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El cuento español actual: Curso de verano de la Universidad de León.

Con nuestra fiesta del 22 de mayo hemos finalizado las actividades en torno a la lectura de este curso 2017-2018. Ya estamos programando el próximo curso, pero hoy te hacemos una interesante propuesta.

La Universidad de León imparte a través de Cursos de verano, durante los meses de julio y agosto,  una formación complementaria dirigida a aquellos que deseen  completar o especializar su curriculum, pero también a  la sociedad en general y a cualquier persona con la inquietud de seguir aprendiendo y profundizando  en algún tema que resulte ser de su interés.

Desde tULectura te proponemos uno de ellos: «El cuento español actual: entre lo canónico y lo fracturado (Homenaje a la cuentística de Antonio Pereira)», que se celebrará entre el 10 y el 12 de julio.  Ver programa 

Este Curso de verano se centra en la poética del cuento español actual y sus peculiaridades respecto al cuento contemporáneo. Para ello:

  • partirá de una visión panorámica de ambas tendencias. se detendrá en uno de los representantes destacados del cuento contemporáneo, Antonio Pereira
  • profundizará en los entresijos de la evolución del cuento actual, con especial énfasis en lo que se ha denominado como «postcuento», campo narrativo en el que sobresale la ruptura con los cánones tradicionales del género.
  • Se pondrá de relieve la capacidad de renovación del cuento y sus relaciones con la cuentística de Antonio Pereira.

El curso contará con la presencia de académicos especialistas y con un número amplio de relevantes autores actuales que combinarán sus reflexiones con análisis de cuentos planteados desde la perspectiva de la escritura creativa:

  • Natalia Álvarez Méndez. Profesora. Facultad de Filosofía y Letras. Universidad de León.
  • Ángeles Encinar. Profesora de Literatura Española en la Saint Louis University, Madrid
  • Tomás Albadalejo Mayordomo. Profesor de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada. Universidad Autónoma de Madrid
  • Gonzalo González Laiz. Crítico de cine y profesor de Enseñanza Secundaria Obligatoria.
  • Juan Jacinto Muñoz Rengel. Escritor y profesor de talleres de escritura creativa
  • Eloy Tizón . Escritor y profesor de talleres de escritura creativa
  • Clara Obligado. Escritora y profesora de talleres de escritura creativa
  • Pablo Andrés Escapa. Escritor
  • Berta Vias Mahou. Escritora y traductora
  • Ana Calvo Revilla. Profesora de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, Universidad San Pablo CEU, Madrid
  • Departamento  y  Centros Implicados
    •  Departamento de Filología Hispánica y Clásica.
    • Grupo de Estudios literarios y comparados de lo Insólito y perspectivas de Género (GEIG).
    • Biblioteca Universitaria. Curso de Verano integrado en el Programa Institucional de Actividades tULEctura, con la consiguiente grabación en vídeo de las conferencias que generará un material multimedia disponible gratuitamente en el repositorio de la ULE y en el Blog tULEctura.
  • ENTIDAD COLABORADORA: Fundación Antonio Pereira.

Información y matrícula de  este curso

Tal vez pienses que tu formación específica no es la literaria y que no te vas a enterar de la mitad de lo que te cuenten en el curso; tal vez  incluso haga años que no asistes a ningún curso y te sientas un poco «oxidado». Por eso, para  tentarte, te invitamos a leer el cuento de Antonio Pereira «El toque del obispo», incluido en  su obra «Cuentos de la Cábila»León, Edilesa, 2000, págs. 7-10.) 

El toque de obispo

Postal antigua de la antigua estación de tren de Villafranca del Bierzo, término del ramal desde Toral de Los Vados.

Postal de la antigua estación de tren de Villafranca del Bierzo, término del ramal desde Toral de Los Vados.

Mi padre era económico, no digo tacaño, y si en casa había que coger el tren se viajaba en tercera. Por esto fue una fiesta la vez que los dos cenamos en el vagón-restaurante, como un par de personajes.

Era por los días más largos del año y a media tarde habíamos salido de casa bajo un sol que pegaba duro. El correo de Galicia llegó con retraso al trasbordo de Toral, y tan lleno que nos costó trabajo meternos. Luego, ya camino del puerto de montaña, el tren se paraba a cada poco, por el mal estado de la vía. Íbamos en el pasillo de nuestra clase, pensar en un asiento aunque fuera el borde de una maleta sería mucha fantasía. Mi padre me miraba con preocupación, sudoroso yo en mi trajecillo de mocete. Él era fuerte de haber martillado el hierro en la fragua de los abuelos y aunque fuera en traje de vestir se le notaba la musculatura.

