Archivo del Autor: Raquel

Tres cuentos de Munro

El día de la guía a la lectura comentamos una imagen que simboliza a la perfección la experiencia del lector cuando se embarca en la lectura de Munro. Más allá de que determinados cuentos nos hayan llamado más la atención por su contenido (como es el caso de “Dimensiones”), esta experiencia lectora no deja de parecerse a un viaje por el interior de una casa -casa que somos en realidad nosotros mismos- en el que nos detenemos más en unas habitaciones que en otras según nuestra propia manera de ser, vivencias previas o sencillamente nuestro momento vital. En cualquier caso, la mirada con la que nos dirigimos hacia cada detalle escondido en el espacio de lo privado en cajones y armarios no está empañada por la nostalgia de quien rebusca entre objetos del pasado, sino de reconocimiento y vergüenza ante personajes y acciones de los que se nos hace partícipes silenciosos y que tiene que ver con lo que se oculta tras la cotidianidad, una nada condescendiente visión de la condición humana. Insatisfechos por lo que nos quedó dentro el día del coloquio, retomamos algunos aspectos que se insinuaron para que no caigan en balde, ahondando un poco más dentro de nuestras posibilidades. Que las siguientes palabras -dentro de las limitaciones espaciales y cualitativas- sirvan como pequeño homenaje a Munro.

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Respecto a los cuentos que abren y cierran la obra existen varios nexos temáticos. El más obvio es el de la focalización en un protagonismo de lo femenino, ya que ambos sitúan en el punto de mira a una mujer que de una u otra manera es esclava de un condicionamiento de género. Sofía  Kovalesvski es una de las muchas mujeres cuyo nombre no conocemos que han poblado la historia de la humanidad, y que por su condición de mujer no han podido dedicarse por entero a la actividad cultural o científica en el mejor de los casos, asumiento que han sido infinitamente mayores en número las que sencillamente por la misma razón no han tenido -no una alfabetización- sino unas condiciones de vida dignas. Pese a que no se trata de comparar la calidad de ambos textos, muy diferentes en esencia, ni tampoco de restar importancia a las af3447de0d4234e0b589b0725343c279situaciones reales o no vividas por ambos personajes, es cierto que “Dimensiones” parece haber causado una sensación mucho más honda en el lector. Quizá porque se trata del texto que abre la obra o seguramente por lo terrible de lo que se nos narra. Como comentábamos en la entrada anterior, la intención de la autora no es crear personajes cargados de victimismo. Sin pretender escribir un cuento cuyo tema principal sea la violencia de género en cualquiera de sus manifestaciones, en esta historia hay un trasfondo que evidencia la relación de dominación que comúnmente hay entre maltratador y víctima en un caso de violencia de género, poniendo de manifiesto que ni la violencia física llevada al extremo llegando al homicidio de unos hijos en común es suficiente para que desaparezca la relación de dependencia y de sometimiento emocional que va más allá de lo que la razón pueda comprender. A la autora no le hace falta recrearse en descripciones lacrimógenas ni en ahondar a través de un personaje en primera persona en unas emociones desgarradoras que puede sentir la protagonista, porque los simples hechos hablan por sí mismos. Otro de los nexos que conectan esta historia con “Demasiada felicidad” es el motivo del viaje, algo nada novedoso en la historia de la literatura y que sin embargo resulta esencial para comprender ambos textos. El increíble manejo del tiempo que hay en cada relato hace que en “Dimensiones” llegue un momento en el que nos olvidemos de que la narradora está haciendo un viaje en autobús, ya que hemos pasado a 12d4fd00095790391d2cee83dff2a20bconocer qué es lo que la ha llevado a estar allí viviendo una vida que nos describe como anodina y sin mucho sentido. Cuando por fin sabemos que se dirige a la cárcel a visitar a su marido, -quien no solamente la maltrataba sino que acabó terminando con la vida de sus hijos-, se retoma de nuevo la atención hacia el viaje, el autobús y la carretera que la lleva de nuevo hacia lo único que le queda en la vida, aunque paradójicamente se la arrancara sin piedad. Paradójicamente, Sofía Kovalesvski viaja hacia la muerte, mientras que Doree, prácticamente muerta en vida, que parece que irremediablemente nunca podrá salir del bucle infernal en el que se encuentra se topa “por accidente” con un pretexto que le conduce de nuevo a vivir. Con tres hijos muertos a manos de su padre y por lo tanto, una vida destrozada por completo, solo hay algo por encima del bien y del mal que puede dar sentido a una existencia tan absurda como la realidad en la que se encuentra inmersa. Tras haber corrido para socorrer al joven al que han atropellado y conseguir reanimarlo con su aliento es capaz por primera vez de decir “no”. De decir no a la muerte, y de dar vida.

Si nos fijamos en los elementos recurrentes en la obra de la canadiense, hay que tener en cuenta que, además de la violencia explícita o no que se esconde detrás de la cotidianad (la poética del linóleo) y de la presencia de la religión, se observa una voluntad expresa de reflexionar sobre la propia ficción en varios aspectos. El caso más evidente es un fragmento muy citado en el que se deja entrever a la Munro real y no a un narrador ficticio, y es que se ha escuchado hasta la saciedad (sobre todo a quienes no son precisamente lectores) la identificación entre literatura y evasión: “Ella odiaba la palabra escapismo referida a la ficción. Era más bien la vida real la que merecía ser tildada de escapismo”. Este comentario en apariencia inocuo, es el perfecto resumen de una de las mayores enseñanzas que podemos extraer de su obra, y es que por ejemplo un cuento como “Ficción” tiene muy por encima de la trama una importancia suprema en cuanto a la demostración de que vida y ficción son a veces categorías que pueden llegar a confundirse. Pero atención, no en un sentido obvio que podamos pensar inicialmente, ya que nada tiene esto que ver con que la narradora acabe descubriendo su aparición como personaje en una novela, sino por una cuestión que va mucho más allá. Resulta imposible no dedicarle al menos unas líneas a “Ficción”, donde a pesar de que posee una trama más o menos cotidiana que puede o no llamar nuestra atención la tesis nada tiene que ver con lo prosaico, ni con la infidelidad en las relaciones de pareja ni con los traumas de una paternidad irresponsable. Seguramente lo más importante que un lector puede extraer de este cuento ni siquiera es el consuelo de que la vida puede cambiar radicalmente de un día para otro, y que quizá con el paso del tiempo lo que ahora nos preocupe en otro tiempo no tendrá ninguna importancia. No, no solo habla de la importancia del momento, sino de la vida misma, que a veces nos puede parecer tan inverosímil como la ficción, y -qué duda cabe- infinitamente más apasionante. El mayor logro de Munro respecto a la dignificación de lo literario como un reflejo de la vida, que no está relacionada con el escapismo sino con el compromiso de la literatura, se plasma en este relato, cuyo título podría ser el siguiente “Ficción (= Vida)”. Como la narradora, cada uno de nosotros es consciente de lo que como protagonista de su propia obra teatral ve, siente y padece; Pero no solo en el gran teatro del mundo actuamos en soledad, sino que interactuamos con otros seres y, nos guste o no, nuestros actos no controlan los designios ajenos ni la casualidad. A nuestra protagonista, que seguramente cuando fue abandonada por su marido no pudo creer en que recuperara las riendas de su existencia acabó haciéndolo, y cuando volvió a ser feliz se percata de que también ella fue el antagonista que le negó la felicidad a alguien. Y no lo perdamos de vista, todo ello gracias a la ficción. Puede que sea una afirmación demasiado personal y arriesgada, pero ante un texto como este no se le puede dejar de reconocer a Munro el mérito de hacer que leyendo y no viviendo sea como realmente nos damos cuenta de que la ficción nunca podrá superar a la vida.

