesquisidor Fernando de Rojas  que indague en las misteriosas muertes de unos peregrinos cuyos cadáveres con los brazos en cruz están apareciendo en ciertos hitos del iter francorum, itinerario que une Roncesvalles con la tumba del  apóstol Sancti Yagüe. Bajo el costado de los muertos, escrita en barro, aparece una enigmática letra “Y”. Para ayudar a Rojas en este fatigoso trabajo, le acompaña Elías do Cebreiro, archivero de la catedral de Santiago y experto en el Camino. Pese a los mutuos recelos iniciales, pronto emprenden los dos el  viaje en amigable compañía.

Elementos narrativos destacados

Luis García Jambrina mezcla en esta obra,  como en el resto de la serie protagonizada por Fernando de Rojas, diversos géneros literarios al combinar la novela histórica con la novela negra.

  • Como novela histórica, “El manuscrito de barro” recrea con detalle unos escenarios y unos hechos excepcionales, consiguiendo dotar al conjunto de una profunda verosimilitud. El carácter histórico de la novela se sustenta sobre una documentación exhaustiva que ha permitido una recreación muy realista  de la vida alrededor del Camino de Santiago en una época en la que la ruta jacobea se encontraba inmersa en una decadencia provocada por circunstancias tan diversas como el auge del protestantismo y el aumento de la inseguridad, presentes ambos en el texto. 
  • En cuanto a novela negra, el autor recoge el legado de los clásicos del género, planteando cuestiones de calado social y político: el poder de la Iglesia frente al Estado, el maltrato a la mujer, los abusos de las clases dominantes, los intereses económicos que se ocultan tras la fachada de lo espiritual y las dificultades para que la Justicia —con mayúsculas y con minúsculas—sea igual para todos.

Tanto en esta como en las anteriores novelas protagonizadas por Fernando de Rojas encontramos   una notable carga crítica  a través de elementos que  invitan a la reflexión a partir de las peripecias de unos personajes muy bien dibujados: la ambición, el ansia de riqueza, el fanatismo, el miedo, el heroísmo… y el poder redentor del amor y de la amistad.


Para comprender  mejor la  novela, podemos fijarnos en algunas circunstancias de la época y el entorno en que se desarrolla la historia:


Escenario: el Camino Francés

Como si de un peregrinaje a Santiago se tratara, la novela se estructura a partir de dos tipos de capítulos: los que transcurren en el camino propiamente dicho —o sea, en ruta hacia…— y los que se desarrollan en los lugares en los que se acaban e inician las etapas más importantes.

El escenario principal es el llamado Camino Francés, que entra en España por los Pirineos a través de Roncesvalles. La excepción la hallamos en el primer capítulo, situado en Toledo, durante el transcurso de las Cortes Generales, en junio de 1525. Luis García Jambrina describe la capital repleta de procuradores y forasteros venidos de todos los lugares de Castilla y de otros reinos, ya que a ellas asisten  también  embajadores  y  representantes  de  las  principales  monarquías europeas y del papado.

Tras el encargo de averiguar quién está asesinando a los peregrinos, Rojas y Elías viajan hacia León, ciudad en la que inician sus pesquisas tras un nuevo asesinato.

Las siguientes etapas pasan por Puente de Órbigo, Astorga, Foncebadón, Ponferrada, Villafranca del Bierzo y Herrerías de Valcarce, en la actual provincia de León. Ya en Galicia, por Pedrafita do Cebreiro, As Nogais, Santa María de Penamaior, Lugo, San Romao da Retorta, Palas de Rei y el castillo de Pambre, en la provincia de Lugo; en La Coruña, por Melide, Castañeda, Arzúa y, por fin, Santiago de Compostela.

El autor describe el camino con detalle. Los paisajes y las poblaciones desfilan ante el lector y lo sumergen en el ambiente a través de todos los sentidos. En un magnífico ejercicio de recreación, retrata los lugares con los ojos de los peregrinos y los viajeros del siglo XVI.