Un empleado de chaquetilla blanca se abría paso avisando con una campanilla. Mi padre me miró y esta vez era con compasión. Sin levantar mucho la voz, como si no quisiera que los otros viajeros se enteraran, le dijo al empleado que nos apuntara para el primer turno de la cena.

-Si es para el primer turno, los señores pueden pasar a sentarse -dijo el de la chaquetilla.

Anduvimos pasillos de coches alfombrados, menos llenos que los de tercera. En el restaurante había ventiladores. Rodábamos por la minería tristona del carbón, pero allí dentro te veías en un escenario de espejos y marquetería, y a mayores el mundo fascinante de los idiomas extranjeros, Companhia Internacional dos Grandes Expressos Europeus.

-Aquí se cena temprano como en los barcos -dijo mi padre cuando nos sentamos a la mesa y el sol de poniente se resistía a dejarnos del todo.

-¿Usted ha ido alguna vez en barco? -le pregunté.

-Toda la vida es un viaje. -Con las respuestas de mi padre no siempre sabías a qué carta quedarte.

Trajeron un caldo poco sólido, aunque sí lo era el bol como de metal estañado. Tortilla francesa y un pescado pequeño. Mi padre tenía la curiosidad de mirar el culo de los platos y vasos para verles la marca de fábrica, y a los cuchillos de mesa les tentaba el filo con la yema del dedo. Me habló de la fábrica de loza de San Claudio, del cristal escogido que se requiere para los catavinos, del corte inigualable de los fabricantes de Solingen en Alemania…

Mi padre no tenía preparación literaria, pero sí un gusto por las expresiones realzadas. Lo atraían los calificativos «suntuosos». Éste, precisamente: que en los programas de las fiestas -él era de la comisión- se anunciara «la suntuosa procesión del Santísimo Cristo». Los paisajes los quería «deleitosos». Y todavía más: «ubérrimos». Aprobaba mi inclinación hacia la literatura. Que leyera. Le enorgullecía que su chico pudiera escribir lo que él acaso tendría escrito si le hubiesen dado los conocimientos. Pero pensaba que la escritura era una afición llevadera con el comercio y tenía el empeño de que sus hijos estuviesen al tanto, acaso un día nuestra tienda fuese una firma almacenista para surtir a los ferreteros de la región. Ahora mismo, a donde íbamos era a Castrocontrigo, allí estaba el mejor fabricante de fuelles del país y mi padre quería comprarle toda la producción, doce fuelles diarios que se hacían con madera de castaño y la piel más flexible. Aquella tarde, por el ambiente o porque encartara así, yo sentí como si tuviera más cerca que nunca al autor de mis días.

Qué cursilada lo del autor de mis días. Es por no repetir tanto mi padre, mi padre. Había que dejar sitio a los comensales del segundo turno, y además el tren se acercaba a Astorga, donde teníamos casa de orden.

Salimos a la plataforma del vagón, y el olor a carbonilla no derrotaba al que venía de los trigales. La noche estaba estrellada, con una franja luminosa por el oeste que idealizaba las torres de la capital de los maragatos, la catedral, el palacio de cuento de hadas. Es verdad que era un junio hermoso y ubérrimo. Mi padre puso su mano en mi cabeza, pero en la familia no somos querenciosos y me revolvió el pelo para que no fuese a parecer una caricia.

De pronto, el silbato de la máquina sonó con gravedad, casi solemne, un silbido largo y dos cortos.

-¿Has oído? -dijo mi padre-. ¡Es el maquinista, que ha hecho el toque de obispo!

-¿Y eso? -me admiré yo.

-Ellos tienen su código de señales, atención, atención especial, máquina de cola que se separa del tren. Y el toque de obispo, éste es de reverencia cuando se acercan a una ciudad episcopal, de las que tienen obispo y no tienen gobernador civil. Astorga, Calahorra, Guadix…

La maravilla se repitió. Una señal profunda, declinante en sus tramos finales, donde la pompa parecía dar paso a una emoción que te apretaba el pecho, y ya entrábamos en agujas.

-Pero el toque de obispo -a mi padre le tiraba su origen- donde hay que oírlo es cuando el maquinista avista la insigne sede mitrada de Mondoñedo, a las ferias de San Lucas te he de llevar.

Luego supe que en Mondoñedo no hay tren, pero eso importa poco cuando la historia es bonita.

De bicicletas y cuentos.

 

Ponferrada2014Ponferrada está  sentada en un sillín y apoyada en un manillar. El mundial de ciclismo que se celebra en la esta ciudad hasta el próximo 28 de septiembre concita el interés de  curiosos, aficionados y profesionales de este deporte.