La maestría narrativa de Munro se materializa especialmente en el cuento central de Demasiada felicidad, texto del que seguramente más se ha hablado y -paradójicamente- del que nadie parece tener una interpretación que convenza a todos. Precisamente, este cuento fue uno sobre los que se trabajó el año pasado en la “Experiencia cuento” de tULEctura y que, a pesar de ello, sus admiradores no comparten unas mismas conclusiones. En lo que sí que parece haber unanimidad es en el convencimiento de que, si en general con cualquier texto una sola lectura nunca aclara el sentido, en el caso de Radicales libres todas las lecturas del mundo no parecen suficientes, ya que cada vez percibimos un detalle nuevo anteriormente imperceptible que, o bien nos decanta hacia una determinada interpretación de un personaje o sencillamente nos asombra la profundidad inimaginable de los niveles de lectura , algo que  se resumen y se entiende en la afirmación que muchos han hecho sobre el ingenio de la canadiense, capaz de escribir cuentos en los que se encierran en realidad novelas. En cuanto a la trama, tras una primera lectura que nos deja convulsos, preguntándonos qué se nos habrá querido decir, por las sensaciones provocadas solo podemos estar seguros de una cosa, aquello tan famoso de “aquí alguien ha matado a alguien”. Las apariencias son tan engañosas, que en una lectura inicial Nita puede 410e7947c8a4b11b8bcd84e0265d490eparecernos incluso una ancianita adorable e indefensa. Descartada la primera impresión, algunos lectores toman por verdaderas las palabras de nuestra protagonista para lograr la complicidad del joven asesino y por lo tanto asumen que Nita envenenó a la amante de su marido. Sin embargo, esta información se desdice cuando el narrador en tercera persona vuelve a focalizar la atención en los pensamientos de la anciana y nos dice entonces que ella era en realidad la amante de Rich y que su anterior mujer Beth, aún sigue viva y además ha publicado un libro sobre plantas del que Nita ha extraído el conocimiento conveniente sobre las propiedades tóxicas del ruibarbo. Indudablemente, la narración es deliberadamente engañosa. O para ser más exactos, además de por los detalles al principio imperceptibles, la grandiosidad del cuento reside más que nunca en lo que no se llega a decir, cuya interpretación queda enteramente bajo la responsabilidad del lector. Esto se materializa a la perfección en la parte final, tras la huida del triplemente asesino y su muerte. Ciertamente, no hay manera a ciencia cierta de saber lo que ocurrió en el pasado y si de verdad hubo un intento de asesinato o quién intentó envenenar a quién. Hay opciones para elegir: unos optarán por considerar a Nita como la instigadora de un crimen, otros como lo suficientemente inteligente como para haber previsto que la mujer de su amante trataba de envenenarla. Hay incluso quien pueda pensar (¿por qué no?) que lo que Nita prepara no es té en hebras, sino ruibarbo con el que envenena al joven.

En general, los cuentos de Munro están habitados por personajes con tal profundidad psicológica que colocarnos frente a nosotros y reconocernos en ellos resulta una experiencia tan poco  halagadora como necesaria. Si tomamos como referencia la famosa cita de Shakespeare acerca del teatro como espejo de vicios y virtudes de la sociedad y la extendemos a la literatura en general, llegaremos a la conclusión de que a Munro le interesa más devolvernos no lo positivo, sino las miserias inherentes a la condición humana que se esconden sutilmente detrás de la cotidianidad. En este mundo loco no se puede tachar a sus historias de inverosímiles, porque un vistazo a las noticias nos acerca de un porrazo a una realidad en la que, como en la ficción, hay mezquindad sin límites, falta de honestidad incalculable en las relaciones personales, una discriminación cultural hacia lo femenino, sentimiento de superioridad respecto al prójimo y monstruos, muchos monstruos que son capaces de asesinar en serie, a su vecino e incluso a sus padres o hijos. Quizá lo más estremecedor de esto no es solo aceptar su existencia, sino la posibilidad de que el monstruo esté en nosotros. Puede que cualquiera de nosotros haya sido infiel o se lo haya planteado a costa de destrozar una familia, e incluso siendo niño hubiera apretado fuerte la cabeza de alguien el tiempo necesario bajo el agua. ¿Por qué Nita no iba a ser capaz de ponerse a la altura de su atracador y ser ella capaz de matar? Quizá deberíamos plantearnos que transcurre toda una vida hasta llegar a su edad y que eso no nos hace menos culpables ni susceptibles de todo acto. Tal y como se alude a la religión en cada cuento, a los personajes de Munro la idea de Dios parece servirles más bien de poco para dar sentido a una realidad cruel, mucho menos a una anciana enferma de cáncer. ¿Y si en el interior de NIta y de todos nosotros hubiera un monstruo que pudiera en un determinado momento despertar?

Nunca se sabe.

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Demasiada Felicidad: coloquio participativo de los socios

En la tarde de ayer nos reunimos los socios del club como es costumbre para charlar sobre Demasiada felicidad, una de las últimas obras de la canadiense premio Nobel que, si bien a algunos no les ha terminado de convencer, ha generado más de un seguidor que no tardará en conseguir toda su bibliografía. Lo primero que hay que decir es que difícilmente en una sesión se puede abordar esta obra con una solvencia mínima, ni si quiera uno solo de los cuentos. Los niveles de lectura son tales que, aunque dedicáramos todo el curso a Demasiada felicidad no nos acabaríamos de quedar satisfechos.2ae10e3e826e99a2d766f7f595e0f76b

Si la lectura de Bonilla nos familiarizaba con los relatos donde las anécdotas puramente triviales escondían reflexiones sobre el paso de la adolescencia a la madurez, Demasiada felicidad es un perfecto compendio de la importancia de la “lectura entre líneas”. En la guía a la lectura ya se apuntó la idea primordial de que la obra de Munro es de fácil lectura pero muy difícil comprensión. Esto se traduce en que formalmente nos encontremos ante una narrativa sintácticamente sencilla y sin florituras, que participa más de la brevedad que de la construcción de oraciones subordinadas que se encadenan a lo largo de las líneas. Más concretamente, lo esencial de los textos suele encerrarse precisamente en frases muy cortas cargadas de ambigüedad e ironía que se encuentran diseminadas en el desarrollo de las historias y sobre todo en sus finales, -a veces necesarios para dar sentido al cuento- como el nunca se sabe de “Radicales libres” o Yo me hice mayor, y vieja de “Algunas mujeres”. En cualquier caso, una sola lectura no basta para percibir todo lo necesario ni la riqueza de los cuentos. Ante la insatisfacción de no haber podido pararnos a hablar todo lo que nos hubiera gustado, en los próximos días aparecerá otra entrada profundizando sobre aspectos que se mencionaron ayer a través del comentario de tres cuentos.

