Guía a la lectura: La primera mujer, de Jennifer Nansubuga Makumbi

 Por Marta Sofía López Rodríguez

Quizás para muchas lectoras, La primera mujer (https://www.amazon.es/primera-mujer-Deleste-) sea vuestra primera incursión en la(s) literaturas(s) africana(s).

Como suele decirse, y Dipo Faloyin explica en profundidad en su más que recomendable libro, África no es un país (https://amzn.eu/d/0edOpozN), hay muchas Áfricas: no solo los aproximadamente 54 estados-nación que aparecen en el mapa, y que son pura invención de las potencias coloniales europeas, que en la infame Conferencia de Berlín de 1882-84 se repartieron el continente y lo dividieron cultural y lingüísticamente, separando o uniendo caprichosamente a grupos étnicos muy dispares, y trazando fronteras arbitrarias.

Hay Áfricas católicas, protestantes, animistas, musulmanas, hinduistas o baha’i, pasando por todas las versiones de corte netamente africano, u otras denominaciones como los testigos de Jehová o los cristianos renacidos. Y todas conviven, aunque no siempre muy amigablemente, en los mismos países, comunidades o familias.

Hay Áfricas tropicales, desérticas y todas las posibilidades intermedias; hay rincones del continente que han podido conservar sus ecosistemas prácticamente intactos, aunque en la época colonial la biodiversidad se sacrificó a las grandes cosechas comerciales como el café, el cacao, el té o el caucho, y Áfricas absolutamente degradadas, como el delta del Níger, o los entornos urbanos saturados de plásticos, residuos tecnológicos procedentes de Occidente y otras basuras transcontinentales. Hay territorios inmensamente ricos en recursos como el coltán, el petróleo o los diamantes, que en su práctica totalidad están en manos de potencias extranjeras, y hay Áfricas en las que la pobreza se ha enquistado. Hay Áfricas rurales, y hay urbes inmensas, como Kampala, en la que viven unos seis millones de personas.

En la época precolonial hubo imperios, reinos, ciudades-estado, califatos, territorios organizados de forma ejemplar, con estructuras sociopolíticas y militares perfectamente funcionales, como es el caso de los ganda que protagonizan La primera mujer, y toda clase de estructuras y formas de organización de las comunidades humanas. Si os apetece hacer una incursión en profundidad en la historia de África más allá de la óptica occidental, os recomiendo la serie Historia General de África que podéis encontrar en YouTube (vídeo promocional, para que os hagáis una idea, en https://www.youtube.com/watch?v=MXD8_q66Bvs). Son veinte capítulos basados en la ópera magna del mismo título que la ONU comisionó a historiadores y pensadores africanos, y que nos cuentan las cosas desde una perspectiva muy diferente a la de los historiadores y antropólogos blancos.

En África hay multimillonarios con fortunas incalculables, personas que viven en un relativo confort de clase media, y pobres paupérrimos; pero, como nos hace observar Kirabo, la protagonista de la novela, «la pobreza y la riqueza son constructos», y nuestra idea de la riqueza como capacidad de consumo y acumulación de capital es otra de las novedades impuestas por la colonización occidental en el continente, y no necesariamente válida para todas las comunidades.

África es mucho más que las hambrunas, los desastres naturales y el tribalismo indomable con que obscenamente nos bombardean los medios de comunicación oficiales[1]. Es un continente joven, muy joven, y que es consciente de que su «pobreza» es una construcción occidental, con efectos que marcan las economías de las naciones y las vidas de los seres humanos. Entretanto, seguimos reclamando deuda externa a países drenados de sus recursos, los condenamos como «estados fallidos» y acusamos a los inmigrantes de una invasión descontrolada.

Y en África están hartos de que un puñado de dictadores sostenidos por potencias y empresas extranjeras (y en ese pastel todo el mundo tiene la mano metida) se lleven las incalculables migajas de los beneficios que obtienen esquilmando sus recursos. Un ejemplo: Teodorín, el previsible sucesor de Teodoro Obiang Nguema como presidente vitalicio de Guinea Ecuatorial, se compró como un capricho personal el famoso guante de Swarosky que Michel Jackson luce en «Bad», y otros objetos personales del artista valorados en torno a un millón de dólares.[1] Y algún antojito más, como los coches de lujo o las fiestas de cumpleaños en Suráfrica. Y cuando algún periodista impertinente hace preguntas, la respuesta no puede ser más cínica: a la industria petrolera le interesan muy poco los derechos humanos, salvo que sirvan como excusa para invadir a los países que no se pliegan a los dictados del capitalismo global. Os recomiendo, en este sentido, un fantástico documental sobre la vida de Patrice Lumumba, cuyo exterminio planificó y ejecutó cuidadosamente la CIA en connivencia con el gobierno belga (https://www.youtube.com/watch?v=9Y9O1v-09FE), o la novela de Antonio Lozano El caso Sankara (2014), una ficción muy verosímil e informada sobre el asesinato del presidente «rebelde» de Burkina Faso.