Incluso en la élite, una bicicleta es un vehículo  humilde, modesto,  el más humanizado de los que existen, en el que el ciclista cumple la doble tarea de ser  pasajero y  motor a la vez, logrando de ese modo una  síntesis perfecta entre el  cuerpo y  la máquina.

Una bicicleta es  mucho más que un medio de transporte, o una  herramienta para el deporte o el ocio; el ciclista puede cubrir sus necesidades y expresar con sus pedaladas su estado de ánimo y cubrir sus necesidades:

Montar en bici es iniciar una pequeña aventura que emprenderse en solBICICLETA SILLIN LETRASitario o en grupo, que nos lleva a encontrar cosas nuevas, a superar desafíos; nos moja por lluvias repentinas ante las que nos quedamos a la intemperie; nos ofrece nuevos paisajes, nuevas rutas;  nos permite disfrutar, relajarnos o nos fuerza a superarnos; nos conecta con un territorio que no es el cotidiano, pues  aun cuando la ruta lo  sea, nos obliga a cambiar nuestro punto de vista.

… Y ahora comparemos esa aventura con la que emprendemos al entregarnos a la lectura de un libro.  En cierto sentido, no hay tanta diferencia ¿verdad?  Tal vez ya conozcas la cita de  Christopher Morley  «Seguramente la bicicleta será siempre el vehículo de los novelistas y los poetas».  Se olvidó de los lectores.

Pero vamos a pedalear un poco más.  En la entrevista realizada a Julio Cortázar en Madrid el  4 de mayo de 1983 , nueve meses antes de su muerte, el autor ofreció  una comparación con la bicicleta para explicar su teoría literaria sobre el cuento.

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Yo creo que nadie ha definido hasta hoy un cuento de manera satisfactoria, cada escritor tiene su propia idea del cuento. En mi caso, el cuento es un relato en en el que lo que interesa es una cierta tensión, una cierta capacidad de atrapar al lector y llevarlo de una manera que podemos calificar casi de fatal hacia una desembocadura, hacia un final. Aunque parezca broma, un cuento es como andar en bicicleta, mientras se mantiene la velocidad, el equilibrio es muy fácil, pero si se empieza a perder velocidad, ahí te caes y un cuento que pierde velocidad al final, pues es un golpe para el autor y para el lector.

Los lectores cronopios saben que un día las bicicletas se levantarán contra los necios. ¿Qué sería de nuestra vida sin Cortázar?

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En los bancos y en las casas de comercio de este mundo a nadie le importa un pito que alguien entre con un repollo bajo el brazo, o con un tucán, o soltando de la boca como un piolincito las canciones que me enseñó mi madre, o llevando de la mano un chimpancé con tricota a rayas. Pero apenas una persona entra con una bicicleta se produce un revuelo excesivo, y el vehículo es expulsado con violencia a la calle mientras su propietario recibe admoniciones vehementes de los empleados de la casa.

Para una bicicleta, ente dócil y de conducta modesta, constituye una humillación y una befa la presencia de carteles que la detienen altaneros delante de las bellas puertas de cristales de la ciudad. Se sabe que las bicicletas han tratado por todos los medios de remediar su triste condición social. Pero en absolutamente todos los países de la tierra está prohibido entrar con bicicletas. Algunos agregan: “y perros”, lo cual duplica en las bicicletas y en los canes su complejo de inferioridad. Un gato, una liebre, una tortuga, pueden en principio entrar en Bungue & Born o en los estudios de los abogados de calle San Martín sin ocasionar más que sorpresa, gran encanto entre telefonistas ansiosas, o a lo sumo una orden al portero para que arroje a los susodichos animales a la calle. Esto último puede suceder pero no es humillante, primero porque solo constituye una probabilidad entre muchas, y luego porque nace como efecto de una causa y no de una fría maquinación preestablecida, horrendamente impresa en chapas de bronce o de esmalte, tablas de la ley inexorable que aplastan la sencilla espontaneidad de las bicicletas, seres inocentes.

De todas maneras, ¡cuidado, gerentes! También las rosas son ingenuas y dulces, pero quizá sepáis que en una guerra de dos rosas murieron príncipes que eran como rayos negros, cegados por pétalos de sangre. No ocurra que las bicicletas amanezcan un día cubiertas de espinas, que las astas de sus manubrios arremetan en legión contra los cristales de las compañías de seguros, y que el día luctuoso se cierre con baja general de acciones, con luto en veinticuatro horas, con duelos despedidos por tarjeta.74391_471187422940011_1832119697_n

No hay escapatoria: fútbol.

futbol_libros_0Si te gusta estás de enhorabuena; si lo aborreces, acabarás odiándolo; si te resulta indiferente, no podrás evitar estar al tanto: el mundial de fútbol o futbol de Brasil ha comenzado.