Basta un vistazo a la bibliografía de la autora (Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio, El amor de una mujer generosa, Las vidas de las mujeres..) para percatarse de que el foco de su narrativa se inclina (¿sin querer?) sobre las mujeres Más en concreto, sobre “la terrible vida de las mujeres”. A pesar de lo que pueda parecer, lo hace sin sin victimización, sin juicios, de una forma tan magistral que nos parece estar tratando a personales reales en lugar de a personajes literarios. Nadie puede f4a8a04bf9306b3294a77e6632865da5salir indemne de lo que ellos piensan, dicen o hacen porque nos hacen partícipes de su historia. A veces se insinúa que la autora presenta a estos personajes como víctimas, o que se ensaña con dureza con los hombres: nada más lejos de la realidad. La profundidad psicológica de los mismos es tal que debemos descartar por completo esa afirmación. La tan famosa frase de los evangelios “por sus obras los conoceréis” se les puede aplicar: no es necesario describir a los personajes en términos morales, ya que el hombre que asesina a sus hijos, el joven que mata a  su familia y luego la fotografía, las niñas que ahogan a su compañera en el campamento de verano: no hace falta que el narrador juzgue lo más mínimo, el lector ya tiene datos suficientes para decidir si lo hace o no. Entrar a debatir si son los personajes masculinos peor tratados que los femeninos es una necedad, ya que ambos simplemente son descritos de tal manera que nos parece encontrarnos ante un espejo del que no siempre nos gusta la imagen que nos devuelve. Todos ellos están vistos desde la distancia y la frialdad que solamente puede tener una persona que ve la vida con más de ochenta años, todos con sus virtudes, sus vicios, y en ocasiones una mezquindad demasiado cotidiana.

Continuará.

El libro que me cambió la vida (VII y final)

Amigos todos: para cerrar este capítulo en la reciente historia de tULEctura, es de obligado cumplimiento daros de nuevo las gracias. Cuando surgió la idea de este concurso nunca imaginamos que iba a tener tanta difusión, ni a dar los frutos recibidos. Así es que GRACIAS de nuevo a los más de ciento cincuenta participantes que nos habéis hecho llegar vuestros textos. A los que venían de ultramar y a los de compañeros de la comunidad universitaria; a los adolescentes epatados por los best-sellers de Ruiz Zafón o Patrick Rothfuss, y a los que también en su juventud fueron cautivados por otros autores más sesudos como Tolstói 93edfd17978f10c7832c10c38c2bc0ado Dostoyevski que hoy ya son abuelos. Y viceversa. Gracias a los que nos habéis escrito con el corazón y las entrañas en la mano y a los pudorosos. A los que nos han dicho la verdad y a los que han jugado con la ficción. Por si tenéis curiosidad, y antes de mostraros el texto ganador, merece la pena que os hagamos un resumen de qué libros y autores han encabezado el ranking de los favoritos. Sin ninguna duda, el más citado de todos es El Principito, ese adorable ser que nos domesticó y que desapareció en mitad de la noche, el niño de cabellos dorados al que muchos seguimos esperando mientras miramos a las estrellas y nos preguntamos si finalmente el tigre se comió o no a la rosa. Además, la novela Las uvas de la ira o diversas obras de Julio Cortázar han tenido una presencia más que notable.

775d5bed59c382778647a2bdfaa1f73aAfortunadamente, cada uno de vosotros ha interpretado la pregunta del concurso según sus propias vivencias. Así, queremos destacar sobre todo y a modo de conclusión que la manera en la que a uno un libro le puede cambiar la vida no suele tener que ver con la calidad estética de la obra en cuestión,  sino en hechos como que ese libro te convierta en lector, o que despierte en ti la vocación de la escritura. Agradecemos la generosidad con la que varios de vosotros nos habéis hablado de ambas experiencias. Convertir a alguien en lector es una virtud tan loable que, haciendo ejercicio de honestidad, debemos reconocerle al César lo que es del César: las historias que a la mayoría nos cautivaron de niños poco tienen que ver con la filosofía, la moralidad o el sufrimiento existencial, y sí mucho más con historias de aventuras en lugares imaginarios. Así lo habéis reflejado a través de repetidos referentes comunes como los tebeos, libros infantiles o algún clásico, sobre todo La isla del tesoro, La historia interminable o la colección de Los cinco. Por supuesto, quienes hemos leído vuestras participaciones hemos sonreído cuando nos hemos identificado con vuestras lecturas predilectas, que son también nuestras. Imposible también no ruborizarse al compartir la experiencia de quienes nos habéis confesado vuestro amor descarnado por algún que otro personaje literario al que habéis convertido en el ideal de vuestros sueños. Por supuesto, las protagonistas de las novelas de adulterio del XIX como La Regenta, Madameec3ee403a96c6498dacb3230165e6244 Bovary oAnna Karenina siempre han tenido muchos fans y esto ha sido notable, pero… ¿se imaginará un autor tan joven como Andrés Neuman que su viajero del siglo se ha convertido en el amor platónico de más de una adolescente?

A los más devotos, la lectura de la mismísima Biblia os ha supuesto un hito literario además de espiritual, frente a los ateos y otros desengañados que, como Juan Bonilla al contestar la pregunta que inspiró este concurso, “culpan” a las lecturas de Nietzsche y de diversos libros científicos de su pérdida de la fe. Otros (que se han tomado al pie de la letra la pregunta del concurso), que no han sido pocos, han encontrado la salvación en el término medio: los libros de autoayuda. Por supuesto, el más insigne de los caballeros españoles y su lucha contra las injusticias ha sido la metáfora literaria y el consuelo que alguno habéis encontrado, mucho más como símbolo de la derrota que como imagen de la locura. Mas no desesperéis, que no es verdad eso de que Alonso Quijano ha muerto. A la contra del desengaño de la senectud está el vitalismo de la infancia y la juventud, a veces de una forma imprevisible. Algo que nos ha enternecido sobremanera es que una mamá nos haya hecho llegar la ferviente defensa de su hija de diez años, Clara Eugenia, a quien no hemos podido por menos que enviarle (hasta Granada) un certificado que atestigüe su amor por los versos de Gloria Fuertes, para que nunca olvide y deje de ser la lectora entusiasta que es.

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 Y ahora, por fin ha llegado el momento que muchos estabais esperando, y es momento de conozcáis el nombre por el que habéis preguntado en las últimas semanas. Bien es cierto que a la hora de juzgar vuestras participaciones poco o nada hemos tenido en cuenta la calidad literaria del libro sobre el que hayáis escrito, sino la de vuestro texto personal. Curiosamente, tanto el texto ganador como el accésit se refieren a Rayuela de Cortázar, obra sobre la que unos cuantos os habéis animado a escribir con devoción. Hemos de reconocer que, aunque no teníamos prevista la concesión de un accésit, nos ha gustado tanto el texto que nos ha enviado Mª Dolores Esteban Álvarez que, cuando nos hemos dado cuenta de que es miembro de nuestro club de lectura, no hemos podido disimular nuestro regocijo y por eso aprovecharemos su cercanía para recompensarle su participación como podamos. Escoger un libro es decir mucho de uno mismo sin saberlo, y así ha ocurrido con  la forma en la que Mª Dolores nos ha hablado de sus experiencias a través de Rayuela, de cómo el libro la eligió a ella y no al revés, de las servilletas literarias en el día de su boda, y del amor y la filosofía en la obra como metáfora del mundo. Precisamente quienes habéis escogido esta novela sois los que más citas literales habéis tomado también, sobre todo en referencia al amor, y es que a nadie se le escapa (y vuestros textos lo evidencian) que Rayuela -entre mil maravillas destacables- es una novela que habla de amor, pero no como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio. Vos dirás que la eligen porque-la-aman,f1c2809014e41c0357587b89bd2260da yo creo que es al revés. A Beatriz no se la elige, a Julieta no se la elige. Vos no elegís la lluvia que te va a calar hasta los huesos cuando salís de un concierto. (capítulo 93)

Al igual que cuando apartamos en el plato la parte de la comida que más nos gusta para el final, nos despedimos con el texto ganador para que os deje un excelente sabor de boca, un regusto a bohemia parisina. Si bien es cierto que en la ULE estamos acostumbrados a la presencia de lo insólito (ya que además contamos con varios estudiosos de lo fantástico), la historia de juegos literarios que rodea al texto ganador -uno de los solamente dos que nos han llegado presentados bajo pseudónimo o personalidad ficticia sin datos que lo identifiquen- nos ha hecho volver a creer en aquello que decía Borges de que no puede ser, pero es, y que Cortázar no mentía cuando aconsejaba cambiar nuestra manera de mirar el mundo para así descubrir las maravillas que se esconden detrás de lo cotidiano. Agradecemos a todos nuevamente que nos hayáis hecho recordar viejas lecturas, y en especial al ganador, el argentino que resultó ser leonés y que rompió la rutina de la vida bibliotecaria, nos puso el alma de tango y nos dejó medio muertos de amor. Por su calidad literaria, su valor expresivo y su excelente manejo de la intertextualidad, por unanimidad el jurado declara como ganador del concurso El libro que me cambió la vida a Juan Carlos Carbajo.