La decadencia del Camino en el siglo XVI

En El manuscrito de barro, Luis García Jambrina nos guía por un Camino de Santiago que vivía una evidente decadencia desde finales del siglo anterior. No era una situación atribuible a una sola causa y, en su génesis, se mezclaban factores internos y  externos.

  • Por  un  lado,  una  vez  completada  la  Reconquista,  la  Monarquía Hispánica y la Iglesia española habían centrado sus esfuerzos en una nueva epopeya, la conquista del Nuevo Mundo, disminuyendo, por tanto, el valor emocional y político de Santiago de Compostela.
  • Por otro, los valores del Renacimiento se oponían a muchas de las tradiciones religiosas vigentes, mientras surgían voces, aquí y allá, partidarias de la separación de la Cruz y la Espada, de la Iglesia y el Estado, uno de cuyos símbolos evidentes era la archidiócesis gallega.
  • El auge del protestantismo en Europa influyó no solo en el número de  peregrinos  procedentes  del  continente  a  través  del  Camino Francés, sino también en la actitud de intelectuales españoles que, como Fernando de Rojas en la novela, se cuestionaron el culto a las reliquias o la autenticidad de la tumba del apóstol.
  • Por último, y no menos importante, hubo una crisis de seguridad a la que se sumaron los abusos de parte de los responsables de los servicios a los peregrinos, desde tabernas a hospitales. Se multiplicaron las bandas de delincuentes que asaltaban a los peregrinos, de la misma forma que aumentó la criminalidad entre esos mismos peregrinos. Pag. 27 de la obra: 

«El Camino se ha vuelto muy peligroso por culpa de los pícaros, maleantes, bandoleros, prostitutas, mendigos, vagamundos y toda clase de individuos de mal vivir, que ahora lo invaden dispuestos a aprovecharse de los verdaderos peregrinos y de la hospitalidad de los albergues y conventos»

Además, Francia y España mantuvieron una guerra desde 1521 que afectó a la ruta Jacobea y que acabó unos meses antes de los hechos narrados en El manuscrito de barro, en la batalla de Pavía.

Entre la fe y el negocio

Durante siglos, la posesión de unas reliquias religiosas objeto de peregrinaje significaba una fuente segura de ingresos económicos para la localidad que las custodiase, además de aumentar la influencia política de sus autoridades civiles y eclesiásticas. De ahí la dura competencia entre ciudades e, incluso, entre países.

El arzobispo Pardo de Tavera resume aquel conflicto en el diálogo con el pesquisidor, cuando rechaza las acusaciones y las dudas sobre la  autenticidad  de  la  tumba  de  Santiago:

«Solo son  embustes  y rumores, fruto de la envidia que nos tienen los franceses, sobre todo  desde que estamos en guerra con ellos, y más ahora que acabamos de vencerlos en Pavía y de apresar a su rey Francisco I».

Para  poder  atender  a  miles  de  peregrinos  anuales  surgieron hospitales,  alberguerías, albergues,  ventas,  mesones  y  posadas  y también ciertos monasterios, conventos, iglesias, catedrales, castillos y casas particulares que se volcaron en su cuidado y manutención. Los  hospitales  solían ser caritativos  o gratuitos. Casi  todos  ellos habían sido fundados por reyes, autoridades locales, nobles, obispos, y órdenes religiosas y militares. Algunos se encontraban extramuros de las ciudades, para que pudieran refugiarse los que llegaban por la noche, cuando las puertas de las murallas ya se habían cerrado.

Los hospedajes y albergues de pago eran un negocio muy floreciente, aunque, por lo general, dejaban mucho que desear.

Era habitual que posaderos y mesoneros se disputasen a los peregrinos; incluso enviaban a sus sirvientes para que los captasen como clientes. Elías le explica a  Fernando de Rojas que la mala calidad de las viandas y de los alojamientos provocaba que muchos peregrinos enfermasen o muriesen, o se quedasen sin blanca. Era, también, una práctica común engañarles con el precio, con las medidas y con el valor de las monedas, y más cuando eran extranjeros.

Están documentados casos de posaderos que emborrachaban a sus huéspedes para robarles mientras dormían o que llegaban a envenenarlos para quedarse con sus cosas.