Cuando yo recibí el encargo de traducir esta novela, sabía muy poco de Uganda, aparte de los horrores del régimen de Idi Amin, reflejados en la película El último rey de Escocia, que también podéis encontrar en YouTube (de pago) o gratis en este enlace: https://ok.ru/video/7609677384239. Con la excepción del keniata Ngugi wa Thing’o, un autor imprescindible en la trayectoria del pensamiento y la literatura del continente, lxs autores que he traducido son del África Occidental: Chinua Achebe es de Nigeria, y Ama Ata Aidoo y Ayi Kwei Armah, de Ghana. La gran mayoría de lxs autores a quienes he leído y sobre quienes he trabajado en mis publicaciones académicas y en mis actividades de divulgación son de origen nigeriano, que es una de las mayores potencias literarias del continente, aunque también le he dedicado algunos trabajos a la literatura de Guinea Ecuatorial y su diáspora. Como veis, dos países que no tienen nada que ver entre sí salvo su proximidad geográfica dentro del Golfo de Guinea. Hace unos cuantos años, publiqué una introducción a las literaturas de mujeres africanas, un tema que me sigue ocupando en la actualidad, en la que repasaba algunas de las figuras en aquel momento ya clásicas, o emergiendo con fuerza, y en el que sí contemplé a autoras de distintas procedencias geográficas, lingüísticas y culturales a lo largo y ancho del continente[1].

Pero una de las grandes cuestiones que afecta a la producción cultural africana, y sobre la que Ngugi fue muy tajante en Descolonizar la mente, es que solo alcanza a las audiencias internacionales (léase occidentales) cuando está escrita en las lenguas coloniales. No tenemos acceso, excepto en contadas excepciones, y en traducción, a una producción ingente en las lenguas africanas más diversas, del igbo al suajili o el acholi, del kikuyu al wolof o el fang. Y eso supone que nos perdemos mucho, muchísimo más de la mitad de la producción literaria del continente.

En cualquier caso, lxs escritores y escritoras africanas han hecho cosas muy interesantes con el inglés (y con las otras lenguas coloniales, pero me centro ahora en la lengua en la que yo trabajo prioritariamente). Chinua Achebe hablaba de ello en uno de sus ensayos más clásicos, «El escritor africano y la lengua inglesa»: «El precio que una lengua mundial debe estar dispuesta a pagar es someterse a muchos y diversos usos. El escritor africano debería aspirar a utilizar el inglés de tal forma que transmita su mensaje de la mejor manera posible, sin alterar la lengua hasta el punto de que se pierda su valor como medio de intercambio internacional. Debería aspirar a forjar un inglés que sea a la vez universal y capaz de transmitir su experiencia particular». Y eso es lo que mayoritariamente han hecho: han prescindido de las normas gramaticales o las han utilizado a su antojo, se han librado de la tiranía de la fonética inglesa y de los clichés prestablecidos, han incluido constantemente el léxico, las metáforas y las peculiaridades de sus comunidades lingüísticas madre, han preservado como tesoros palabras que hablan del pasado, de las formas de vida tradicionales, de los ecosistemas y las gastronomías. No porque, siendo la minoría que conocemos producto de la educación misional y de la escuela colonial, no sepan utilizar exquisitamente el Inglés con mayúscula, el de la realeza, la BBC, la iglesia anglicana y otros sagrados templos del conocimiento británicos. Pero han elegido legitimar los pidgins, los pichis, todas las variantes criollas, híbridas y fluidas; han reventado la lengua desde dentro, y lo han hecho con supremo talento de narradoras y narradores empapadxs de oralidad.