Como lo nuestro no es la crónica deportiva, cuentos de futbolte traemos… un libro: La vida que pensamos. Cuentos de fútbol reúne 24 relatos que desde 1996 hasta la actualidad ha escrito el argentino Eduardo Sacheri (¿recuerdas El secreto  de sus ojos, cuya versión cinematográfica recibió el Óscar a la mejor película extranjera  en 2010?).

Los cuentos de este libro no hablan únicamente de fútbol, y mucho menos del negocio y el espectáculo global de este deporte. Son historias en las que el fútbol es una puerta de entrada hacia temas universales como el amor, el dolor, la muerte, la amistad, la soledad, el triunfo y el fracaso.

Como ejemplo, te traemos  uno de los cuentos más conocidos de Sacheri, que narra de forma casi premonitoria la final de la copa Libertadores. Y si te gusta, luego puedes leer Esperándolo a Tito y otros cuentos de fútbol, el libro en el que está incluido.

Independiente, mi viejo y yo, de Eduardo Sacheri.

“Mirá que esta noche es el partido”, me dijo él. Hizo bien porque uno, a los cinco años, no tiene una conciencia cabal de la periodización del tiempo. Como mucho distingue el sábado y el domingo, porque esos días no hay que ir al jardín, y papá se queda en casa a jugar con uno. Pero con los otros días y las otras noches, la cosa se complica. Por eso sin la advertencia de papá, hecha con el beso de recién llegado del atardecer, yo habría pasado por alto la infinita importancia de esa noche.

Los preparativos fueron los de siempre. Mientras él encendía el Stromberg-Carlson con suficiente antelación para darle tiempo a las válvulas, yo le pedí a mamá la ropa apropiada para el evento. Primero se negó a lo del pantaloncito corto, aduciendo que era invierno y que hacía mucho frío. Yo argüí hasta el cansancio que los jugadores juegan con pantalones cortos, y al aire libre. Una salomónica intervención de papá desempantanó por fin el pleito: con pantalón corto, pero sentado cerca de la estufa de kerosene del comedor. Después me puse la camiseta roja con el cuellito blanco, con el once de cuero cosido en la espalda, igualito que Daniel Bertoni. Papá, mientras tanto, iba trayendo la colección de trapos rojos que colgábamos a modo de banderas. Había pañuelos, una frazada, un pulóver, un par de camisas chillonas. La lámpara de pie, el timón de barco que adornaba la pared, varias de las sillas, todos terminaron ocultos en nuestro rito ornamental y futbolero. Cuando llegué, rigurosamente ataviado con los colores reglamentarios, me llené los ojos de banderas rojas. Lo único que nos faltaba era el viento para que flamearan, como en la cancha.

Papá se negaba, pese a mis acaloradas argumentaciones, a vestir también el atuendo correspondiente. Nada de camiseta. Y mucho menos de pantalones cortos. A mí me parecía un desperdicio, con tanto trapo rojo disponible y tan a mano. Pero él prefería verlo con su bata de siempre, calzado con sus chinelas ruidosas, con el paquete de Kent y el cenicero, pobrecito, para fumarse los nervios uno por uno.

Mientras daban las últimas propagandas, y antes del aviso de “minuto cero del primer tiempo, es tiempo para una ginebra Bols” (o cosa por el estilo) que marcaba la hora señalada, papá se sintió en la obligación de preservarme de desilusiones demasiado abruptas. Me miró como me miraba siempre que tenía algo importante que decirme, con una mezcla de solemnidad y de ternura, con un bosquejo de sonrisa iluminándole los ojos. “Mirá, tipito –empezó, porque él me llamaba de esa manera cuando teníamos que aclarar cosas importantes-, que la cosa viene difícil.” Y volvió a enumerarme todas las dificultades que nos esperaban en esa noche de invierno. Que ellos habían ganado en Brasil, que nos habían pegado un peludo bárbaro, que no sólo teníamos que ganar, sino que debíamos hacerlo por no sé qué diferencia de gol. Pero para mí sus argumentos sonaban confusos. ¿Acaso él mismo no me había dicho que Independiente era el rey de copas, que la copa, la copa se mira y no se toca, que los brasileños nos tenían un miedo descomunal, y que en Avellaneda y de noche se morían de frío, y no podían ni levantar las patas del paso? El trató de convencerme de que, pese a la absoluta veracidad de lo dicho en otras ocasiones, esta noche las cosas iban a ser muy difíciles y peliagudas.