Me enamoré de la Maga y todavía la busco en el Pont des Arts. Siempre quise tocar en el piano de Berthe Trépat los tres movimientos discontinuos de Rose Bob. A menudo me despierta el llanto del niño Rocamadour, su tristeza clava sus agujas en mis labios y no puedo decir nada. Saint-Germain-des-Prés llena mis pasos del áspero bebop y de las tristes promesas que enmudecen las esquinas de la Rue Guenegaud. Horacio Oliveira me traicionó (permítanme la discreción) y nunca se lo perdoné. En el boulevard de Sébastopol un clochard me dio un sobre con la fecha de mi muerte. Si no fuera porque un día me arrinconaron con sus pedanterías y risas que mermaron mi sentido común, nunca les hubiera quemado sus discos de vinilo; por si no lo saben estoy hablando del Club de la Serpiente. Al final acabaron echándome del piso y me alegré, así tuve más tiempo para pasear por el cementerio de Montmartre. Todas las noches alimento mi insomnio con la lectura de Voltaire, un librito que “distraje” a los bouquinistas. Siempre estaré agradecido a Gregorovius, que me enseñó dos cosas: «el jazz es un modesto ejercicio de liberación y París una enorme metáfora».

“Star dust” suena en mi cerebro y mi corazón escucha el ruido de los vasos cuando bailaban los muchachos en la ‘cave’. Por más que lo intenté, fui incapaz de aprender el gíglico, ese idioma que oculta el vuelo de los pájaros al amanecer.

Una noche estuve en la casa del escritor Morelli, quien me preguntó si leía a Spinoza; tenía un gato y muchísimos libros. «Solo viviendo absurdamente se puede romper este absurdo infinito»: ¿a quién escuché estas palabras con hilo de cometa? No se me ha olvidado el sabor del mate ni de las historias de pendencieros, «porque el recuerdo es el idioma de los sentimientos, cada vez iré sintiendo menos y recordando más». Talita, con sus bolsillos llenos de piolines, me susurraba las causas perdidas que todavía podíamos ganar, y Traveler, perdido en su melancolía, me regalaba entradas para ver al gato calculista en el circo del Señor Ferraguto.

De eso hace ya tanto tiempo.

Hoy, por fin, me he decidido a escribir sobre Rayuela, el libro que me arruinó la vida.

JUAN CARLOS CARBAJO LARSEN

 Cortazario - Julio Cortazar - Graffiti Stencil (11)

 

 

Francisco Umbral, libro a libro

Lo que deseo decir es que yo tenía una espada de madera y quizá aquella fue la última espada del Reino de León. Habíamos llegado a la ciudad en una tarde de calor, en un tren de tercera, por la llanura castellana, hasta que las orillas del paisaje fueron poniéndose verdes, al llegar a la provincia. Cerca ya de la capital, había chopos y álamos en inesperadas formaciones, afilados, cortando la rica brisa del verano en largas rebanadas que entraban por las ventanillas del tren y nos daban en la cara y en el flequillo al otro chico y a mí.

 Así es como comienza la novelita titulada por Umbral Días sin escuela que se publicó en el nº 6 de la revista “Tierras de León” en 1965, texto ambientado a orillas del Bernesga que explica suDSC_0087 emplazamiento en el hecho -desconocido aún hoy por muchos leoneses- de que el célebre Francisco Umbral fue nuestro convecino allá por los últimos años de la década de los 50. Así, hasta el día 20 de febrero se puede visitar en la Biblioteca General San Isidoro una exposición titulada  Francisco Umbral, libro a  libro promovida por el Área de Actividades culturales de la Universidad y producida por la Fundación Francisco Umbral en la que a través de paneles con fotografías explicadas, se hace un recorrido a lo largo de la vida de Francisco Alejando Pérez Martínez siendo un niño hasta el momento de recibir el Premio Cervantes siendo ya nuestro célebre Paco Umbral.

No han sido pocas las veces que en los últimos años la figura del escritor se ha vuelto a imagenreivindicar de alguna u otra manera en el ámbito cultural leonés. El diario El Mundo fue publicando hace tiempo un adelante del volumen que ha visto la luz hace unos días, Francisco Umbral, diario de un noctámbulo, donde se recogen los textos vertidos en la primera época de Umbral coincidiendo con su estancia en León, que han pasado bastante desapercibidos en su producción ya que se trata de sus primeros atisbos literarios y periodísticos que poco tienen que ver con los del Umbral maduro. El pasado año, diversos periódicos y blogs de nuestra ciudad se hicieron eco de la relación de Umbral con León en artículos de diverso tipo, entre ellos uno en el Diario de León que, junto con la revista Arco supuso su inicio en el periodismo escrito y que explica las causas ya sabidas de la mala relación del escritor con la ciudad. Poco se puede añadir a las palabras que últimamente han aparecido sobre la relación del Umbral con León, tomamos como resumen de ellas la vertida por Bruno Marcos en astorgaredaccion.com, donde se llama la atención sobre el hecho de que “hubiera un tiempo en el que un Crémer eclipsara a un Umbral”.

El mal humor de Francisco Umbral es sin duda lo más conocido de él públicamente desde aquel famoso encontronazo con Mercedes Milá, que parece va a ser el episodio de su vida por el que pase a la historia con minúsculas. Aunque reconociera en vida que su relación con León nomortal-y-rosa-Francisco-Umbral fuera solamente de odio, sus impresiones sobre la ciudad no dejan lugar a dudas de que su honestidad en las críticas no solamente procedía de lo político sino del “aldeanismo” cuyo ejemplo más claro es la anécdota alrededor del cinefórum y aquella película de Cocteau. También en su momento reconoció no guardar ningún rencor a la ciudad, al igual que nosotros con él. Aunque en este país es cosa generalizada el juzgar al todo por la parte y sobre todo por lo anecdótico, no se puede dejar de reclamar hacia Umbral la atención que merece su obra. Las enemistades de la vida literaria dejan de tener sentido cuando el peso de la letra va por delante, y por eso uno puede ser un gran admirador de Bolaño y no hacerle ningún caso a su decálogo del buen cuentista, donde repite tres veces que nunca hay que leer a Umbral. Para quien le apetezca leer sobre la vida leonesa en los 50 el testimonio de Umbral en La ciudad y los días es altamente recomendable, y es que hasta de los nuestras tabernas más célebres hizo escarnio: un ejemplo, la que del mesón El Besugo rescataban nuestros amigos de El palillo leonés. Pero se quieran escribir cuentos o no, es innegable que en lo que se refiere a la literatura en sus cotas más altas, desde la lectura o la escritura Las ninfas o Mortal y rosa son una maravilla poética dentro de la prosa en español del siglo XX.