Como traductora, siempre que puedo intento transmitir esas sonoridades y texturas, esas imágenes que tenemos que aprender a interpretar, y no facilitar a quien lee mucho más la lectura de lo que se hace en los textos originales en inglés. Metáfora literalmente significa ‘lo que lleva más lejos’, y todos esos elementos son invitaciones, puertas abiertas a rebuscar en la biblioteca o en las redes, a procurar entender qué significa diiro, matooke o mwenkanonkano. Por eso también intento no abusar de las notas al pie. En mis prólogos, explico un poco lo que puedo, intento abrir un horizonte de lectura, pero es responsabilidad de la persona que tiene una obra entre sus manos el seguir o no esas pistas… Nombres propios, tratados históricos, fechas y datos, instituciones o costumbres… Fíjate en algunos de los elementos luganda (léxico, interjecciones, proverbios, etc.) que se mantienen en el texto, evalúa en qué medida han afectado a tu comprensión general de La primera mujer y considera qué aportan con respecto al texto en inglés o en español.

Puedes hacer una inmersión cultural previa a la lectura de la novela viendo alguno de los variados documentales sobre la historia de Uganda y el pueblo ganda que circulan en la web (por ejemplo, https://www.youtube.com/watch?v=qiBPqX0JMfg&t=131s), o, a medida que avanzas en la lectura, ir tomando nota de los acontecimientos históricos que se mencionan, y buscando referencias. La «historia oficial» de Uganda es el entramado en el que se entretejen las vidas de los personajes de la novela, y está fielmente reflejada, pero el interés de la narrativa se encuentra precisamente en lo que escapa a esa «historia oficial», la memoria alter/nativa, los recuerdos de los personajes más ancianos y las vivencias de las generaciones más jóvenes. Toma nota de cómo los grandes acontecimientos históricos tienen su reflejo específico en las biografías de las cuatro generaciones de descendientes de Luutu que se contemplan en la novela, y de cómo la memoria de las mujeres en particular construye una contramemoria, lo que en inglés llamaríamos herstory. Las mujeres son sin duda las grandes narradoras en la novela, y en sus relatos conviven cosmogonías y pecados ancestrales, cuentos, proverbios, fábulas y visiones, con una voluntad firme de transmitir a las generaciones más jóvenes que siempre ha habido mujeres fuertes, Amazonas o diosas creadoras, esclavizadas o educadas, pero siempre dueñas de la palabra. Busca referentes positivos de mujeres empoderadas a lo largo de la novela.

La primera mujer rebosa historias sobre el estado original, sobre la valentía, la inteligencia y la resiliencia de las mujeres, sobre su capacidad de agencia, y sobre la necesidad que unas mujeres tienen de otras mujeres. Pero Makumbi no nos permite nunca olvidar que muchas mujeres son «gallinas enjauladas» que se picotean entre sí porque no pueden atacar a los auténticos opresores, lo que ella llama kweluma. En la novela también hay ejemplos de mujeres mezquinas, que usan sin empacho los mecanismos patriarcales tradicionales o modernos para humillar y manipular a otras mujeres, o que se enganchan a la idea del amor romántico en su versión occidental, ligada a patrones de consumo y formas de vida profundamente ajenas a las sociedades indígenas, o que ejercen su poder para eximir a los varones de toda responsabilidad y ocupar vicariamente posiciones propias de varones con respecto a las esposas del clan. Y por supuesto la clase social y el nivel educativo crean a veces barreras insalvables entre las mujeres. Los celos, los dobles estándares que rigen el comportamiento sexual de hombres y mujeres o la presión para adoptar el patrón familiar monógamo y nuclear son algunos de los elementos que Jennifer Makumbi incorpora a un análisis de las relaciones humanas que inevitablemente nos evoca en ocasiones a Jane Austen, con la que la autora comparte también un fino sentido del humor y la parodia social. Repasa los comportamientos entre mujeres que contradicen la idea de una sororidad ideal articulada en torno al género. Piensa en qué factores contribuyen a que percibamos las diferencias entre la forma occidental de concebir el género, basada en lo puramente biológico, y los matices y complejidades de este concepto fuera de nuestro contexto eurocéntrico.

