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Escanciar en copas hueras. El simbolismo del recipiente en «El cuento de la criada»

Por Daniele Arciello

«El cuento de la criada», edición inglesa de Random House UK (2016)

En la apasionante lectura de El cuento de la criada  nos encontramos con una narración que nos asombra, incluso nos estremece: todo concurre a que nos sintamos desconcertados, perturbados, pero a la vez atraídos por una novela capaz de quitarnos el sueño, mientras que deseamos la salvación del cuerpo y del alma de Defred. ¿Conseguirá escapar de un mundo que no deja ni un rincón falto de opresión, ni un resquicio de esperanza? Tendremos que atrevernos a seguir leyendo para averiguarlo, orientados por una guía hecha para conducirnos hacia el sorprendente remate.

 

 

Además, nosotros como lectores a duras penas nos conformamos con saber la trama, queremos explorar todos los senderos narrativos que nacen de las páginas de Atwood: entre otros, la escritura de género, la distopía, la contaminación del medioambiente, la esclavitud, el sexo y el amor. Pero también la carga simbólica que un sinfín de palabras desprende, desde las flores en el jardín de la mansión hasta los inquietantes “muñecos de nieve” y su sonrisa de sangre.

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El cáliz es una de las más llamativas: en el Cuento se asocia irremediablemente al cuerpo femenino, que “acoge” al cuerpo masculino, muy a menudo sin posibilidad de rechazo. Muchos son los pasajes que remarcan este estado de sumisión. Cuando se fija en los tulipanes, no es solo su color lo que le hace reflexionar sobre su condición:

 

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Los tulipanes están más rojos que nunca, abiertos, ahora no parecen copas sino cálices; es como si se elevaran por sí solos, ¿pero con qué fin? Después de todo, están vacíos. Cuando crecen se vuelven del revés, revientan lentamente y los pétalos se les caen a trozos

 

Poco antes del encuentro “prohibido” con el Comandante, palabras durísimas sintetizan la condición suya y de todas las Criadas:

Somos matrices de dos piernas, eso es todo: somos vasos sagrados, cálices ambulantes.

Y tras la visita nocturna, hay un destello de esperanza, algo de alivio en una existencia hueca como su cuerpo:

Para él ya no soy solamente un cuerpo utilizable. Para él no soy simplemente un buque sin carga, un cáliz sin vino, un horno —que no cuece— al que le faltan los bollos. Para él no estoy simplemente vacía

Aun así, toda la fuerza de la rebelión se derrumba, la identidad se difumina, ya no tiene sentido oponerse a lo que te puede dar muerte por razones insignificantes:

Dios mío, pienso, haré lo que quieras. Ahora que me has perdonado, me destruiré si eso es lo que realmente deseas; me vaciaré realmente, me convertiré en un cáliz. Renunciaré a Nick, me olvidaré de los demás, dejaré de lamentarme. Aceptaré mi sino. Me sacrificaré. Me arrepentiré. Abdicaré. Renunciaré. […] Soy un objeto

Donna oggetto, de Franca Valeria Oliveri (2006)

Son frases que no pueden pasar desapercibidas, nos turban por su sentencia lapidaria: la mujer ha sido cosificada. Punto y aparte.

Tina Escaja

Por otro lado, la situación descrita en el libro nos induce a una “venganza” literaria. He aquí un poema, Penélope, de la poeta y ensayista zamorana Tina Escaja, extraído de Respiración mecánica, en el que los roles de poder se invierten. Inspirándose en la mítica figura de la esposa de Ulises, el hombre amado se convierte en mero objeto sexual, una necesidad hormonal incapaz de satisfacer a la compleja, fuerte e ingeniosa Penélope.

Despojando de su ser todo elemento material para que prevalezca el deseo, es evidente que el hombre ha sido expulsado del centro de una mujer, ella misma y su pasión protagonizan su existencia:

La Tessitrice, de Octavia Monaco (2013)

La Tessitrice, de Octavia Monaco (2013)

Necesito un baño

y una copa de vino

y un amante sin sexo.

Líquido, copa y tú

 

 

 

Aquí también está presente la idea de un recipiente, pero esta vez el amante es “sin sexo”, se trata de algo incorpóreo, anodino, ya no podrá imponerse como autoridad: la mujer es dueña de su destino, y el placer hace que triunfe su emancipación.

Son pruebas concluyentes de que la pluma es más vigorosa que el acero. Podemos usarla como denuncia social, publicando una obra sobre un futuro lejano que tan lejano no es, o con el fin de que nadie ignore las virtudes que la mujer encarna, y que ningún régimen, por muy despótico que sea, logre eliminarlas.

La simbología en la novela de Atwood es muy variada y sugerente: para l@s que deseéis debatir sobre este y otros temas del Cuento de la criada, os recordamos que el coloquio participativo de los socios es hoy a las 19.00 en la Biblioteca de San Isidoro.

 

La tejedora de Verona, de Remedios Varo (1956)