Cuando se leía en voz alta (II)

En la entrada anterior hablábamos de cómo este año (y siempre) el Quijote está suscitando una gran cantidad de homenajes y comentarios, muchos de ellos en relación con el acto mismo de la lectura. Comentábamos también cómo siempre se toman ciertos ejemplos extraídos de esta obra en relación con la lectura como acto público como la vez en la que el cura lee a quienes le rodean El curioso impertinente, o el famoso pasaje de la venta. Sin embargo poco se habla de un aspecto que hace tiempo llamó la atención en un artículo Margit Frenk sobre la lectura en la obra cervantina, donde ponía el foco no en sus manifestaciones orales y públicas, sino en su protagonista como ejemplo del nuevo tipo de lector que estaba surgiendo por entonces. Evidentemente, sabemos que la lectura individual y silenciosa ha existido siempreimg02-02, y hay que insistir en ello por su trascendencia de difícil asimilación hoy. El caso de Don Quijote es un ejemplo claro: leer para uno mismo tiene unas consecuencias preclaras: la lectura individual es única e impredecible. Al igual que los monjes que hicieron lecturas heréticas de los textos sagrados y que provocaron la prohibición de hacer interpretaciones libres de los mismos, así como que la imprenta se convirtiera en una herramienta que evitara la heterodoxia creando copias únicas que fomentaran versiones únicas, Alonso Quijano encarna el nuevo modelo de lector que interpreta individualmente (y correctamente) lo que lee con consecuencias no solamente individuales sino sociales: no es un loco porque quiera parecerse a los héroes de los libros de caballerías, sino porque de ellos aprende el valor de luchar contra las injusticias, de ahí que, más allá de que acierte o yerre en el planteamiento de su empresa, evidencia que de su lectura -que más tarde en el escrutinio de la biblioteca censurarán- se deslinde un afán de justicia aprendido a través de la literatura. El mismo Cervantes dijo  que su obra tendría tantas interpretaciones como lectores, y que debería primar la libertad frente al dogmatismo de una sola interpretación. Sin embargo, y aunque su lectura exija un lector individual, silencioso y concentrado las dos partes de la novela están escritas con las fórmulas adecuadas para su lectura en voz alta. Evidentemente, hay que destacar la grandeza del autor que contiene en su obra todas las costumbres sociales respecto al acto mismo de leer que predominaban en su época, pero sin duda la más llamativa de ellas es la que representa Don Quijote, a quien la lectura silenciosa convierte con un ciudadano comprometido y alborotador.

Con los siglos, ese modelo de lectura se ha ido extendiendo de tal manera que las muestras orales y públicas se han reducido a filandones conmemorativos y literarios, y otros actos de escasa relevancia cultural como la liturgia o los mítines políticos. Obviando la importancia de la riquísima cultura oral en otros continentes, en nuestro ámbito prevalece en la actualidad un tipo de lector sin lugar a dudas, hasta el punto de que podemos ver estampas comunes en los metros de grandes ciudades que de natural nos fascinan de puro increíbles: personas abstraídas que en medio del metro en hora punta tienen entre las manos un mamotreto de paginación centenaria del que no levantan la mirada. Es decir, se ha trasladado la lectura en soledad y en silencio hacia un lectura silenciosa pero pública. ¿Quién no ha viajado alguna vez en el metro de París o de Nueva York en un viaje y se ha topado con la chica concentrada en un libro cuyo peso le debe estar provocando lesiones en la espalda? Es inevitable no fijarse disimuladamente en el volumen para intentar averiguar si se trata de novela policíaca nórdica o algo tipo La catedral del mar. Cuál es nuestra sorpresa cuando nos fijamos en la portada y nos damos de morros con la gran sorpresa: increíblemente, está leyendo a Stendhal. Lo verdaderamente sorprendente no es, obviamente, que la gente lea a Stendhal, a quien es bastante recomendable leer, sino que se lea a Stendhal, a Dostoyevski y a Foucault en el metro. Aunque frecuente, el fotógrafo Reiner Gerritsen tomó una serie de fotografías en el metro de Nueva York como homenaje a esta práctica de leer en papel y en público, sustituida poco a poco por la de llevar un cacharro digital que ahorra a los viajeros cargar con el peso de los libros en papel y de la que podemos ver una muestra aquí. De entre todas las cuestiones que se desligan de esta práctica, llama más la atención el hecho de que la lectura silenciosa se haya vuelto social en tanto que un ejercicio que requiere un grado notable de concentración se realice en medio de uno de los ámbitos más ruidosos como es el metro. ¿Cómo es posible leer y comprender Los hermanos Karamazov como se debe leer mientras decenas de personas hablan, gritan, caminan y en el ambiente solo flota una sensación de agobio y estrés de la que es prácticamente imposible abstraerse? Cabe preguntarse, ¿es posible detenerse y reflexionar sobre si nos convence el sentido de la vida tras la muerte propuesta por el autor ruso en medio de una vorágine multisensorial, o no será que detrás del acto de leer en el metro hay mucho postureo? Sí, es cierto que la falta de tiempo lleva a muchas personas que viven en un determinado ámbito a aprovechar como sea los momentos de asueto para leer “a la desesperada”, sin embargo, habría que pararse a pensar si la lectura en soledad no debería realizarse verdaderamente a solas. Está demostrado que leer en voz alta conlleva beneficios, pero también que puede estar uno leyendo un texto en voz alta sin enterarse de nada, frente a la lectura silenciosa, que implica comprensión y asunción de lo que se lee. Sin embargo, no solamente basta con leer para uno mismo, sino que hace falta detenerse y concentrarse durante largo tiempo, algo que no es tan sencillo de lograr y que los tiempos no favorecen. Mucho se habla de que los niños ya no leen y también de que sencillamente es que no se lee de la misma manera, pero sí que se lee. Bien, es obvio que a través de pantallas e hipervínculos se lee de otra manera, y que si las cosas no cambian mucho pronto será la forma mayoritaria de leer. Sin embargo, las consecuencias de una u otra lectura nunca pueden ser las mismas.

Puede parecer que el hecho de defender la lectura silenciosa en unas determinadas circunstancias muy concretas pueda sonar purista, elitista y trasnochada, teniendo en cuenta que uno de los valores que priman en la actualidad es la inmediatez: que inmediatamente te contesten al correo, al whatsapp, que inmediatamente te den lo que buscas, encender el ordenador y encontrar inmediatamente con un solo clic lo que querías saber. Pero nos pongamos como nos pongamos, lectura e inmediatez son categorías opuestas por definición. Los beneficios inmateriales de leer no tienen nada que ver con los beneficios de la era digital, porque lo inmediato se opone a la reflexión y al pensamiento crítico individual que solo puede ser fruto de uno mismo y del tiempo. No es un problema de formato, porque se puede leer como es debido en un libro electrónico, y de igual manera no enterarse de nada leyendo en papel, como podemos 756387903ceb4ef8341b14f7d70796dasospechar de quienes lo hacen en el metro. Así, hay que matizar qué es lo cuestionable, y que no tiene que ver estrictamente con el formato sino con el cómo se usa. Por lo tanto, para quienes creemos que no se puede leer a Dostoyevski en el metro no es una cuestión de elitismo intelectual, ni siquiera de un fetichismo por el hecho de preferir la maravillosa experiencia de sostener un objeto que tocar y oler entre las manos cada noche en la intimidad (aunque siendo sinceros, ¿no es esta una de las pequeñeces cotidianas que dignifican nuestros días?). Defender que a Dostoyevski y a tantos otros no se les puede leer en el metro es una cuestión de sentido común que solamente tiene que ver con la necesidad de tiempo, de silencio, de pensamiento, de reflexión y sobre todo de búsqueda de preguntas y respuestas interiores que nada tienen que ver con lo inmediato. ¿O es que acaso internet nos puede transmitir la grandiosidad de crear personajes que en una misma novela demuestren a la vez la existencia e inexistencia de Dios? Más aún, ¿puede internet ayudarnos en un solo clic a decidir cuál de las dos opciones queremos escoger?