Makumbi no habla de feminismo, sino de mwenkanonkano. Las pensadoras y teóricas africanas y afrodescendientes han sido muy reticentes a la hora de abrazar el feminismo occidental, el que brota de Mary Woolstonecraft, Virginia Woolf o Simone de Beauvoir. Saben por experiencia que sin la aportación de las mujeres ninguna comunidad humana es funcional, y saben también de la necesidad de una habitación y unos recursos propios. Si bien en general apuestan por el valor de la educación Occidental, son conscientes de que las estructuras coloniales las apartaron de sus espacios tradicionales de poder económico, político y religioso, y proyectaron sobre ellas extrañas formas de alteridad. Pero, si acaso, el legado del feminismo blanco ha contribuido en muchas ocasiones a silenciar sus propias luchas y prioridades, como sugiere Nsuuta mientras escucha por la radio los debates de la Primera Conferencia Mundial sobre la Mujer, celebrada en México en 1975. La afroamericana Alice Walker acuñó el término mujerismo (womanism) en los años ochenta, y otras teóricas han elegido términos como negofeminismo (‘el feminismo de la negociación’), feminismo con sentido de caracol o madrismo. Dice la pensadora Oyeronke Oyewumi que sin duda la gran diferencia está en la perspectiva: en el corazón del feminismo blanco hay una esposa oprimida, en el corazón del feminismo africano, cualquiera que sea el nombre que adopte, está una madre empoderada. Una madre no necesariamente biológica, pero sí una figura de autoridad, preocupada por proteger y nutrir a la comunidad, ya sea la familia, el clan o la nación, a la manera de la diosa yoruba de los océanos, Yemayá. Pero ciertamente la maternidad tiene sus lados oscuros. La novela pionera de Buchi Emecheta Las delicias de la maternidad, traducida al castellano por Maya G. Vinuesa, ya estaba explorando las ambivalencias de la institución y la experiencia de la maternidad en los años setenta. La cuestión de la maternidad ha sido una de las más tratadas y debatidas por las grandes del pensamiento y la creación africanas.

Toma nota de las figuras maternas que pueblan la novela, presentes o ausentes, biológicas o no. ¿Qué modelos o roles te resultan más atractivos?

Y, retomando la idea de mwenkanonkano, considera qué aspectos de las vidas de las mujeres quiere esta lucha contribuir a mejorar y transformar radicalmente. Considera sus diferencias con respecto al «feminismo oficial» (si es que tal cosa existe) blanco. Toma nota también de los personajes masculinos que, de hecho o explícitamente, se adhieren a esa lucha de las mujeres, y considera sus contribuciones y sus contradicciones.

Personajes históricos como Sir Apollo Kaggwa, los Kabakas que iniciaron y consolidaron la relación con los ingleses, o la propia familia de la protagonista en la ficción, son considerados adalides de la modernidad en el reino de Baganda y posteriormente en Uganda: son los introductores del cristianismo, del sistema educativo británico, de un modelo de estado semejante a la monarquía parlamentaria, componentes de una élite cultural y económica de terratenientes ilustrados y protagonistas de la transformación del antiguo reino en un protectorado que sufrió en la época de las independencias los mismos avatares que tantas otras naciones postcoloniales. Pero la novela nos hace ver de continuo el precio que se ha pagado por esa «modernidad»: desde la pérdida de la biodiversidad a la imposición de una temporalidad ajena a los ritmos y los rituales de la vida tradicional, la transformación radical de las estructuras de poder ancestrales y de las formas de organización familiares, la promoción de una noción de riqueza y de patrones de consumo occidentales, que alcanzan en la posesión de un coche su máxima expresión…

Busca ejemplos a lo largo de la novela de las múltiples ambigüedades y contradicciones que rodean a la condición colonial, y cómo afectan diferencialmente a hombres y mujeres.

Toma nota de las múltiples fuentes que alimentan el banco de memoria colectivo que es La primera mujer: cosmogonías y relatos, tradiciones, proverbios, ceremonias y protocolos que nos ayudan a entender aspectos que son, de entrada, culturalmente específicos. ¿En qué medida te permiten esos elementos empatizar con una visión del mundo diferente, y qué elementos te resultan en realidad familiares porque también están en nuestra cultura, o porque son de alguna manera «universales»?

Y, lo primero es lo primero: la novela empieza con un cuento sobre una mujer que escondió a su hija en un termitero. ¿Cómo se evoca y reutiliza ese relato a lo largo de la narrativa? ¿Cuáles son los grandes debates que introduce y que luego se desarrollarán a lo largo de la narrativa?

 

Kin, tú fuiste nuestros ojos…

 

[1] https://www.academia.edu/96752805/_LITERARURA_AFRICANA_FEMENINA_UNA_PERSPECTIVA_MUJERISTA_

[1] https://radiomacuto.org/estados-unidos-abre-la-puerta-a-teodorin-con-una-exencion-a-sus-sanciones/

[1] https://www.altairmagazine.com/360/contarnos/como-escribir-sobre-africa/

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