Tipos de peregrinación

La novela nos muestra la gran variedad de razones que impulsaba a hombres y mujeres a tomar el Camino hacia Santiago. Destacan seis grandes grupos de peregrinos, presentes en distintos momentos de la obra.

Peregrina en la portada oeste de la iglesia románica de San Lorenzo de Vallejo de Mena (Burgos)

  1. Peregrinación como penitencia. Su objetivo era obtener el perdón de los pecados y ganar el cielo; no en vano a cada peregrino que completaba el Camino se le condonaba de entrada una tercera parte de esos pecados y, si era año jubilar o de perdonanza, la indulgencia era plenaria.
  2. Peregrinación por devoción religiosa o para cumplir un voto o una promesa por algún bien recibido. Muchos de los que recorrían el Camino por una promesa, volvían a casa con una especie de aureola de santidad. El mero hecho de haber viajado a Compostela aumentaba también su prestigio dentro de la comunidad.
  3. Peregrinación obligatoria o forzada. Era de carácter expiatorio y penitencial, impuesta por algún tribunal eclesiástico o civil, como castigo por haber cometido un delito o un pecado de especial gravedad, sobre todo si el autor era un clérigo: homicidio, sodomía, robo de iglesia, sacrilegio, simonía, adulterio, etc. Estos peregrinos a veces iban con cadenas o casi desnudos y, en el caso de las mujeres, con vestiduras blancas.
  4. Peregrinación delegada o por encargo. Se llevaba a cabo en nombre o representación de otra persona, de un grupo o de toda una población con el fin de implorar el cese de algún mal o cumplir con una obligación o promesa. Había una variedad testamentaria, por la que se designaba a alguien para que hiciera el Camino por el sufragio del alma del testador. Podía estar remunerado y hubo profesionales en la materia.
  5. Peregrinaje en busca de aventuras, para conocer mundo, para hacer negocios o para llevar una vida de cierta libertad. El peregrino que había optado por estar vía trataba de romper la rutina y estar libre de ataduras familiares o laborales durante un tiempo.
  6. Falsos peregrinos, que se disfrazan para mendigar o delinquir.

Por qué recomendamos este libro

La sede física de tULectura está en León (España),  una de los hitos más importantes dentro del Camino Francés. Siempre nos hemos sentido vinculados a este sentimiento jacobeo y a él hemos dedicado algunas de nuestras entradas (Santiago, el Codex Calixtinus y el juego de la oca), lecturas (Guía a la lectura de “Bueno, me largo”, de Hape Kerkeling) y actividades (Cruce de caminos: se hace camino al leer).  Peregrinos somos en este mundo y, a estas alturas de la historia,  peregrinas son también algunas de  nuestras ideas 😳 .  Tanta implicación en el tema no puede por menos de llevarnos a la recomendación de “El manuscrito de barro”:

  • Porque nos gusta la escritura de Luis García Jambrina: Maneja su conocimiento de las claves de la literatura académica con tal  destreza que nos hace disfrutar del texto de forma natural.
  • Porque la mezcla de novela histórica, itinerante, de intriga, de transformación… resulta hábilmente  equilibrada.
  • Porque la documentación de la obra es completa y  rigurosa, pero amena. Las referencias de la misma se ofrecen al lector al final del volumen para que aquel que lo desee pueda comprobar o ampliar  datos.
  • Porque nos gusta  ver cómo nace, avanza y se estrecha una relación de amistad entre dos personajes tan diferentes como Fernando de Rojas y Elías do Cebreiro. Y porque nos  evocan otras parejas literarias que se acompañan o se dan la réplica a lo largo de su andanzas  (ahí lo dejamos…)
  • Porque el Camino de Santiago, como referente cultural, ejerce sobre nosotros una fascinación mucho más que religiosa: espiritual, simbólica, iniciática, casi esotérica.
  • Porque el barro del título nos hace reflexionar sobre la simbología del término (debilidad, pecado, capacidad de transformación, origen del hombre, origen de la escritura….). «Sabed que el barro es el pergamino en el que cada romero va escribiendo su  camino.»  dice Elías do Cebreiro.
  • Porque  hemos conocido a Hermann Künig, el monje alemán autor de la primera guía práctica sobre el camino de Santiago ¡publicada en 1495! con consejos e información útil y concreta sobre lugares y variantes del itinerario para evitar peligros o facilitar la ruta.
  • Porque el personaje Elías do Cebreiro está inspirado en Elías Valiña, o cura do Cebreiro, uno de los mayores  impulsores  de esta  segunda edad de oro del Camino de Santiago. 
  • Porque nos rendimos siempre ante la búsqueda de la verdad que Fernando de Rojas persigue, ante su escepticismo humanista.
  • Porque no hay como un buen crimen para pasar un buen rato.