Cuando se leía en voz alta (I)

En estos días se está hablando mucho del Quijote con motivo del centenario de la publicación de la segunda parte en 1615 , y por eso no es raro encontrar artículos conmemorativos de todo tipo sobre las virtudes de la obra, que son muchas. Un aspecto que siempre ha llamado mucho la atención es la importancia de la lectura dentro de la obra, más allá del propio afán del personaje principal, y es que en varias ocasiones se hacen alusiones directas a las costumbres lectoras de los individuos del siglo XVII. Por ejemplo, gracias al episodio de la venta, sabemos por boca del ventero que entre los segadores hay algunos que saben leer, y que tienen por costumbre la de reunirse en grupos numerosos a escuchar a uno de ellos que hace una lectura pública. Hoy en día a ningún lector le extraña que sea el cura quien relate a los demás y les lea, pero sí deberíamos reflexionar sobre el hecho de que la lectura fuera un acontecimiento público que se hiciera en comunidad. La breve alusión a los segadores es una muestra de que, pese a que la gran mayoría de la población no sabía leer, en todas las clases sociales había individuos que síscriptorium podían hacerlo.

Quizá hoy sigamos sin darle la importancia adecuada al hecho de saber leer como se leía entonces, ni al hecho mismo en general, teniendo en cuenta que las circunstancias vitales de entonces no eran ni por asomo las mismas. Evidentemente, tampoco en cuanto al desarrollo tecnológico, pero en este sentido no podemos compararnos a los individuos de los siglos XVI y XVII por el hecho de que ahora, además de estar alfabetizados, tenemos a nuestro alcance diversos medios de comunicación, pantallas y artilugios que nos permiten saber cualquier dato enciclopédico o lo que está pasando ahora en la Conchinchina con solo un clic. Tenemos bibliotecas, fondos periodísticos y audiovisuales, lo tenemos todo a nuestro alcance, incluso censura, que nada tiene que ver con la de entonces y que no necesita de Inquisiciones porque ya existen las editoriales que se cuidan bien de mirar por su bolsillo. Y aun teniéndolo todo hemos dejado de valorar la literatura como fuente de información, de contraste, de segunda opinión y de Autoridad, la autoridad de quienes vivieron, pensaron y sintieron situaciones parejas hace siglos. ¿Cómo entonces no valorar la importancia que tendría un solo libro en el siglo XVII cuando era la única posibilidad de conocimiento?

Así, podemos entonces comprender que, además de por su importancia social y comunitaria, leer en voz alta era la única posibilidad de acceder las historias por parte de una gran mayoría. Podemos imaginarnos casos paradigmáticos como el de las comunidades religiosas en las que durante las comidas había un monje que leía para el resto o, como en la obra cervantina o en los filandones de la montaña, por citar un ejemplo cercano a los leoneses. Obviamente, la finalidad en uno y otros casos era bien distinta, y es que frente al entretenimiento de contar y cantar romances y fabulaciones en el primer caso, en el segundo prima la divulgación religiosa. Si bien es cierto que en la Antigüedad y en la Edad Media no solo se leía en voz alta, tenemos esa imagen extendida, ya que leer para uno mismo era lo menos común, aunque necesario. En la próxima entrada hablaremos de las maravillosas consecuencias del cambio de paradigma lector, difícilmente cuantificables.

El libro que me cambió la vida (II) : Juan Jacinto Muñoz Rengel

H9f2a29357f26e5bdbfd2938e3821e04cace aproximadamente un año aparecía en Culturamas un artículo de Juan Jacinto Muñoz Rengel en el que contestaba a la pregunta acerca de la novela de su vida. Como les suele pasar a los amantes de la literatura, no es capaz de escoger en principio una sola obra y por eso no se resiste a citar a varios autores y títulos, algunos de los cuales recogemos en las imágenes de las cubiertas.

Leyendo a Juan Jacinto ha sido imposible no recordar a Bonilla hablando de la adolescencia como la edad en la que uno es susceptible de sufrir esas conmociones literarias queecaebe6dce23a8f8e64d5018867162aa te acompañan toda la vida, por lo que nos ha apetecido acercaros no solamente algunas de las predilectas del autor malagueño, sino el testimonio de cómo en la edad adulta aún podemos ser sorprendidos de esta manera por la ficción. Como colofón a ese breve homenaje a Solaris, Juan Jacinto Muñoz Rengel apunta no solamente la idea de que esta impresión depende de los libros y de nosotros mismos, sino de la importancia del momento.

Parece que hay una edad para todo, y que por desgracia siempre llega un momento en la vida del hombre en el que selibro_1362277233dejan de sentir ciertas cosas, o se sienten con menor intensidad. Es así de triste y me tomo como uno de los retos de mi vida conservar encendida la llama de esa intensidad. Sin embargo, una vez que pasa la candidez inicial, el estado de pureza, una vez que queda atrás el asombro y la perplejidad, y se va mermando o adormeciendo la capacidad de ser impresionado, todo se vuelve diferente. Por eso a partir de entonces las nuevas lecturas no consiguen conmoverte en un grado semejante. Te puedes encontrar con libros estupendos, puedes sorprenderte de cierta manera y disfrutar de ellos intelectualmente también de cierto modo. Pero rara vez será de nuevo lo mismo que aquella primera vez.

Y un buen día, no hace muchos años, me topé con Solaris, de Stanisław Lem. Y me demostró que estaba equivocado. No mucho, pero al menos lo suficiente y esperanzadoramente equivocado. Podía volver a sentir algo parecido con algunos libros; aquella lectura inflamada, aquel pasar las páginas viviendo el libro por dentro, Otra vuelta de tuercaaquel ser vivido por el libro muchos y muchos días después. Así que tengo que pensar que, si pudiéramos dejar aparte las ventajas y desventajas de partida, toda la carga del devenir personal, el mérito de Solaris fue aún mayor. […]

Ahora, en ocasiones, cuando pienso sobre estas cosas, me pregunto qué habría ocurrido si hubiera leído Solaris, de Stanisław Lem, a mis quince años, cuál habría sido la explosión. Aunque, en realidad, la verdadera pregunta que planea detrás de esto es si todo depende de los libros o si también son determinantes el azar de nuestra vida y nuestra disposición. (Fragmento extraído de Culturamas)

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Y a ti

¿qué libro, qué lectura, qué historia  te cambió la vida?