De todos modos, nos entonamos cantando un par de veces el “sí, sí señores, yo soy del Rojo”, y algún otro estribillo para ir matando el tiempo. Cuando finalmente se acabaron las propagandas, papá encendió la radio Phillips, con su estuche de cuero, que debía ser la primera portátil de Sudamérica (y la teníamos en casa). Le bajó el volumen a la tele: ambos sabíamos que los relatores de radio son mejores que los otros. Cada uno ocupó su sitio de siempre. El en la cabecera de la mesa, y yo sobre el arcón de mirar la tele. Acercó la estufa de kerosene de ese lado para cumplir lo pactado en cuanto a temperatura corporal con la madre del win izquierdo en el bolsillo.

Pero la carne es débil. No importa cuánta preocupación ocupe nuestro pensamiento, ni cuánta angustia agobie nuestro espíritu. Uno siempre termina teniendo hambre, o teniendo sueño, y sucumbiendo a esas necesidades poco altruistas. Empecé a cabecear apenas empezado ese partido inolvidable. Mamá me dijo varias veces que me fuera a la cama. Pero yo seguía ahí, impertérrito, sentado en el arcón, con las patas colgando y pateando en el aire como si estuviese en plena cancha en los escasos momentos de lucidez que tenía en medio de mi mar de sueño.

Papá esperó un rato y después me dijo que me fuera, que me quedara tranquilo. Yo protesté que de ninguna manera, que teníamos que seguir ahí los dos, haciendo fuerza con los cantitos y las banderas. Él me dijo con aire confiado que no hacía falta, que igual sin mí íbamos a salir campeones, que me quedara tranquilo, que los teníamos de hijos. Ante semejante desparramo de confianza le hice caso y me dormí.

 A la mañana siguiente mamá me despertó para ir al jardín. Embotado de sueño me dejé vestir, abrigar y conducir a la cocina a tomar la leche. Después ella me sentó en el sillón del living para atarme los cordones, como hacía siempre mientras esperábamos que pasara el micro.

Apenas me despabilé un poco recordé la noche de la víspera, y me desesperé preguntándole el resultado del partido. A la luz del día, y después de un sueño reparador, mi deserción de la noche me parecía imperdonable. Ella me miró y dijo no saberlo. Le pregunté por papá, y respondió que aún no se había levantado.

Han pasado veinticinco años, pero aunque pasen sesenta voy a recordarlo como si hubiese sucedido hoy. La casa estaba iluminada por uno de esos soles oblicuos y tibios del invierno. Yo tenía el guardapolvo cuadrillé lila y blanco, y la bolsita en el regazo, bien agarrada a la diestra, para no olvidármela (otras veces me había pasado, y me había quedado sin el Jorgito de dulce de leche y sin la taza de plástico para el mate cocido; así que ahora la cuidaba más que a mi vida). De repente oí abrirse la puerta del dormitorio. Y enseguida escuché el clásico arrastrar de las chinelas en el parquet del pasillo. El corazón me dio un vuelco. Lo llamé a los gritos. Entró a las carcajadas, preguntándome el motivo de mi ansiedad. Yo lo interrogué por el resultado, ya totalmente despierto, ya absolutamente pendiente de lo que dijeran sus labios, ya indiferente a mamá terminando de atarme los cordones.

Él se acercó, se inclinó, me dio un beso de buenos días, y se me quedó mirando con expresión jubilosa. Recién cuando volví a preguntarle me dijo que sí, que claro, que habíamos salido campeones de nuevo, y que no me olvidara en el jardín de decirle a todo el mundo que Independiente había vuelto a salir campeón de América. Yo, aún en medio de mi alegría, me hice el tiempo de preguntarle cómo habíamos hecho, si él me había dicho que era muy difícil, que en Brasil nos habían dado un baile bárbaro, que teníamos que hacerles como tres goles, que en el campeonato de acá andábamos como la mona. El me miró risueño, y sembró una semilla más en el fértil potrero de mis sueños de pibe.

“Pero, tipito –empezó, como enunciando una verdad ya reiterada hasta el cansancio-, ¿no te dije que los brasileños ven la camiseta del Rojo y se asustan tanto que no pueden ni mover las patas? ¿No te dije que, con el frío, se quieren volver a su casa a comer bananas para entrar en calor? Por eso te dejé dormir. Porque era tan fácil que nos las rebuscamos sin tu aliento.” Y en medio de mi maravilla impávida, terminó: “Menos mal que te dormiste. Imagináte si te quedás despierto y gritás conmigo: les hacemos veinte goles y no quieren venir a jugar nunca más, y nos quedamos sin nadie a quien ganarle la copa”. Después me levantó en brazos y cantamos “la copa, la copa, se mira y no se toda”, y dimos la vuelta olímpica a los saltos, por toda la casa. Vino el micro y me fui al jardín de infantes.