Estas son solo algunas razones para empezar. Puedes enviarnos las tuyas a través de los comentarios o las redes sociales.  Y sobre todo,  haz caso al pesquisidor Fernando de Rojas y no retrases más la lectura de la nueva novela de esta saga. Pag. 32:

“Pongámonos ya en camino, que el tiempo apremia”

Una noche de invierno es una casa, de Cecilia Eudave

UNA NOCHE DE INVIERNO ES UNA CASA

Para Almudena Mora

 

I

Al entrar se comprobó mi más triste sospecha: ahí hacía un frío de ésos ancestrales, que me dobló la espina dorsal y me obligó a apoyarme sobre una de las desconchadas paredes. Aquel lugar era inmenso, sí, muy grande, pero inmundo, parecido a una piel que con el tiempo se desgaja y va dejando su rastro por cualquier parte. Y ese olor, que nunca logré erradicar, entre dulzón y amargo, parecido a la descomposición de una vaca que por el camino algún incauto golpeó y dejó morir. Esa casa agonizaba y necesitaba sangre fresca para seguir viviendo, ahora me parece más claro, pero en ese entonces…

La señora que nos mostró la casa tampoco me resultó agradable, me miraba con desconfianza, cuando lo hacía, y sólo se dirigía a Enrique. Eso no me importó nada, pues mientras ellos hablaban de precios y de arreglos necesarios, más bien urgentes, yo comencé a pasear por el lugar. Todo iba de horrible a horroroso, pero no fue suficiente hasta que llegué al baño y vi aquel desastre lleno de hongos, de humedad y suciedad. Para colmo me habían dicho que alguien había habitado esa casa, una pareja, como nosotros. Ah no, me dije, como nosotros no. ¿Quién puede vivir así? Aquello era un chiquero. Pero, ¿quién puede resistirse a un jardín? ¿A un inmenso jardín en medio de una ciudad tumultuosa? Todos, menos yo, y accedí a rentar esa casa invierno —jamás deje de sentir frío mientras estuve dentro de ella—, porque cuando vi el jardín caí en el hechizo, y pagué un tributo muy caro por ceder cuando la intuición manda otra cosa, por querer tener un paraíso donde se sabe que sólo puede habitar la miseria, porque no hay jardín de las delicias ni parque encantado que no cobre precio. 

II

Después de unas negociaciones muy duras, llegamos a un buen precio con la casera y nos dio las llaves. Así, pudimos comenzar a disfrutar de aquel paraíso de mugre y desolación, junto a tres albañiles, dos carpinteros (antes cantantes de un bar), un fontanero y un electricista que parecía ser el único que portaba un poco de compostura, pues no dejaba de repetir: «Esta casa es un desastre, ni tirándola una y otra vez será habitable». Ya llevaba dos semanas intentando que los interruptores respondieran al lugar donde se requería luz, y no que hicieran lo que les viniera en gana. Le había sacado a las paredes todos los alambres, que yacían como venas por cualquier lado, como anacondas silenciosas carcomidas por los años, insólito resultaba ver aquel espectáculo de metros y metros de cables blancos, azules, rojos, entreverados unos con otros, enloqueciendo la mente de aquel electricista que no podía ponerle orden a ese cuerpo. Logró, por lo menos, que algunos interruptores sí funcionaran, otros tuvo que clausurarlos y quedaron como falsos apagadores, de manera que puso nuevos para suplir a los viejos, y como es natural, en esa casa loca y fría, a veces funcionaban hasta los clausurados. 