Consulta las bases del

CONCURSO  EL  LIBRO  QUE  ME  CAMBIÓ  LA  VIDA

y participa  hasta el 7 de febrero a través de nuestro correo tulectura@unileon.es

CONCURSO: El libro que me cambió la vida (I)

El 16 de diciembre del pasado año en el último encuentro del club de lectura, Juan Bonilla nos hizo una agradable visita para charlar sobre Una manada de ñus (Pre-Textos, 2013) con los socios y amigos que se acercaron a la cita. Todo lo que se habló se puede ver y disfrutar cuantas veces se quiera en el vídeo del encuentro, pero hemos querido llamar la atención sobre alguna de las palabras del autor sobre el poder que tiene la literatura durante la adolescencia y, cuando fue preguntado por su concepción de metaliteratura, el quiebro que dio a la pregunta hacia lo que considera la meta de la literatura:

“En mi adolescencia éramos muy letraheridos y nos entusiasmaban algunos poetas, entonces lo que se traduce tanto en ese relato como en otros […] tanto el relato dedicado a Brooke Shields como Justicia Poética en calidad tratan de ser dos homenajes a la propia literatura o al propio arte, no tanto a la literatura y al arte sino a la pasión adolescente por la literatura y el arte. La adolescencia entendida como ese momento donde un libro o una película te puede cambiar la vida, cosa que a mí ya no me va a pasar. Yo leo, leo todos los días, leo muchos libros pero sé que un libro ya no me va a cambiar la vida. Lo disfrutaré más, lo disfrutaré menos, pero no me va a cambiar la vida. La literatura ya no tiene ese impacto que tenía en esa época. Estos dos relatos tratan de ser una especie de canto a esab5cfbd46e0a5bb4d9fce521e9430f785 relación del adolescente con la literatura. ¿Alguna vez te pasó lo que acabas de decir, que leyeses un libro y …? Sí, me pasó, como a ti, como a casi todo lector, hay momentos en los que… no sé, a mí la lectura de Nietzsche por ejemplo se me revolcó completamente. Yo vengo de una familia andaluza, por tanto muy católica, y para mí la lectura de Nietzsche me resultó…transparentó de repente la realidad y el mundo. Por supuesto me pasó, y por fortuna me pasó cuando la literatura o los libros todavía podían conformar tu visión del mundo. O sea, si ahora leyera a Nietzsche por primera vez no sé cómo sería el resultado, pero sí que estoy muy agradecido de que me pasara justo entonces. Me solía pasar con los que yo considero autores fundamentales: me pasó con Pessoa, me pasó con Cernuda, me pasó con Herman Hesse, que curiosamente es un autor que no ha dejado ningún rastro en mis relatos pero que sin embargo sí considero de los más influyentes precisamente por que lo leí en esa época. […] La meta de la literatura siempre está más allá de la literatura. La literatura siempre está en la vida de los lectores o de otras personas. La literatura es una ficción, ni si quiera entre un af7028fce2deadb7c66e2bfd1ac4b87dautor y un lector, sino entre un libro y un lector. Si este libro permanece aquí cerrado y nadie lo lee, eso no es literatura, no es más que un objeto. Esto necesita de la fricción de otro ser para ser algo y esa es la meta de la literatura. […] ¿Cuál es la importancia del Quijote? La importancia del Quijote no es que un señor de tanto leer se vuelva loco, sino que un señor de tanto leer se eche a la vida. Ésa es la gran lección del Quijote: se echa a la vida. Un señor que estaba encerrado en su casa leyendo, -es decir, la negación de la vida- se echa a la vida, se echa a los caminos inducido por la literatura para que le pasen las cosas que él ha leído que le pasan a otros, a los héroes.”

En el vídeo mismo se nota el cambio en la respiración del público al escuchar las palabras que corroboran que ningún libro puede ya cambiarnos la vida (¿o sí?), y si la cámara se hubiera dado la vuelta en el momento preciso, se verían un montón de sonrisas tras la afirmación de que el Quijote no se volvió loco, sino que se echó a la vida. Sonrisas, y movimientos incómodos en los asientos, que deben ser reflejo de las preguntas que cada uno empezó a hacerse en ese momento: “y a mí…¿qué libro me ha cambiado la vida?”.

Así que ahora nos gustaría saber a nosotros qué libros os cambiaron la vida siendo unos adolescentes, cuáles os impactaron más, e incluso cómo la ficción os ha podido llevar a cambiar algo de vuestras vidas siendo adultos,Dan Andreasencuando ya es más difícil esa relación tan atrevida con lo leído. ¡Compártelo con nosotros! ¡Cuéntanoslo!

Del 7 de enero al 7 de febrero esperamos vuestra participación a través de nuestro correo  tulectura@unileon.es

BASES DEL CONCURSO

  1. El concurso está abierto a todo el mundo, sea o no miembro de la comunidad universitaria.
  2. Cada concursante podrá enviar no solo una, sino ¡dos! participaciones (sabemos que a veces, los lectores tienen el “corazón partío”).
  3. El jurado estará compuesto por cinco personas vinculadas con  nuestro Club de Lectura, pertenecientes al Departamento de Filología Hispánica y a la Biblioteca de la Universidad de León.
  4. Se valorará la calidad de la redacción y la fuerza comunicativa del texto.
  5. El plazo de participación en el concurso será del 7 de enero al 7 de febrero de 2015.
  6. El premio consistirá en un lote de libros, por valor de 100 €, elegidos por el ganador.
  7. Los textos han de tener una extensión máxima de 1000 palabras (no hay extensión mínima).
  8. Los textos se remitirán al correo tulectura@unileon.es y deberán ir acompañados de los siguientes datos:
    • Nombre completo.
    • Correo electrónico de contacto.
    • Teléfono de contacto (opcional, por si gana  😀 )
    • Información sobre cómo te has enterado del concurso.
  9. Las participaciones remitidas podrán ser publicadas, en todo o en parte, en el blog tULEctura, espacio de la Universidad de León  cuyo objetivo es la promoción y el fomento de la lectura.
  10. ¡Ya! Corre a escribir y… ¡suerte!

 

Más Justicia Poética

El día del coloquio participativo de los socios sobre Una manada de ñus, algunos temíamos una batalla campal de opiniones enfrentadas por los comentarios que habían surgido anteriormente sobre la obra, aunque finalmente la sangre no llegó al río. No obstante, hubo varias personas que, de manera más o menos velada, señalaron al relato titulado “Justicia poética” como el que menos había llamado la atención (para alguno supuso casi un deseo de vuelta a la censura) e incluso provocó una discusión entre nuestros socios más apasionados sobre los límites de lo políticamente correcto a la hora de hacer literatura. Alguno de los jóvenes se atrevió finalmente a defenderlo alegando empatía con los personajes, quizá por el ansia de renovación vanguardista que tiene la juventud frente a las injusticias literarias. El caso es que la justicia poética que los personajes del relato tratan de lograr para el poeta J.M. Fonollosa, -a quien tres miembros de un jurado no quisieron premiar con el Premio Ciudad de Barcelona por el poemario Ciudad del hombre-, se lleva a cabo mal y tarde, como una victoria pírrica.

El día del encuentro con Bonilla contamos también con la asistencia silenciosa del editor de Manual de Ultramarinos, que en su blog dejó constancia con alguna fotografía del evento. Ya que la afición por Bonilla parece común, y ellos son en sí un grupo salvaje de justicieros poéticos capaces de encontrar cualquier reliquia descatalogada que rescatar del olvido, no hemos podido resistirnos a compartir con vosotros una de sus últimas entradas del 2014, de la que hemos tomado prestada la imagen.

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Probablemente, Fonollosa -aun recibiendo el premio- no hubiera pasado a la historia más que como un poeta de estilo vanguardista y seguidor de Lorca, Como desconocemos lo que en el relato hay de verdad, siempre nos quedará la satisfacción de haber ayudado a sus personajes a rescatar del olvido momentáneamente al poeta que hizo las delicias en su adolescencia.