Supongo que esos son los recuerdos que se le meten a uno en los recovecos del corazón, y echan cría y se nutren de su propio néctar, y nos marcan para toda la vida. Por lo menos así ocurrió conmigo. Y no me avergüenza reconocer que ahora, ya grande, cuando tengo un problema que me agobia, o cuando me toda sufrir por radio y por televisión un partido de Independiente y me como los codos por la ansiedad y la angustia (la vida me enseñó lo inconveniente que puede resultar fumarse los nervios), siento un impulso difícil de dominar, una tentación casi irresistible que me invita a irme a dormir, a abrigarme en la certeza de que mientras yo sueño, mi papá e Independiente, como duendes laboriosos, van a arreglarme el mundo para que yo lo encuentre refulgente en la mañana.

Y queda en mí el mandato inexorable que dictan las fidelidades eternas. Cuando Independiente gana un campeonato –al fin y al cabo, Dios y sus milagros evidentemente existen- lo primero que hago, en la cancha o en mi casa, es levantar los brazos y los ojos hacia el cielo, abrazándolo a mi viejo a través de todos los rigores del destino, y por encima de todas las traiciones de la muerte. Lo que pasa es que tratándose del Rojo, de mi viejo y de mí, hay veces que la muerte es una señora que nos tiene un miedo bárbaro. Una vieja podrida a la que, de locales en Avellaneda, le tiramos la camiseta y podemos, de vez en cuando, llenarle la canasta.

Todavía me acuerdo de ese número once de cuero blanco, cosido en la camiseta como el de Bertoni. Pero ahora también veo, cuando me fijo con suficiente atención, que mi viejo también lleva lo suyo. Lo tiene ahí, en la espalda, justo a la altura del nacimiento de las alas: un diez de cuero blanco, igualito igualito al de Bochini.Mundial 2014

Post scriptum  – prórroga.

¿Quieres participar en la Experiencia Cuento?

 

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A petición de los usuarios de la Universidad de la Experiencia, tULEctura propone la actividad Experiencia Cuento, orientada hacia ellos pero también abierta  tanto al resto de la comunidad universitaria como a cualquier persona de la sociedad interesada en participar. Es gratuita. No hay límite de edad ni se exige disponer de ningún certificado de estudios. 

 

 

 

  • Nuestro material de trabajo se ceñirá al subgénero narrativo del cuento.
  • Nos reuniremos una vez al mes para  hablar del cuento elegido. Si estás interesado en asistir a los encuentros, envíanos tus datos a nuestro correo tulectura@unileon.es para que sepamos que contamos contigo. Indícanos:
    • Nombre y apellidos.
    • Correo electrónico.
    • Tipo de usuario: Experiencia / Externo / Estudiante / PDI / PAS.
  • Desde la página correspondiente al encuentro, tULEctura ofrecerá el texto completo del cuento, junto con algunos puntos señalados en los que fijarse y que  después se pueden  comentar en la  reunión.
  • También puedes participar de forma virtual aportando tus comentarios, opiniones y sugerencias en cualquier entrada del blog.
  • El coloquio de  nuestro primer cuento  tendrá lugar el día 21 de enero de 2014 en la sala de conferencias de la Biblioteca General San Isidoro a las  17:00 horas.  (Ya sabes,  para  que contemos contigo,  envía un mensaje  con tu nombre a tulectura@unileon.es).

 Ya puedes informarte de nuestro primer cuento.

¡Te esperamos !

La flor más grande del mundo. José Saramago (cuento)

¿Y si las historias para niños fueran de lectura obligatoria para los adultos? ¿Seríamos realmente capaces de aprender lo que, desde hace tanto tiempo venimos enseñando?

José Saramago

 

Las historias para niños deben escribirse con palabras muy sencillas, porque los niños, al ser pequeños, saben pocas palabras y no las quieren muy complicadas. Me gustaría saber escribir esas historias, pero nunca he sido capaz de aprender, y eso me da mucha pena. Porque, además de saber elegir las palabras, es necesario tener habilidad para contar de una manera muy clara y muy explicada, y una paciencia muy grande. A mí me falta por lo menos la paciencia, por lo que pido perdón.

Si yo tuviera esas cualidades, podría contar con todo detalle una historia preciosa que un día me inventé, y que, así como vais a leerla, no es más que un resumen que se dice en dos palabras… Se me tendrá que perdonar la vanidad de haber pensado que mi historia era la más bonita de todas las que se han escrito desde los tiempos de los cuentos de hadas y princesas encantadas…

¡Hace ya tanto tiempo de eso!