Total, no se pudo lograr que un solo apagador hiciera lo que debe hacer un interruptor: prender la luz, apagar la luz. Incluso por las noches un pequeño recital de clicks se escuchaba cuando llegábamos intentando encender la luz, y sólo conseguíamos ecos, destellos que se iluminaban en distintas zonas. Corríamos, entonces, tras la luz, para atraparla en donde menos la imagináramos (pues una vez capturada con la mano puesta en el interruptor, los demás prendían y la luz se distribuía por las habitaciones). Eso ocurría sólo cuando Enrique y yo llegábamos juntos, o cuando yo entraba sola a la casa, a él nunca le pasó. «Yo creo que tú tienes un problema con lo eléctrico, debes de tener mal los polos o de plano eres un pésimo catalizador, o algo así. Recuerda que a todo el mundo le das toques». Con eso quedó claro quién era el motivo del desorden de iluminación, no se pudo buscar más respuestas, ¿para qué?, ya había culpable.

Los albañiles, por su cuenta, tenían sus dudas sobre la «vibra» de la casona. Ellos habían calculado su edad, unos setenta años, quizá más, bastante venida a menos por mal mantenimiento, lo que la hacía una achacosa, además de una impertinente, una incomprendida que cree que nadie la merece. Esto último ocasiona su terrible ira, y pues a destrozar a los inquilinos a como dé lugar. Ellos lo sabían por su amplia experiencia en parchar residencias en mal estado, y en verdad que lo sabían, pues las reparaciones resultaron sólo parches aquí y allá para dar la impresión de habitable. Por si fuera poco, me hicieron advertir un detalle curioso: dentro de cada closet de la casa había una imagen de una Virgen María.«A lo mejor hay fantasmas», dijeron, y «esto es una precaución, un detente para los aparecidos, para su maldad», y esa frase me hizo reír de nervios, lo que me faltaba, gente muerta deambulando por los pasillos. Le comenté a Enrique sobre aquella peculiar afición de los antiguos inquilinos a pegar vírgenes en el interior de los armarios, a lo que él respondió: «No vas a creer que aquí espantan, digo, eso es cosa de ignorantes y de mujeres». Esto último me enfureció, claro, en realidad me percaté de que yo era la muerta viviente, y que Enrique no estaba lejos de ser lo mismo, desde hacía tiempo ya no vivíamos el uno para el otro, y yo venía a encarnar todas las respuestas a los problemas.

En fin, el fontanero se esforzaba, ya no en que tuviéramos agua caliente (en la cocina nunca se consiguió ese milagro), sino en que por lo menos saliera agua de las ya cascadas tuberías: «Si quiere le meto presión a la cañería, pero si truena es su problema». Y lo fue, tuvimos que cambiar varios metros de tubos y aún así sólo se logró que salieran unos miserables chorros de agua en la cocina y en el único baño, pues había seis habitaciones, una estancia, un recibidor, dos patios, un jardín, y sólo un raquítico baño. ¡Ah, los carpinteros! No paraban de cantar y de hacer suyo todo el recinto, llevaban como tres semanas tratando de remachar, encuadrar y pintar las puertas, y como se encariñaron con un viejo librero empotrado en la pared, le dedicaban varias horas al día para dejarlo con la dignidad de su origen. Y yo, por Dios, ya quería que se largara todo el mundo. Necesitaba estar un minuto en paz y tranquila, sin la culpa de ser la respuesta de todos los males. «Pero querías tu jardincito, tu paraíso en medio de todo este tumulto de seres de ciudad», me repetía como un aliciente para aguantar la siguiente embestida de la casa.