La ficción o la vida

Ya lo dijo Aristóteles en su Poética allá por el siglo IV a.C.: el arte debe ser mímesis, imitación de la realidad. Y si no, es que es otra cosa. Pero a veces las relaciones entre lo uno y lo otro derivan en una confusión tal en el lector, que le lleva a tomar por ciertos los hechos relatados en papel. Afortunadamente, en el plano literario alguna de estas confusiones ha tenido consecuencias maravillosas como las salidas por La Mancha de un ingenioso hidalgo con el fin de acabar con las injusticias del mundo a imitación de los ficticios caballeros medievales de sus novelas favoritas.

Desde Aristóteles hasta nuestros días, incluso mucho tiempo antes de que se hablara de la posmodernidad, los autores ya jugaban a sabiendas con la idea de confundir -no solo a los personajes literarios creados por su mano- a los lectores potenciales. A través de la literatura y sobre todo del cine, nos pueden venir a la cabeza miles de ejemplos de cómo a veces desde nuestro papel de espectadores nos volvemos crédulos ante la historia que se nos cuenta. Ahora bien: esto en principio no es ingenuidad, sino la norma. De no realizarse el famoso pacto de ficción entre autor y lector, la lectura no tendría sentido. Así, cada vez que abrimos un libro aceptamos sin rechistar dos cosas: que lo que allí vamos a leer lo tomaremos como verdadero e incuestionable dentro de que sea coherente en otro mundo posible, y en segundo lugar, que ese universo creado, por mucho que a veces se parezca al nuestro es siempre ficción, y por lo tanto mentira. En relación con esto, existe lo que tradicionalmente se ha denominado lector ingenuo, que sería aquel que por su falta de práctica lectora no es capaz de diferenciar las argucias del autor a la hora de desarrollar la trama y por lo tanto toma como verdadero lo que se cuenta. Pero…¿quién de nosotros -más o menos experto en cuestiones literarias- no ha sido tentado cientos de veces con tomar como verdadero lo que dice una novela? No hay que buscar ejemplos de casos extremos en los que el fanatismo ha llevado a los seguidores de una determinada obra a trasladarla de diversas maneras al plano real, sino que mucho más cerca se hallan ejemplos derivados de la tan asidua práctica de la autoficción. Y es que si desde siempre el lector tiene una tendencia a veces irrefrenable a identificar al narrador con el autor (sobre todo cuando está en primera persona), desde que la tónica general es que los escritores partan de sí mismos como agentes del relato y de su biografía, la diferenciación entre lo que es ficción de lo que no es aún más conflictiva. Casos famosos desde los más clásicos hasta los más actuales los hay por doquier: Paul Auster convertido en detective en Ciudad de Cristal, Javier Marías como personaje dando clase en Oxford en Todas las almas, Trapiello, Coetzee, Vila-Matas, etc. Quizá el ejemplo más claro de hasta qué punto lo real puede convertirse en materia literaria con consecuencias memorables es el caso de Vargas Llosa y su tía Julia Urquidi, cuya relación dio pie a la trama de la maravillosa novela La tía Julia y el escribidor. Tras la separación del matrimonio, la tía seva385 rebeló contestando con Lo que Varguitas no dijo, invalidando lo que se narraba en la obra originaria y por lo tanto, dando a entender que no era tan ficcional lo que contaba su ex marido y sobrino. Y es que a veces da igual cuánta formación tenga uno, siempre hay que recordarse durante el tiempo de la lectura que por mucho que conozcamos a los personajes o los lugares que habitan no tienen por qué estar contándonos la verdad. Aristóteles ya dejaba bien claro que la mímesis debe ser ante todo verosímil, o lo que es lo mismo debe tener apariencia de verdad. Pero claro, no es lo mismo serlo que parecerlo.

Hace solamente unos días, se presentaba en Zamora la reedición de la novela Calle Feria, obra célebre en esas tierras por suceder la trama en una de sus calles, y en León por lo querido que es su autor Tomás Sánchez Santiago, quizá conocido más como poeta que por su obra en prosa. Cuando uno se enfrenta a las historias que se nos cuentan en esta colección de cuentos, -o novela si se prefiere-, se corre el peligro de creer que todos esos personajes que habitan la calle Feria de Zamora de verdad han existido, de tan cotidianos que nos parecen. Quienes procedemos del mundo de la filología somos especialmente cuidadosos con cumplir el pacto de ficción sin caer en la trampa, y acostumbramos nuestra mirada para no perder nunca el distanciamiento debido, hecho por el que una obra como Calle Feria nos parece maravillosa independientemente de que sus personajes tengan referentes reales o no, ya que eso es un hecho independiente. Pero a veces uno, por muy cuidadoso que sea con las herramientas filológicas que posee, categoriza la materia narrativa sin plantearse que la realidad a la que se alude puede traerle más de una sorpresa.

Como invitada en la mesa redonda que se celebró decidí hablar sobre lo insólito y todas sus manifestaciones en la novela como herramienta de justicia poética, siempre desde el punto de vista literario, ya que es obvio que por mucho que aparezca en la obra esa posibilidad las personas no pueden viajar en el tiempo ni traspasar la pantalla del cine para cobrar viCalle_Feriada en la película que se está proyectando. Pero poco a poco fui siendo testigo de que lo insólito a veces está detrás de los hechos reales que condicionan la vida literaria. De entrada, que la editorial Isla del náufrago del también escritor José Antonio Abella sea poco menos que una suerte de justicia poética que se dedica a rescatar por amor al arte a escritores infravalorados editorialmente, me pareció más propio de una trama novelesca que del mundo real donde lo que prima es el beneficio económico. Después empezaron a surgir entre el público historias y nombres que coincidían con algunos de los personajes de la novela y que preguntaban cómo era posible que los que habíamos estado ajenos a la realidad zamorana de la posguerra pudiéramos entender verdaderamente aquellas historias. Cabe preguntarse entonces dónde están los límites del pacto de ficción, y qué consecuencias pueden tener para quienes caen de un lado o del otro.

Tras todo aquello, paseaba junto a Tomás por las calles que parecen de otro tiempo, y que me parecía haber recorrido literariamente de la mano de alguno de sus personajes. Pregunté entonces, conmovida, por la dimensión real de todos aquellos nombres por quienes nunca me había atrevido a preguntar, de tan ficcionales que los creía. Me enteré entonces de que el magnífico cuento “Diario roto de un barbero”, más allá de las irrupciones fantásticas en su trama, era terriblemente real. Que el Paco de verdad, como el de la barbería, tenía su establecimiento lleno de espejos colocados estratégicamente para ver a Palmira en todo momento. Que no se casaron nunca, y que después de décadas y de la enfermedad que terminó con los recuerdos de ella, él iba a visitarla todos los fines de semana.

Aristóteles tenía razón: hay que aceptar el pacto de ficción y meterse de lleno en las mentiras que el autor nos cuenta, porque solo así sufriremos en nuestra carne la catarsis que nos reconcilie con la vida. Tienen razón, además, quienes se empeñan en repetir que la literatura no es verdad, así como los narradores que defienden a ultranza la necesidad de la ficción. Y si no, basta recordar a los escritores que nos han visitado últimamente, como por ejemplo Martín Garzo, quien defendía la necesidad de las mentiras porque hablan de la verdad, o por la vía contraria Iwasaki, que nos recordaba a carcajadas lo inverosímil y fantástica que es nuestra realidad, casi tanto como la ficción.

A veces parece que la relación entre literatura y realidad se invierte y que llegan a ser lo mismo. A veces dan ganas de darle la vuelta a Aristóteles, y decirle que nos deje a solas con la vida para mirarla como si fuera un libro. Y que sea entonces la catarsis producida por los hechos cotidianos y no al revés quien nos reconcilie con la literatura.