En el cuento que quise escribir, pero que no escribí, hay una aldea. (Ahora comienzan a aparecer algunas palabras difíciles, pero quien no las sepa, que consulte en un diccionario o que le pregunte al profesor.)

Que no se preocupen los que no conciben historias fuera de las ciudades, ni siquiera las infantiles: a mi niño héroe sus aventuras le esperan fuera del tranquilo lugar donde viven los padres, supongo que también una hermana, tal vez algún abuelo, y una parentela confusa de la que no hay noticia.

Nada más empezar la primera página, sale el niño por el fondo del huerto y, de árbol en árbol, como un jilguero, baja hasta el río y luego sigue su curso, entretenido en aquel perezoso juego que el tiempo alto, ancho y profundo de la infancia a todos nos ha permitido…

Hasta que de pronto llegó al límite del campo que se atrevía a recorrer solo. Desde allí en adelante comenzaba el planeta Marte, efecto literario del que el niño no tiene responsabilidad, pero que la libertad del autor considera conveniente para redondear la frase. Desde allí en adelante, para nuestro niño, hay sólo una pregunta sin literatura: “¿Voy o no voy?” Y fue.

El río se desviaba mucho, se apartaba, y del río ya estaba un poco harto porque desde que nació siempre lo estaba viendo. Decidió entonces cortar campo a través, entre extensos olivares, unas veces caminando junto a misteriosos setos vivos cubiertos de campanillas blancas, y otras adentrándose en bosques de altos fresnos donde había claros tranquilos sin rastro de personas o animales, y alrededor un silencio que zumbaba, y también un calor vegetal, un olor de tallo fresco sangrado como una vena blanca y verde.

¡Oh, qué feliz iba el niño! Anduvo, anduvo, hasta que los árboles empezaron a escasear y era ya un erial, una tierra de rastrojos bajos y secos, y en medio una inhóspita colina redonda como una taza boca abajo.

Se tomó el niño el trabajo de subir la ladera, y cuando llegó a la cima, ¿qué vio? Ni la suerte ni la muerte, ni las tablas del destino… Era sólo una flor. Pero tan decaída, tan marchita, que el niño se le acercó, pese al cansancio.

Y como este niño es especial, como es un niño de cuento, pensó que tenía que salvar la flor. Pero ¿qué hacemos con el agua? Allí, en lo alto, ni una gota. Abajo, sólo en el río, y ¡estaba tan lejos!…

No importa.

Baja el niño la montaña,
Atraviesa el mundo todo,
Llega al gran río Nilo,
En el hueco de las manos recoge
Cuanta agua le cabía.
Vuelve a atravesar el mundo
Por la pendiente se arrastra,
Tres gotas que llegaron,
Se las bebió la flor sedienta.
Veinte veces de aquí allí,
Cien mil viajes a la Luna,
La sangre en los pies descalzos,
Pero la flor erguida
Ya daba perfume al aire,
Y como si fuese un roble
Ponía sombra en el suelo.

El niño se durmió debajo de la flor. Pasaron horas, y los padres, como suele suceder en estos casos, comenzaron a sentirse muy angustiados. Salió toda la familia y los vecinos a la búsqueda del niño perdido. Y no lo encontraron.

Lo recorrieron todo, desatados en lágrimas, y era casi la puesta de sol cuando levantaron los ojos y vieron a lo lejos una flor enorme que nadie recordaba que estuviera allí.

Fueron todos corriendo, subieron la colina y se encontraron con el niño que dormía. Sobre él, resguardándolo del fresco de la tarde, se extendía un gran pétalo perfumado, con todos los colores del arco iris.

A este niño lo llevaron a casa, rodeado de todo el respeto, como obra de milagro. Cuando luego pasaba por las calles, las personas decían que había salido de casa para hacer una cosa que era mucho mayor que su tamaño y que todos los tamaños.

Y ésa es la moraleja de la historia.

Éste era el cuento que yo quería contar. Me da mucha pena no saber narrar historias para niños. Pero por lo menos ya conocéis cómo sería la historia, y podréis explicarla de otra manera, con palabras más sencillas que las mías, y tal vez más adelante acabéis sabiendo escribir historias para los niños…

¿Quién me dice que un día no leeré otra vez esta historia, escrita por ti que me lees, pero mucho más bonita?…

 

La literatura de lo maravilloso: El universo mítico de Alberto Chimal

chimal

La profesora de la Universidad de León Dra. Natalia Álvarez Méndez, aborda la primera ponencia de las I Jornadas Mundos Insólitos en la Literatura Actual Española y Mexicana.