Como pude fui sorteando todas estas desventuras, porque Enrique parecía revivir cada vez que iba a la casa para mirar los avances (lentos, muy lentos), sólo él parecía recibir la energía positiva del lugar, pues los demás acabábamos exhaustos, como salidos de las catacumbas. «En un par de semanas podremos venirnos a vivir ya aquí». ¿Pero de qué planeta? Debí preguntarle, pues aquello parecía trabajo de meses. Empeñada en hacerlo feliz, me apliqué por completo a terminar los arreglos. Si no hubiera sido por los ecos de otros días, de otros años donde habíamos sido una pareja feliz, vagando por ahí, no hubiese podido darle más energía a la casa, pues ese lugar terminó de impedir que yo encontrara mi sitio donde definitivamente ya no lo tenía.

III

El ingeniero encargado de la obra era un inútil. Con su pasito de señorito venido a menos y su ineptitud logró desquiciar mis mejores intenciones de instruirlo en el arte de hacer bien las cosas. Me cobró por adelantado el baño, y lo que debió haber sido una tarea de una semana se prolongó a tres. De nada sirvió que lo amedrentara, ni que le gritara (por alguna extraña razón, esa casa me había vuelto agresiva y había sacado lo peor de mí), y el baño no estuvo hasta dos días antes de mudarnos a la casa. Cuando lo vimos terminado, quedamos atónitos: se veía igual, sólo que ahora con todo nuevo, pero la impresión era la misma, la de un cuarto de baño viejo e inmundo. No se hizo esperar la reacción de Enrique, quien me acusó de inepta (por Dios, si no había estudiado ingeniería, ni contratado al personal, ni escogido los aditamentos del baño; la casera eligió todo). «Tanto dinero para esto», le oí decir. «A ver cómo lo arreglas ahora, además la taza del excusado está chueca». Efectivamente, y se quedó así, pues por más esfuerzos que se hicieron por enderezarla, nunca se pudo. Tuvimos que aprender a hacer nuestras más íntimas necesidades de ladito (igual que él y yo a no decirnos más las cosas y a tolerarnos mutuamente de ladito), e instruir a las visitas cuando alguien osaba ir a vernos (Enrique se volvió celoso de su espacio y permitía a muy pocos visitarnos), sobre la manera de apoyarse para evitar accidentes. 

Y cuando ya pensaba que aquella casa iba de peor a menos despreciable, me levanta Enrique exaltado para decirme que de las paredes del cuarto de baño manaba agua… y ¡caliente! ¿Cómo era posible? De la regadera apenas y un miserable chorrito de agua se asomaba de vez en vez, y tibia, pues el calentador hacía lo que le veía en gana. Ah, y cuidado con moverle un centímetro la temperatura, pues entonces se apagaba y a llamar a un técnico, ya que nosotros no éramos dignos de tocar a su majestad, y si lo hacíamos acabamos llenos de tizne y con las pestañas y las cejas quemadas. Así de sensible era todo en ese lugar, incluyéndonos claro, pues ahora a cada momento se suscitaba una pelea por el más mínimo motivo. 

Ese día no fue la excepción: «Ya ves», me dijo, «¿por qué te hice caso y dejé que te empecinaras en tener este cascarón de hogar?». ¿Qué?, pero si el aferrado a este frío lugar era él. Por no discutir más me paré de la cama para revisar el desperfecto —de alguna manera yo ya era una ingeniera—, y descubrí que la fuga provenía de la azotea, donde, para no variar, se había estancado el agua y filtrado por las viejas paredes. Recuerdo que esa vez me senté en el baño chueco y comencé a llorar. Yo también emanaba agua tibia por mis mejillas; por primera vez, esa casa y yo compartíamos una misma sensación.

IV

La verdad, el jardín me entusiasmaba mucho. Era el único espacio donde no se respiraba lo irreparable, así lo veía yo. El sol daba de lleno, y aunque aquello era una jungla con la más extraña variedad de plantas conviviendo juntas, me propuse reformarlo, reconstruirlo. La faena fue demoledora: quitar primero toda la hierba mala, que resultó la única que podía vivir ahí, pues el pasto que pusimos tardó muchas semanas en prender, y eso gracias al jardinero, quien casi iba a diario a quitar las yerbas caprichosas. Cuando por fin aquello parecía ir tomando forma, ¿cómo la casa iba dejarme disfrutar un momento aquel espacio?, apareció una plaga de alacranes, otra de gusanos azotadores, los más negros y peludos jamás vistos, y una comunidad de hormigas gigantes, rojas y ponzoñosas, que se encargaron de comerse las nuevas plantas y de mermar las ya existentes. 

