De bicicletas y cuentos.

 

Ponferrada2014Ponferrada está  sentada en un sillín y apoyada en un manillar. El mundial de ciclismo que se celebra en la esta ciudad hasta el próximo 28 de septiembre concita el interés de  curiosos, aficionados y profesionales de este deporte.

Incluso en la élite, una bicicleta es un vehículo  humilde, modesto,  el más humanizado de los que existen, en el que el ciclista cumple la doble tarea de ser  pasajero y  motor a la vez, logrando de ese modo una  síntesis perfecta entre el  cuerpo y  la máquina.

Una bicicleta es  mucho más que un medio de transporte, o una  herramienta para el deporte o el ocio; el ciclista puede cubrir sus necesidades y expresar con sus pedaladas su estado de ánimo y cubrir sus necesidades:

Montar en bici es iniciar una pequeña aventura que emprenderse en solBICICLETA SILLIN LETRASitario o en grupo, que nos lleva a encontrar cosas nuevas, a superar desafíos; nos moja por lluvias repentinas ante las que nos quedamos a la intemperie; nos ofrece nuevos paisajes, nuevas rutas;  nos permite disfrutar, relajarnos o nos fuerza a superarnos; nos conecta con un territorio que no es el cotidiano, pues  aun cuando la ruta lo  sea, nos obliga a cambiar nuestro punto de vista.

… Y ahora comparemos esa aventura con la que emprendemos al entregarnos a la lectura de un libro.  En cierto sentido, no hay tanta diferencia ¿verdad?  Tal vez ya conozcas la cita de  Christopher Morley  “Seguramente la bicicleta será siempre el vehículo de los novelistas y los poetas”.  Se olvidó de los lectores.

Pero vamos a pedalear un poco más.  En la entrevista realizada a Julio Cortázar en Madrid el  4 de mayo de 1983 , nueve meses antes de su muerte, el autor ofreció  una comparación con la bicicleta para explicar su teoría literaria sobre el cuento.

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Yo creo que nadie ha definido hasta hoy un cuento de manera satisfactoria, cada escritor tiene su propia idea del cuento. En mi caso, el cuento es un relato en en el que lo que interesa es una cierta tensión, una cierta capacidad de atrapar al lector y llevarlo de una manera que podemos calificar casi de fatal hacia una desembocadura, hacia un final. Aunque parezca broma, un cuento es como andar en bicicleta, mientras se mantiene la velocidad, el equilibrio es muy fácil, pero si se empieza a perder velocidad, ahí te caes y un cuento que pierde velocidad al final, pues es un golpe para el autor y para el lector.

Los lectores cronopios saben que un día las bicicletas se levantarán contra los necios. ¿Qué sería de nuestra vida sin Cortázar?

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En los bancos y en las casas de comercio de este mundo a nadie le importa un pito que alguien entre con un repollo bajo el brazo, o con un tucán, o soltando de la boca como un piolincito las canciones que me enseñó mi madre, o llevando de la mano un chimpancé con tricota a rayas. Pero apenas una persona entra con una bicicleta se produce un revuelo excesivo, y el vehículo es expulsado con violencia a la calle mientras su propietario recibe admoniciones vehementes de los empleados de la casa.

Para una bicicleta, ente dócil y de conducta modesta, constituye una humillación y una befa la presencia de carteles que la detienen altaneros delante de las bellas puertas de cristales de la ciudad. Se sabe que las bicicletas han tratado por todos los medios de remediar su triste condición social. Pero en absolutamente todos los países de la tierra está prohibido entrar con bicicletas. Algunos agregan: “y perros”, lo cual duplica en las bicicletas y en los canes su complejo de inferioridad. Un gato, una liebre, una tortuga, pueden en principio entrar en Bungue & Born o en los estudios de los abogados de calle San Martín sin ocasionar más que sorpresa, gran encanto entre telefonistas ansiosas, o a lo sumo una orden al portero para que arroje a los susodichos animales a la calle. Esto último puede suceder pero no es humillante, primero porque solo constituye una probabilidad entre muchas, y luego porque nace como efecto de una causa y no de una fría maquinación preestablecida, horrendamente impresa en chapas de bronce o de esmalte, tablas de la ley inexorable que aplastan la sencilla espontaneidad de las bicicletas, seres inocentes.

De todas maneras, ¡cuidado, gerentes! También las rosas son ingenuas y dulces, pero quizá sepáis que en una guerra de dos rosas murieron príncipes que eran como rayos negros, cegados por pétalos de sangre. No ocurra que las bicicletas amanezcan un día cubiertas de espinas, que las astas de sus manubrios arremetan en legión contra los cristales de las compañías de seguros, y que el día luctuoso se cierre con baja general de acciones, con luto en veinticuatro horas, con duelos despedidos por tarjeta.74391_471187422940011_1832119697_n

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