Entre las formas de literatura no mimética que se analizan, se centra la atención en primer lugar en la categoría estética/genérica de lo maravilloso, en la que la explicación sobrenatural es aceptada sin que se plantee la problematización de las leyes naturales que rigen nuestra realidad: lo maravilloso no cuestiona, pues, la estabilidad de nuestra realidad; no la transgrede, como sí hace lo fantástico, sino que crea mundos independientes de la misma, irreales por lo tanto, en los que lo sobrenatural se concibe como admisible sin necesidad de ofrecer ningún tipo de explicación al respecto.

En el contexto de las letras en lengua española sobresale una figura sin parangón, el mexicano Alberto Chimal, uno de los escritores más talentosos y originales de la generación de los setenta. Al margen de varias novelas, el formato elegido por Chimal con mayor frecuencia para desarrollar su narrativa de lo insólito es el del cuento y, en muchos casos, el microrrelato, ambos de sesgo posmoderno, caracterizados, por lo tanto, por la fragmentación y la secuencialidad.

caballo chimalEl conjunto de su obra, hasta la actualidad, –al margen de sus colaboraciones en revistas virtuales y de sus publicaciones de dramaturgia, de ensayo y de crónicas y artículos– cuenta en el género narrativo con libros de sesgo realista (Los esclavos, 2009) pero sobresale, en su conjunto, por el cultivo de numerosas figuraciones de lo insólito. No sólo fusiona mito y fantasía ofreciendo un imaginario de lo maravilloso concretado en un prodigioso universo surcado por hechos extraordinarios, como sucede en Vecinos de la tierra (1996), Gente del mundo (1998) o en El país de los hablistas (2001), sino que también incide en lo fantástico, renovando y reformulando sus estrategias, entremezclándolo en ocasiones con rasgos de la literatura de horror y de la ciencia ficción, en sus diversos libros de cuentos como El ejército de la luna (1998),  Éstos son los días (2004), Grey (2006), La ciudad imaginada (2009), Siete. Los mejores relatos de Alberto Chimal (2012), y en novelas como La torre y el jardín (2012), entre muchas otras publicaciones.

Atendiendo exclusivamente a la vertiente específica de la obra de Chimal construida con los resortes de lo maravilloso, la ponencia inaugural titulada “La literatura de lo maravilloso. El universo mítico de Alberto Chimal”, tratará de desentrañar su particular lectura del mundo y de la naturaleza humana, así como el significado último de la recreación de lo extraordinario y de lo perturbador en su narrativa.chimal pisadas azules

Los argumentos abordados en la conferencia permiten constatar cómo explota la minificción genérica de Chimal recursos posmodernos como el escepticismo, el juego, la parodia y la ironía, a través de una estructura lúdica, un sesgo alegórico-simbólico y el mecanismo de la neomitologización que retrata una civilización perdida con la que se logra profundizar en la compleja naturaleza del ser humano. De tal modo, propone una singular contestación e impugnación de los límites entre artes, disciplinas y géneros, de la definición del sujeto, y de la autoridad de ideologías, idearios e instituciones establecidas.

Traza, en suma, con su invención mitológica, una cartografía de pueblos y de costumbres, abocando a la descripción infinita del alma humana.

 

Alice Munro gana el Nobel de Literatura

Después de muchos años el Nobel premia al cuento. La escritora canadiense Alice Munro ha ganado el premio Nobel de Literatura 2013. “Maestra del relato corto», según el dictamen de la Academia sueca, «su estilo es claro y de un realismo psicológico”. Munro, nacida en Wingham (Ontario) en 1931, es la decimotercera mujer que obtiene el galardón más importante de las letras universales. Conocida como «la Chéjov de Canadá», la narradora ha colocado los cimientos del realismo moderno literario de su país. Mundos corrientes que tras su serenidad esconden tormentas afectivas y sentimentales a punto de desatarse.

Munro se inició en la literatura a los 30 años con cuentos y relatos que vendía para la radio pública canadiense. La autora, madre de tres hijas, ha reconocido la importancia de su madre y de las mujeres que ha conocido en su vida para construir su gran territorio literario y  ha volcado en su literatura la experiencia de su vida cotidiana.

Es poseedora del titulo de duquesa del Reino de Redonda desde  2005 por obra y gracia de Javier Marías quien, sobre ella, opina que «consigue transmitir una profunda emoción con personajes normales en una época en la cual se privilegian los buenos o malos sentimientos que rozan la cursilería. Ella escribe sobre gente normal, sin cargar las tintas, y consiguiendo unos niveles de emoción profunda con poco parangón en la literatura actual»

Lee el relato ‘Radicales libres’ (Lumen)