Enrique, ya medio enloquecido y obsesionado con la casona, llamó a los fumigadores, pero como él era sensible a los productos que se iban a utilizar, me dejó encargada de la tarea de supervisar el buen empleo de los insecticidas y la vigilancia del cascarón que yo me empeñaba en mantener (proyección suya, él era el aferrado a ese pedazo de problemas). No hay que mencionar que, por supuesto, exterminaron la invasión de insectos, pero se murieron casi todas las plantas que sembré (sí, sobrevivieron las antiguas), y yo quedé intoxicada de la casa, de Enrique y de mi vida hasta ese entonces.

V

El jardín, que había resultado la única atracción para mí de aquel lugar, se convirtió en mi peor pesadilla. Cierto día, ya ni recuerdo cuánto tiempo llevaba ahí, mientras regaba el pasto para que no se secara y lograra superar a la mala hierba, comencé a oír llantos. Al principio eran muy tenues, como si un niño pequeño llorara allá detrás de los árboles, o más lejos aún, detrás de cualquier casa. Cerré la llave del agua y traté de percibir de dónde podría venir aquel sonido. Recorrí todo el jardín hasta llegar a una habitación semiderruida que existía al fondo de éste. El ruido se escuchaba más fuerte ahí. Como pude, abrí la puerta, obstruida por el moho, las telarañas y la tierra acumulada ahí por años (esa parte de la casa todavía no era reconstruida). Y ¡zas!, me saltan una media docena de gatos, que si no me mataron del susto fue por lo repentino de su aparición. ¡Por Dios! Estaba invadida de felinos, que además parecían estar sarnosos, llenos de pulgas y con rabia. Después comprobé que no parecían; lo estaban. Enrique, no pudo ayudarme en la tarea de desalojo animal, ya que su alergia al pelo gatuno era casi mortal para su cuerpo. Y como yo, seguramente, nací inmune a cuanto hay en el planeta, incluidos los ataques felinos, me lancé de lleno a erradicar esa plaga, bastante más grande y peligrosa que cualquier alacrán güero. 

Me sugirieron ponerles veneno, pero no resultó. Luego tapié con cartones las entradas al cuartucho del fondo, les importó poco, se asentaron fuera de él. Rocié con una sustancia el pasto para que no pudieran echarse sobre la hierba, nada, se treparon a los árboles. Total, tuve que llamar a un viejito, de esos que se hacen míticos por sacar de tu casa lo que sea, y logró, cual pepenador, atrapar a cuatro de ellos, tres gatas (dos preñadas) y un gato. Los otros escaparon. Antes de irse, con su costal lleno de gatos, medio arañado, y con un montón de dinero que me sacó, me dijo: «Volverán». Y volvieron. 

No hubo más remedio que acostumbrarse al concierto en gato menor para noctámbulos de casas frías como invierno.

VI

Cuatro meses después de pintada la casa, la humedad reapareció. Era una humedad gloriosa, de esas que florean toda la construcción de manera caprichosa, de esas que pueden pasarse la vida haciéndonos la vida imposible: el salitre. Y otra vez a luchar con la adversidad, ya como costumbre, desde que me había mudado a la casona. En cierto modo, yo era una especie de gladiadora a la que sacan al ruedo a enfrentar una jauría de tigres malhumorados, hambreados y mal dormidos, que debe mantenerse viva, y de paso tener contento al césar: Enrique, quien, curiosamente, alérgico a la humedad, parecía no tener ningún achaque frente a ésta, salvo la molestia de ver como se abrían las flores blancas en las paredes recién pintadas.

Como quiera, aprendí a resanar y retocar con pintura. Salía un poco de salitre aquí y yo corría a evitar que aquello se extendiera más, hasta que apareció esa mancha amarillenta en una esquina de la casa en lo más alto del techo. Como no era salitre, sino humedad de la más vil y mala, tuve que hacer una profunda investigación en la azotea para dar con la cañería (rota seguramente) que estaba provocando esa aparición inesperada. Conseguí dar con la falla, era un bajante obstruido, lo limpié y listo. Un poco de pintura y ya. Pues no, en esa casa nada era así de sencillo y fácil, ¡qué va!, ahí, lo bizarro era cosa de rutina. Y la mancha amarilla, como si fuera una ameba mutante, se deslizó y se colocó justo a un lado de donde había yo pintado. «Mira, mira, no pintaste bien. La mancha sigue ahí». La voz de Enrique ya comenzaba a sonarme como la de un jefe impertinente, diminuto e inútil que sólo sabe gritar para sentirse a gusto. Volví a pintar, y al día siguiente la mancha se había desplazado otra vez. ¿No estaré volviéndome esquizofrénica? ¿No estará Enrique volviéndose esquizoide? ¿No nos estaremos volviendo locos aquí? Yo había desaparecido esa mancha, lo juro. Bueno, quizá el cansancio me hizo suponer que la cubrí bien y no fue así, en fin, volví a pintar. Sí, al día siguiente reapareció triunfante y feliz. «Ah no, ahora la mato». Y en un acto titánico, de esos que la desesperación suele llamar valentía heroica, pinté todo el techo. Nada, la mancha volvió a salir ahora sobre una pared lateral de la sala. Ya no era cuestión de heroicidad, ya era cuestión de salud mental, tenía que aceptarlo, la casa no me quería y haría hasta lo imposible por acabar con mi paciencia, mi vida y mi cordura. Como un deber a mí misma, a nadie más, me dispuse a abandonarla.

VII

«¡O la casa o yo!», le grité a Enrique. Pues la casa, por supuesto. Él se quedó con ella y yo hice mi maleta. Recuerdo que antes de irme quise echar un último vistazo al lugar. Lo recorrí todo: el inmundo baño; la cocina donde casi pierdo el cóccix, pues por alguna razón que sólo la dimensión desconocida sabe, el piso siempre estaba como lleno de grasa; la sala, que era propiedad inequívoca de la mancha trashumante; la recámara, donde escuché un sinfín de conciertos para gatos, y donde se acabó lo que se daba en mi relación con Enrique; el jardín, que ahora estaba más verde y más bonito que nunca. 

Ahí me quedé un rato mirando cómo por lo menos ese esfuerzo había, literalmente, dado frutos, pues los árboles frutales comenzaban a llenarse de flores. 

Entonces, por un instante, pensé «¿Y si me quedo? Si hago un último esfuerzo y trato de recuperar lo que aquí se ha perdido…». Y ¡zas!, que se revienta el tinaco y sale disparado el tapón que lo cubría como un torpedo asesino, que fue a retumbar a una de las paredes de jardín haciendo que se cayera un trozo considerable de muro. De no haber sido porque el agua que emanó de golpe me tiró al suelo, estaría ahora en otra parte, si es que hay otra después de la muerte. Mojada y todo, ya no quise ni cambiarme la ropa, tomé mi maleta y salí de ahí presurosa. Enrique no estaba, se había ido a buscar a quién sabe quién, seguramente a un reemplazo de ingeniera que le volviera a atender la casa. Antes de salir, cerré bien, no deseaba que un pedazo de frío me siguiera a donde fuera, y aventé las llaves por la ventana. Crucé la calle y un hombre no muy mayor vestido de blanco me sonrió a medias, se quitó el sombrero cuando pasé a su lado y me dijo: «¿Expulsada del paraíso? No se agobie, pase por aquí, y vayamos por allá que hace un sol maravilloso». Extrañada, acepté el consejo y me alejé con él sonriendo, mientras la luz desvanecía lo que dejé al dar la espalda. «Ah, y es mejor que deje su equipaje».

Cecilia Eudave

 Registro de Imposibles (2da.edición, 2006)